Capítulo 3

A la mañana siguiente, mi padre, Ricardo Vargas, me llamó desde Mendoza.

"Hija, ¿estás bien? Tuve un mal presentimiento".

"Estoy bien, papá. Mejor que nunca".

"¿Segura? El acuerdo de transferencia de la universidad está listo. Puedes volver a Buenos Aires cuando quieras".

Mi padre era un magnate del vino. Se había mudado a España temporalmente para expandir su negocio y me había dejado al cuidado de su mejor amigo, Alejandro. Qué ironía.

"Papá, quiero volver a casa. Lo antes posible".

Hubo un suspiro de alivio al otro lado de la línea. "Gracias a Dios. Ya he hablado con Mateo Rossi. Su padre es mi socio en Buenos Aires. Mateo tiene una milonga en San Telmo. Te presentará a gente nueva, te ayudará a instalarte".

"Gracias, papá".

Colgué y empecé a hacer las maletas. Estaba metiendo mis cuadernos de bocetos en una caja cuando la puerta de mi estudio se abrió.

Era Alejandro.

Llevaba la misma ropa de anoche, pero su pelo estaba húmedo, como si acabara de ducharse. Tenía una marca roja en el cuello. Un chupetón.

Lo miré sin expresión.

"Isabel se va a mudar conmigo", dijo, su voz fría como el acero.

Asentí. "Entiendo".

"No juegues conmigo, Sofía. Sé que estás tramando algo. El numerito de anoche, llamando a Isabel... ¿qué pretendes?".

"No pretendo nada. Os deseo lo mejor".

Se rió, una risa sin humor. "¿Tú? ¿Deseándonos lo mejor? No me hagas reír".

Isabel apareció detrás de él, envuelta en una de sus camisas. Se aferró a su brazo, sonriendo con dulzura.

"Alejandro, cariño, no seas tan duro con ella. Sofía solo es una niña".

Luego me miró. "Sofía, espero que no te importe. Alejandro y yo hemos decidido formalizar nuestra relación".

"Felicidades", dije, mi voz plana.

"Oh, y una cosa más", continuó Isabel, su sonrisa se ensanchó. "Este estudio tiene la mejor luz de todo el ático. Siempre he querido un espacio así para pintar. ¿Te importaría mudarte al cuarto de invitados del sótano?".

Miré a Alejandro. Él no dijo nada. Su silencio era su consentimiento.

"Por supuesto", respondí. "Tío Alejandro, tía Isabel, el estudio es vuestro".

La palabra "tío" hizo que Alejandro frunciera el ceño. Siempre había odiado que lo llamara así, prefería que usara su nombre. Pero ahora, era un recordatorio de la distancia, del abismo que yo misma estaba creando entre nosotros.

"No me llames así", espetó.

Isabel sonrió, victoriosa. "Gracias, Sofía. Eres muy comprensiva".

"Solo soy la hija del amigo de tu prometido. Conozco mi lugar", dije, y comencé a sacar mis cosas del estudio.

Pasé los siguientes días evitándolos, empacando en silencio. Los escuchaba reír en el salón, los veía besarse en la cocina.

Cada risa, cada beso, era una confirmación de que había tomado la decisión correcta.

Empaqué los bocetos que había hecho de Alejandro, los regalos que me había dado, todas las pequeñas pruebas de mi amor obsesivo.

Los metí en una caja de cartón con la intención de tirarlos a la basura.

Era hora de borrar el pasado.

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Descuidar, la mejor Venganza

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