Capítulo 2

A lo largo de su existencia, se enamoró varias veces. Le rompieron el corazón, en más de una ocasión. Esto hizo que se volviera cada vez más insensible al dolor propio y ajeno.

Devoró a mujeres de todas las clases sociales y de diversas nacionalidades. En cuanto a sus edades, siempre será un misterio. Buscaba variedad y, al final, todas le parecían iguales. Dicen los que le conocieron que desde jovencitas hasta ancianas se rindieron a sus encantos. Aprendió a no contar con nadie, a no esperar nada de los demás. Se transformó en un ser inmune al sufrimiento. Su enfoque consistía en disciplinarse a sí mismo y conseguir lo que deseara. Sin detenerse en el camino por nada ni por nadie.

Incapaz de sentir, algo de simpatía a lo sumo. Allí radicaba su verdadera fuerza e independencia. Vivir en calma sin dejar de estar alerta como un felino. Unos de sus secretos para el éxito que alcanzó, trabajando duro desde joven.

No era un hombre malo, solo alguien lastimado. No tenía pareja porque no podía amar. Ni soportar a nadie por mucho tiempo. Le parecía una muestra de debilidad. Era pasional y creía que el amor es posible en entrega total. Como una utopía, no era real.

—¡No existe eso, quien se quiere, no ama, se ama! —vociferaba. Guardaba las ganas de amar y ser amado, muy adentro de su alma, pero no bajaría la guardia ante lo superficial de los amores de moda.

Se formó en la universidad, obteniendo varios títulos. Llegó a triunfar en todo lo que se propuso. Menos en el amor. Esta siempre ha sido una materia pendiente año tras año en su vida.

A medida que pasaba el tiempo empezó a probar cosas más fuertes. En todos los ámbitos. En los negocios hizo grandes y riesgosas inversiones, esto le generaba adrenalina. Por suerte, su talento le permitió acertar y multiplicar su capital.

En lo amoroso, empezó a experimentar distintas maneras de amar. Gozaba ser el amo, quien controla y domina. Le excitaba mucho. Solo que las que estaban dispuestas no se entregaban del todo. Fingían y eso lo odiaba.

Quería poseer no apenas un cuerpo, sino también el alma. No hubo mujer capaz de darle tanto como esperaba y las dejaba.

Se empezó a obsesionar por hallar una dama que fuera de él. Que confiara y se entregara sin mezquindades ni límites. Encontrarla no es fácil, anteponen sus gustos y necesidades, no es amor real. Estaba rodeado de mujeres interesadas en lo superficial, en cosas efímeras.

Su vida espiritual se encontraba en un rincón, estancada y oscura. Las creencias religiosas y prácticas que aprendió en su infancia cada vez parecían más caducas y vacías. Ya hace mucho que no representaban nada para él.

En resumidas cuentas, su vida era un total sin sentido. Aunque todo esto sucedía en su interior. Ante el mundo era un exitoso hombre de negocios.

Como iba tan siquiera a soñar que muy pronto, aquella misma noche, cambiaría su vida. Y que sus desgracias no cesarían.

—A pesar de haber amado tanto, soy un pobre anciano, cansado a mis 74 años —dijo, mientras se aguaban sus ojos al recordar. Sentado en una vieja silla de madera y medio ciego.

Vulnerable, sí y mucho. Sin haber podido escapar de lo que terminó siendo su sentencia de muerte. Aquel romance prohibido con Rosa, quien continuaba allí, cerca de él. Pero de la manera que nunca hubiese imaginado, ni en su peor pesadilla.

Respirando con dificultad, se dio a la tarea de repasar, en su cabeza, cada una de las malas decisiones. Que lo condujeron a lo que era al final de sus días. Cuando tenía la convicción que lo mejor que podía sucederle es que Dios, si es que en verdad existía, le arrancara de este plano de manera definitiva.

Su historia dio un giro sin retorno. Cuando acudió a la capital con un grupo de amigos en época electoral. Asistieron al acto de toma de posesión de la nueva Gobernadora.

No les gustaba la política, pero quisieron pasar el rato y conversar, mientras caminaban por el casco histórico de la ciudad de La Asunción. Les gustaba dejarse ver, además de conocer a la nueva autoridad, quien fue reina de belleza. Una mujer rubia, joven y muy hermosa. Sin embargo, no llamó su atención más allá.

Le habían pasado buscando para ir en un solo carro, previendo la carencia de estacionamiento en las angostas calles. Y, al regreso, entre charlas y risas en la carretera, en medio de la noche, notó que algo sucedía a sus espaldas.

Chofer y copiloto se comunicaban con unas señas que no pasaron desapercibidas a sus ojos y un incómodo silencio se adueñó del ambiente. Descubrió que planeaban en secreto dejarle en casa e irse a otro lugar. Hicieron todo porque no lo notara, fracasando en su intento. Se percató del estúpido plan y los encaró.

—Oye, ¿adónde van luego de llevarme a casa? No crean que no he notado la manera como cuchichean a mis espaldas ¿De qué se trata?

—¡Oye! ¿Estás imaginando cosas? —dijo Alfred, riendo a más no poder.

—Saben que odio las mentiras, me dicen ya para dónde van o no me bajaré de la camioneta, es simple —dijo Harry, con determinación. No se estaba riendo, ni lo tomaba a chiste.

Un nuevo silencio se generó entre los cuatro. Sus amigos le conocían, hablaba en serio. No era un hombre con el cual se podía jugar.

—Está bien, ¡tienes razón! Vamos lejos, al otro lado de la isla, a una reunión.

—¡Entiendo!, lo que no me agrada es el engaño y lo saben. Así que vayan llamando para avisar que voy con ustedes.

—¿Y si no te gusta? Por eso no te hemos invitado antes —dijo, Mónica.

—¿Cuánto tiempo llevan mintiendo? No es la primera vez que van, ¿cierto?

La chica metió la pata y no pudo hacer otra cosa que terminar de decirle lo que faltaba.

—¡Quédate tranquilo!, te advierto que después que lleguemos allá no podremos volver a traerte, tendrás que quedarte y participar.

—¿¡Me gustará!?

Mónica tomó el teléfono. Al otro lado de la línea, un hombre respondió la llamada y aceptó las cosas como se estaban dando. Dile que cuando llegue hablaré con él —advirtió, Ali.

En medio de la oscuridad, recorrían las carreteras, poco transitadas, de la Península de Macanao. Ese extremo del estado Nueva Esparta tiene escasos pobladores. Lo que hace que las luces de las estrellas y la luna se vean mucho más brillantes en el cielo nocturno.

Algunos conejos cruzaban la vía y se ocultaban al ser iluminados por las luces del vehículo. Sus ojos rojos como la sangre, en medio de la nada, creaban un ambiente tétrico y misterioso, que enmarcaba el silencio que reinaba entre ellos.

Harry ocupaba una sensación fría en la garganta y en la boca del estómago. En lo más profundo de su corazón dudó de su elección y eso era un secreto que le acompañaría al lecho de muerte. No fue capaz de admitir que se puso a jugar con fuego en las fauces del demonio.

—A ver, los noto muy callados ¿Pueden anticiparme algo? ¿Qué tipo de reunión es?

—Es difícil de explicar —dijo Alfred. Tienes que vivirlo.

—Ya tengo ganas de llegar ¿Y tú, Ámbar? ¿Por qué estás tan callada?

—Bueno, con los años que llevo conociéndote. Pienso que te vas a enamorar del ritual porque te gustan las cosas raras. Esto es para excéntricos y gente que quiere correr sus límites, así como nosotros. La experiencia no tiene referente. Garantizo que te va a impactar.

—¿El ritual?, ¿vamos a participar de una sesión espiritista?, ¿brujería? ¡Dime que es! Me desespera esperar, ¿falta mucho?

—No es eso. No es nada común. No te lo puedo explicar por qué no hay antecedentes, es un rito, eso sí. Una práctica de los ancestros, pues.

—Ya me está gustando. Estoy curioso ¡Espero que me sorprendan! Amigos.

En ese momento, Alfred produjo, a propósito, un sonido gutural. Indicando que estaba en apuros. Medio en risa y en serio, a la vez, como era su manera de comunicarse. Y todos comenzaron a reír a carcajadas. Ese era su don, traer alegría, aunque fuese a fuerza de burlas y repugnancia. Lo cierto es que Alfred consiguió acabar con la tensión existente.

—Si no te gusta, no regresas y listo. Pero esta noche, no hay vuelta atrás. Intentamos llevarte a casa y no aceptaste. Entonces, ahora tienes que estar con nosotros hasta mañana que regresamos. Tú insististe, conste —comentó, Mónica.

—Es cierto. Yo asumo, me guste o no seré respetuoso y paciente ¡Lo prometo!

El corazón le latía fuerte. Por fin, una experiencia diferente —se dijo, Harry.

La sensación era excitante, se acercaban cada vez más al lugar. Miraba por la ventana y nada veía. Solo oscuridad.

A lo lejos, se escuchaba el ruido de las olas del mar, batiendo contra la costa. Que se divisaba como una tenue línea de espuma blanca.

Él era el más joven de los cuatro. Todos profesionales exitosos. Con familia y mucho que perder. Por eso, confió en ellos.

Sabía que no arriesgarían lo que habían alcanzado hasta ahora. Y que, esa noche, cambiaría su vida.

Podía sentirlo. No era un juego, sin duda.

Capítulo 3

Quien conoce bien a las mujeres sabe leer sus señales —recordó. Esa frase le acompañó desde niño. La escuchó de su abuelo paterno y nunca dejó de repetirla. La aplicaba de manera consciente. Y ahora iba de nuevo a la carga. Y, esta vez, lo hizo por escrito.

«Toda mi vida busqué ojos tan puros. Nadie me estremeció como tú, mujer. Desatas mis pasiones con la brevedad de una dulce mirada.

Con la sutileza que te conduces y la suavidad de tus movimientos, despiertas mi virilidad, mi masculino se enciende y queda atrapado en ti.

Las mujeres que han pasado por mi cama, no llegaron hasta donde tú me llevas. Ninguna me despertó como tú, tanto deseo.

Tú eres la más hermosa criatura, tu belleza no es de este mundo.

Tus ropas son discretas y no te maquillas. En casa, andas descalza y gozo al ver tus pies sobre el piso de madera.

Tu largo cabello rubio, con ligeras ondas, cae hasta tu delicada cintura. Lo llevas suelto, así me gusta. Natural y libre como tú.

Desde que te conocí, supe que algo muy serio, sucedería entre los dos. Muero por poseerte y recorrer con mis experimentados y largos dedos, cada uno de tus senderos.

Me miras, con tus bellos ojos verdes, sin imaginar mis pensamientos. Tu pureza e inocencia, me provocan. Tu rostro afable me invita a unirme a tus profundidades.

Eres feliz, eso me dicen tu mirada. Al menos cuando estás conmigo.

Quiero que me transmitas esa calma.

Aquí, en medio de la selva, con tan poco y, a la vez, con tanto. Dame gotas de tu paz, salva a este vagabundo».

Así sucedieron las cosas. Harry escribió esa carta para Rosa, cuando notó que ella, en secreto, le correspondía ¡La descubrió!, se había acostumbrado a él. Sus ojos brillaban y él no perdería la oportunidad de declararse a la antigua, por medio de ese escrito que dejó en el mueble de la cocina.

¡Listo para que, curiosa, lo leyera!

Resultaron días duros. Rosa, se debatía entre sus deberes como esposa y madre, y el vendaval de sensaciones que este hombre le provocaba. Se sentía loca de deseos, cambió tanto en esos tiempos que parecía otra.

Su buen corazón se tiñó con solo una gota de aquellas negras palabras. Vetadas para una mujer casada y digna como ella. Le manchó el alma y destruyó su mente, sus pensamientos la acorralaban y la colocaron al borde del abismo. Tratando de mantener el equilibrio para no caer.

Su cuerpo no había pecado, pero ya tenía el alma negra. Y aquel peso pudo más, no solo paró de resistirse, sino que se dio el permiso de caer. Sedienta se dejó llevar por un mar de sensaciones. Un amor celestial que aumentaba su intensidad con cada toque de sus manos y con el roce de su piel.

Sintió un estallido de luces de brillantes colores para terminar en medio de las estrellas flotando sobre tu pecho desnudo.

El asunto iba parejo ¿Cómo iba a imaginar Harry que hallaría, en aquella joven, todo lo que buscaba? Una mujer que vino del mundo de sus sueños seguros a desafiar una vida llena de experiencias. Una pretensión que no era para alguien real.

La esposa fiel de Joaquín, quien era hermano del fundador de la comunidad religiosa. Una de las damas más respetadas y creyentes del sitio, ejemplo para las jóvenes en formación.

Ella vivía cruzando el amplio puente de madera. En el extremo más cercano del río. Muy cerca de las casas de las familias más antiguas en la línea de mando. Las que toman las decisiones, sin participación de los miembros de la comunidad. Cuyo mandato es hereditario. Pasando, a la muerte del líder, a su hijo mayor. Una estructura vertical al estilo medieval.

Daban la impresión de ser muy respetables. Al menos es lo que aparentaban. Pero a puerta cerrada la situación era otra.

Cometían grandes equivocaciones y las ocultaban. Como el día en Luis Alberto se vio tentado a transgredir lo sagrado y el vínculo familiar, al relacionarse con la hermana de su esposa. Hecho disimulado y soportado por todos. Aunque a regaña dientes por las mujeres. Y con envidia por los hombres. Una conducta ilógica y absurda, producto de no poder controlar el llamado de la carne.

Nadie decía nada frente a él, pero por los rincones todos lo criticaban. En especial, las mujeres casadas. Su conducta no era coherente. Parece que, siendo uno de los líderes, entendió que le imitarían. Por lo que decidió tomarla como segunda esposa, tratando de enmendar lo ocurrido.

El personaje más importante en el pueblo, al que llamaban padrino, recibía mucho dinero de las iglesias del mundo entero. Los fieles enviaban cuotas mensuales y donativos especiales. Todos, en mayor o menor grado, vivían del dinero que generaban las iglesias. Esa era una de las razones para que nadie objetara sus decisiones.

A pesar del gran respeto que inspiraba, muchos se pusieron en contra de lo que estaba pasando. Su pecado se extendió como la peste, varias iglesias comenzaron a padecer del mismo mal. Los padrinos poniendo la mano sobre las mozas.

Algunos, como Alfred y Ámbar, lo tomaban a chiste. En su iglesia hablaban en clave cuando afirmaban que Ali arrancó las flores del jardín, para referirse al tema en lo local.

Los desacuerdos comenzaron a tener voz, fueron muchas las críticas. Aunque la gran mayoría permanecía sin opinar. Todo funcionaba y se sentían respaldados bajo su mando, no tenían otra opción. Sin embargo, las faldas se siguieron subiendo a escondidas. Nada detuvo ese mal hábito.

A la apartada región, en medio de la selva amazónica, llegaban turistas del mundo entero. Y, a su vez, los lugareños viajaban a iglesias de diferentes localidades. A enseñar los cantos y expandir la doctrina. Ahora, llamada universal. De esta manera, se fueron dispersando por el mundo. Lo que les otorgó fuerza y reconocimiento.

A esa región del Brasil se trasladó Harry. Quería conocer más de lo que había visto hasta ahora. Quedó encantado con la primera experiencia, vivida en su país, con sus amigos. Aquella noche, en que, por su terquedad. Se negó a ir a su casa y se empeñó en abrir la puerta de su alma a lo desconocido.

Todos sus años de experiencia y vivencias no le sirvieron de nada. Allí llegó, como un niño, guiado por la curiosidad. Entró en la trampa y no pudo zafarse. Cayó, sin saber, en un mundo desconocido. Por fin, encontró algo que lo deslumbró más que todo lo que hasta ese momento había presenciado. Una experiencia que le hizo erizar completamente la piel.

Y así sería, por siempre, durante su vida. Incluso en el día de su muerte, no hubo cosa que le interesara más que estos rituales y lo que conoció a través de la comunidad. Nadie podría juzgar si fue bueno o malo para él. Solo una cosa es segura, movió su sistema. Sacudió sus entrañas y puso sobre la mesa. Lo bueno y lo malo. Lo decente y lo aberrante. Le señaló lo que quería ver y aquello que nunca pensó poseer. Sus más bajos instintos.

¿Cómo llegó allí? Fue algo gradual. Después de aquella primera noche, siguió participando una y otra vez. Continuaba con sus negocios y su vida normal. Y, los días de ritual, se internaba en esta nueva experiencia. Solo lo sabían sus tres amigos. Quiénes, al igual que él, asistían en secreto. Era un pacto de silencio entre ellos. Ante la sociedad eran los mismos de siempre. Y cuando estaban solos, lo mencionaban.

Con el pasar del tiempo, ellos siguieron su doble vida. En cambio, él se fue apartando de todo. Dejó de frecuentar a las personas. Y lo que antes era atractivo y común, ya no representó interés en su vida.

Comenzó a estudiar más del tema, a documentarse sobre la doctrina, hasta que esto no le bastó. Lo quería todo, fue en persona a buscar las respuestas, viajó al Amazonas Brasileño.

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