Capítulo 3
Isabella, sintiendo las miradas de toda la corte sobre ella, cambió rápidamente de táctica. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su labio inferior temblaba en una actuación digna de un teatro.
"Sofía, por favor", suplicó, su voz un susurro lastimero para que todos la oyeran. "No quise ofenderte. Yo... yo solo te admiro tanto. Quería sentirme un poco como tú, solo por una noche. Perdóname, prima. No sabía que te enojarías tanto por una simple joya."
Intentó tomar mi mano, un gesto de falsa sumisión. La multitud, siempre susceptible a las lágrimas de una dama, comenzó a mirarme con cierta duda. Quizás estaba siendo demasiado dura.
Pero yo ya no era la ingenua Sofía. Conocía cada uno de sus trucos. Aparté mi mano bruscamente.
"No intentes jugar a la víctima conmigo, Isabella", repliqué, mi voz firme y sin rastro de compasión. "Sabías perfectamente lo que este broche significa. Estuviste presente cuando mi padre me lo entregó, escuchaste sus palabras. Dijiste que era el símbolo más importante de la familia real después de la corona."
La cara de Isabella se tensó. Había olvidado ese detalle.
"Llamarlo 'una simple joya' es un insulto no solo para mí, sino para el Rey y para la tradición de nuestra familia. Has cometido un acto de presunción imperdonable, y no voy a permitir que lo disfraces con lágrimas de cocodrilo."
Mi lógica era impecable, y la duda en los ojos de los nobles se convirtió en un juicio silencioso contra mi prima. Su máscara de inocencia se estaba resquebrajando.
"Ahora", dije, extendiendo mi mano. "Quítatelo. Inmediatamente."
Mi tono no admitía réplica. Isabella se quedó paralizada, la humillación ardiendo en sus mejillas. Verse obligada a quitarse el broche frente a toda la corte sería una desgracia imborrable. Dudó, mirando a su alrededor en busca de ayuda.
Como si fuera una señal, Alonso finalmente reaccionó. Se interpuso entre nosotras, su rostro fruncido en una expresión de desaprobación dirigida hacia mí.
"Sofía, ya es suficiente", dijo, su tono protector hacia Isabella. "Está claro que fue un error. No hay necesidad de crear una escena y arruinar tu propia fiesta de cumpleaños. Estás siendo caprichosa."
El veneno en sus palabras me golpeó, pero esta vez, estaba preparada. En mi vida anterior, su desaprobación me habría destrozado. Ahora, solo alimentaba mi determinación.
Lo miré fijamente, una ceja arqueada.
"¿Caprichosa, Alonso? ¿Te parece caprichoso defender el honor de mi posición y el respeto a mi padre? ¿O es que acaso crees que los símbolos de la realeza no tienen importancia?"
Alonso se vio acorralado por mi pregunta. Defender a Isabella ahora significaría menospreciar a la monarquía.
"Por supuesto que no", tartamudeó. "Pero eres su prima. La familia debería resolver estas cosas en privado."
"Ella eligió hacerlo público al usar el broche en este salón", contesté fríamente. "Yo solo estoy respondiendo en consecuencia."
Viendo que no podía ganarme con la lógica, Alonso recurrió a la manipulación emocional, el arma que tan bien había funcionado en el pasado. Su voz se suavizó, volviéndose amenazante.
"Piensa en tu reputación, Sofía", susurró, inclinándose hacia mí. "Somos una pareja. Pronto seremos marido y mujer. ¿De verdad quieres que la gente diga que la futura reina es una tirana mezquina que humilla a su propia familia por un accesorio? Oblígame a casarme con una mujer así y nuestra vida juntos será un infierno. Detente ahora, por el bien de nuestro futuro."
La amenaza era clara. Cállate o te haré la vida imposible. En mi vida pasada, habría cedido, aterrorizada de perder su amor y mi reputación.
Pero ahora sabía que su "amor" era una farsa y que mi reputación sería destruida de todos modos. Su amenaza no tenía poder sobre mí.
Una risa fría y amarga escapó de mis labios, sorprendiéndolo.
"¿Nuestro futuro, Alonso?", pregunté, mirándolo como si lo viera por primera vez. Y en cierto modo, así era. "Quizás deberías preocuparte más por tu propio futuro."
Antes de que pudiera responder, me volví hacia Isabella, que había estado observando el intercambio con una mezcla de miedo y esperanza. Mi paciencia se había agotado.
"Te lo advertí", dije, y sin esperar más, estiré la mano y arranqué el broche de su vestido. La tela se rasgó ligeramente, y un pequeño grito de sorpresa salió de los labios de Isabella.
Sostuve el broche en alto para que todos lo vieran, su brillo rojo sangre reflejando la luz de las velas. Luego, con un movimiento deliberado, lo prendí en mi propio vestido, en el lugar que le correspondía.
El silencio en el salón era total. Nadie se atrevía a respirar. Había desafiado a mi prometido y humillado a mi prima. La batalla apenas había comenzado.