Capítulo 3
La ceremonia fue una tortura pública.
Kael me obligó a asistir, a sentarme en un trono secundario mientras Lyra, radiante y embarazada, ocupaba el lugar de honor a su lado. El aire del gran salón estaba cargado de murmullos y miradas curiosas.
Cuando llegó el momento, Kael me hizo una seña. Con pasos pesados, como si caminara hacia mi propia ejecución, me acerqué. Él tomó la Corona Lunar de mis manos temblorosas sin siquiera mirarme a los ojos y la colocó sobre la cabeza de Lyra.
"Un símbolo de unidad," proclamó Kael a la multitud. "La Dama Elara, en su infinita generosidad, honra a la Dama Lyra por sus futuros servicios al reino."
La multitud aplaudió. Lyra me sonrió, una sonrisa de triunfo venenoso. Fue la humillación más grande de mi vida. Me sentí despojada, vacía, una cáscara hueca exhibida para el entretenimiento de todos.
Los días que siguieron fueron un infierno. Mi salud se deterioró rápidamente. El dolor en mi pecho era constante, un recordatorio punzante de la herida en mi Corazón de Fénix. Apenas podía levantarme de la cama, y la sangre dorada manchaba mis sábanas cada mañana.
Mi único consuelo era Finn, mi leal sirviente desde que era un niño. Él me cuidaba en secreto, trayéndome tónicos y tratando de levantarme el ánimo.
"Mi señora, tiene que comer algo," me suplicaba con los ojos llenos de preocupación. "No puede dejarse morir."
Pero su lealtad no pasó desapercibida. Pronto, los sirvientes del palacio, ansiosos por ganarse el favor de la nueva favorita, comenzaron a esparcir rumores. Decían que Finn y yo teníamos una aventura, que mi enfermedad era un castigo por mi infidelidad. Lo humillaban, le daban las peores tareas, se burlaban de él a sus espaldas.
Los rumores llegaron a oídos de toda la corte. La historia se transformó: Elara, la reina fría y estéril, incapaz de darle un heredero al Señor Protector, ahora era también una adúltera. La gente susurraba que Kael era un santo por soportarme, que mi poder se desvanecía porque mi corazón era impuro. Mi nombre fue arrastrado por el fango.
La humillación final llegó una tarde. Estaba sentada junto a la ventana, intentando absorber un poco de sol, cuando vi a Lyra paseando por los jardines. Llevaba puesto el Fénix de Ópalo, un collar que había sido la joya más preciada de mi madre, una reliquia que se transmitía de generación en generación en mi familia. Se lo había pedido a Kael para un "ritual de protección para el bebé", y él, por supuesto, me había ordenado que se lo diera. Verla pavonearse con mi herencia, con el símbolo de mi linaje, fue la gota que colmó el vaso.
Esa noche, con la poca fuerza que me quedaba, saqué un pergamino y una pluma. Escribí el Edicto de Separación, el documento que disolvería mi matrimonio con Kael. Mis manos temblaban tanto que las letras salieron torcidas y manchadas por alguna lágrima que no pude contener. Era todo lo que me quedaba: un último acto de dignidad.
Mientras guardaba el pergamino, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.
Lyra entró, con una arrogancia que llenaba el espacio. Detrás de ella, dos guardias sujetaban a Finn, que tenía un labio partido y un ojo morado.
"¡Suéltalo!" grité, intentando ponerme de pie.
Lyra se rió.
"¿Este es tu amante? Qué patético. Ni siquiera puede defenderse a sí mismo."
Se acercó a mí, su mirada recorriendo mi frágil figura con desprecio.
"He venido a advertirte, Elara. Kael está perdiendo la paciencia contigo. Tu existencia es una mancha en su honor."
"Lárgate de mi habitación," siseé, reuniendo la poca fuerza que tenía.
Ella ignoró mis palabras. Sus ojos se fijaron en mi pecho.
"Ese Corazón de Fénix tuyo... es un desperdicio en un cuerpo tan débil. Mi hijo lo necesita. Nacerá fuerte y sano, y gobernará este reino. Y tú... tú no eres más que un obstáculo."
Su amenaza flotó en el aire, fría y letal. El miedo, por primera vez, superó a mi dolor. No solo querían humillarme y despojarme de todo, querían matarme.
Lyra hizo una seña a los guardias.
"Sáquenla de mi vista. Llévenla a las mazmorras. El Señor Protector decidirá su castigo por atacar a un sirviente leal."
Se refería a Finn. Estaban torciendo la verdad para acusarme.
"¡No puedes hacer esto!" grité, mientras los guardias me agarraban bruscamente.
Lyra se inclinó hacia mí, su aliento venenoso en mi oído.
"Oh, sí que puedo. Y pronto, todo lo que es tuyo, será mío."
Mientras me arrastraban fuera de mi propia habitación, mi mirada se cruzó con la de Finn. Él negó con la cabeza, sus ojos llenos de desesperación y lealtad. Y yo supe que no solo mi vida estaba en peligro, sino también la de la única persona que todavía se preocupaba por mí.
Lyra se quedó atrás, pero justo antes de que me sacaran, la escuché dar una orden a sus doncellas.
"Quemen toda esta ropa de luto. Quiero cortinas nuevas, de color dorado. Este lugar necesita un poco de vida."
Estaba rediseñando mi hogar, mi vida, incluso antes de que me hubieran quitado el último aliento.
De repente, Lyra se detuvo. Se acercó a mí, y antes de que pudiera reaccionar, metió su mano en mi túnica y me arrancó el Corazón de Fénix del pecho.
No hubo un corte limpio, no fue una cirugía. Fue un acto de violencia brutal. Sentí como si me arrancaran el alma. Un grito desgarrador escapó de mis labios mientras un dolor insoportable, blanco y cegador, explotaba en mi ser. El mundo se disolvió en una agonía pura. Mi poder, mi esencia, mi vida, fue arrancada de mí de la forma más cruda posible. Caí al suelo, convulsionando, mientras la oscuridad me reclamaba.