Capítulo 3

Sofía se refugió en un rincón del jardín, lejos del murmullo de la fiesta.

Las lágrimas pugnaban por salir, pero se las tragó con rabia.

No les daría el gusto de verla derrotada.

En ese momento, Andrés De la Vega, el hermano menor de Alejandro, se acercó a ella con una copa de refresco.

"¿Estás bien?", preguntó con genuina preocupación. Era un joven de sonrisa fácil y mirada curiosa, muy diferente a su hermano.

Sofía lo miró, sorprendida por su amabilidad.

"Sí, gracias. Solo un poco mareada", mintió a medias.

Andrés le ofreció el refresco. "Mi hermano puede ser un poco... intenso. No te tomes a pecho su seriedad".

Sofía forzó una sonrisa. "No te preocupes".

Mientras tanto, Alejandro regresaba al salón principal, su humor ensombrecido.

Su hermano Andrés lo alcanzó. "¿Qué le dijiste a la prima de Catalina? Parecía afectada".

Alejandro lo miró con frialdad. "Solo le recordé las buenas costumbres, algo que parece desconocer".

Andrés suspiró. "Alejo, a veces eres demasiado duro. Quizás solo estaba nerviosa, es nueva en la ciudad".

"Nerviosa o no, hay formas de comportarse", replicó Alejandro, cortante, dando por zanjada la conversación.

No quería hablar más de esa mujer.

Su imagen, aferrándose a él, le producía una desagradable sensación.

Pero, muy en el fondo, una minúscula duda sobre la intensidad de su reacción inicial comenzaba a formarse, aunque la aplastó con rapidez.

La tía Isabel se acercó a Sofía en el jardín, su rostro reflejaba una mezcla de preocupación y reproche.

"Sofía, ¿qué fue todo eso? La gente está comentando".

Sofía bajó la mirada. "Tía, yo no... no me sentía bien. Catalina me dio un cóctel y..."

Isabel suspiró. "Catalina no haría nada para perjudicarte. Quizás el viaje te afectó". Su tono no era del todo convincente.

"Por favor, trata de no llamar más la atención. Ya es suficiente con los rumores que te preceden".

Sofía sintió un nudo en la garganta. Ni siquiera su tía parecía dispuesta a creer en su inocencia.

"Lo intentaré, tía", murmuró.

Isabel le dio una palmada en el hombro, un gesto que no transmitía mucho consuelo. "Anda, vuelve adentro. No te quedes aquí sola".

Al día siguiente, la tía Isabel llamó a Sofía a su despacho.

"Sofía, he estado pensando", comenzó, con un tono más suave que la noche anterior. "Cartagena es una ciudad de oportunidades, pero también de muchos peligros para una joven como tú, y más con... tu pasado".

Sofía asintió, esperando lo peor.

"Tu madre, que en paz descanse, querría lo mejor para ti. Y yo, como su hermana, tengo una responsabilidad".

Hizo una pausa, luego sacó un pequeño paquete de un cajón.

"Una amiga mía, que sabe de estas cosas, me dio esto. Son unas hierbas especiales, para atraer la buena suerte en el amor y asegurar un buen futuro".

Le entregó el paquete a Sofía. Contenía hierbas aromáticas secas, un pequeño tabaco y una diminuta figura tallada en madera.

"Dicen que si las guardas cerca y piensas con fe en lo que deseas, funciona. Quizás te ayuden a encontrar un buen hombre que te dé estabilidad, alguien como Alejandro, por ejemplo".

Sofía miró el paquete, horrorizada. ¿Su tía le estaba sugiriendo usar algún tipo de "amarre"?

"Tía, yo no creo en estas cosas", dijo con cautela.

Isabel sonrió con indulgencia. "No pierdes nada con intentarlo, querida. A veces, la fe mueve montañas, o al menos, voluntades".

Sin que ellas lo supieran, Catalina había estado escuchando detrás de la puerta entreabierta.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.

Perfecto.

Más tarde, cuando Sofía salió de su habitación, Catalina entró sigilosamente.

Tomó el paquete que Sofía había dejado sobre la cómoda y lo examinó.

"Hierbas, tabaco, una figura... Esto es oro puro", murmuró para sí misma.

Salió de la habitación con el paquete en su poder, su mente ya tejiendo un plan.

Esa misma tarde, Doña Mercedes visitaba la casa de Isabel.

Catalina, con cara de angustia, se acercó a ella y a Alejandro, que había acompañado a su tía.

"Tía Mercedes, Alejandro, tengo algo terrible que mostrarles. Estoy muy preocupada por Sofía".

Los condujo a la habitación de Sofía, que estaba vacía en ese momento.

"Miren lo que encontré escondido entre sus cosas", dijo, sacando el paquete que le había robado a Sofía y que convenientemente "descubrió" en un cajón.

Doña Mercedes tomó los objetos, su rostro se contrajo en una mueca de horror.

"¡Dios mío! ¡Esto es brujería! ¡Un amarre!", exclamó.

Alejandro miró los objetos con incredulidad y un creciente disgusto.

Recordó el comportamiento de Sofía en la fiesta, su forma de aferrarse a él.

¿Sería posible que esa mujer estuviera intentando... atraparlo con artes oscuras?

La idea le revolvió el estómago.

Catalina fingió estar al borde de las lágrimas. "No quería creerlo, pero... ella ha estado actuando tan extraño. Y siempre pregunta por ti, Alejandro".

Doña Mercedes miró a su sobrino. "¡Te lo dije, Alejandro! ¡Esa mujer es un peligro! ¡Una arribista sin escrúpulos capaz de cualquier cosa!"

Alejandro no dijo nada, pero la repulsión hacia Sofía se intensificó hasta convertirse en un profundo desprecio.

La imagen que tenía de ella, ya empañada, se tornó monstruosa.

Cuando Sofía regresó a su habitación, notó que algo no estaba bien.

Las cosas parecían ligeramente movidas.

Buscó el paquete que le había dado su tía, pensando en deshacerse de él discretamente.

No lo encontró.

Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Dónde podría estar?

No le dio más importancia en ese momento, atribuyéndolo a su propia distracción.

Pero una sensación de inquietud comenzó a crecer en su interior.

Al día siguiente, la noticia del "amarre" ya se había esparcido como la pólvora por el círculo social de los De la Vega y los Mendoza.

Sofía sentía las miradas acusadoras, los susurros a sus espaldas.

Nadie le dirigía la palabra, excepto para lanzarle alguna indirecta cruel.

Alejandro la evitaba ostentosamente, y si sus miradas se cruzaban, la de él estaba cargada de un desprecio gélido.

Sofía estaba desesperada. ¿Cómo podía defenderse de algo tan absurdo?

Se sentía completamente aislada, atrapada en una red de mentiras tejida por Catalina y Doña Mercedes.

La única persona que parecía tratarla con normalidad era Andrés, pero incluso él parecía un poco más reservado, probablemente influenciado por su familia.

Sofía se refugió en su único consuelo: la música.

En la soledad de su habitación, componía melodías nostálgicas, letras que hablaban de injusticia, de anhelos de libertad y de un amor puro, lejano a los prejuicios.

Decidió enviar una de sus composiciones, letra y una melodía básica tarareada en una grabación simple, al programa de radio local "Ecos del Folclor", bajo el seudónimo "Brisas del Sinú".

Era un pequeño acto de rebeldía, una forma de que su alma, al menos, se sintiera libre.

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Corazón Cautivo, Alma Libre

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