Capítulo 3
La furia de Jorge era un veneno que necesitaba un antídoto inmediato. Y su antídoto siempre había sido el poder, el control.
En medio de la fiesta de su propia boda, se escabulló a una oficina privada del salón de eventos. Sofía lo buscaba con la mirada, confundida, pero él la ignoró. Cerró la puerta de un portazo y marcó el número de su asistente personal.
"Cancela todas las tarjetas de crédito a nombre de Natalia. Ahora mismo", ordenó, su voz era un gruñido bajo y peligroso.
"Señor, ¿la tarjeta suplementaria de su cuenta principal?"
"Todas. La que le di como parte del acuerdo. Quiero que no pueda comprar ni una botella de agua. Quiero que me llame rogando."
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la voz de su asistente sonó extrañamente vacilante.
"Señor... hay un problema con eso."
"¿Qué problema puede haber? Solo hazlo", espetó Jorge, perdiendo la paciencia.
"Señor... la señorita Natalia nunca activó la tarjeta de crédito que usted le dio. Ha estado en su poder por cinco años, pero jamás se ha usado. Ni una sola vez."
Jorge se quedó mudo.
El teléfono casi se le resbala de la mano.
¿Qué?
¿Nunca... la usó?
Se apoyó contra el escritorio, sintiendo un mareo repentino. Imágenes de los últimos cinco años pasaron por su mente como un torbellino. Natalia con su ropa sencilla, casi austera. Natalia cocinando en casa casi todas las noches para no gastar en restaurantes. Natalia usando el mismo bolso de piel gastado durante años, uno que él recordaba vagamente que ella tenía desde antes de casarse.
Él siempre había asumido que era tacaña, o que simplemente no tenía gusto. Le daba igual. Le entregó esa tarjeta con un límite casi ilimitado como parte de su "compensación". Era su forma de lavarse las manos, de pagar por su tiempo y su sumisión. "Cómprate lo que quieras", le había dicho con displicencia el primer día, sin siquiera mirarla. "No me molestes con nimiedades."
Él pensaba que ella se estaría dando la gran vida en secreto. Comprando joyas, ropa de diseñador, viajando a escondidas. Era lo que cualquier mujer en su posición haría, ¿no? Era lo que Sofía hacía sin el menor reparo.
Pero Natalia no.
Cinco años. 1825 días. Y ni un solo peso gastado de su dinero.
Era un insulto. Un rechazo silencioso que él, en su arrogancia, ni siquiera había notado. Ella había cumplido su parte del contrato, había sido la esposa perfecta en público, la sombra obediente en privado, y lo había hecho sin tocar un centavo de su fortuna. Había vivido con lo suyo, con lo poco que tenía antes de conocerlo.
De repente, la imagen de la mujer sumisa y sin carácter que él había construido en su mente se hizo añicos. Se dio cuenta de que no la conocía en absoluto. La había subestimado de una manera tan profunda, tan vergonzosa.
Un sentimiento extraño, una mezcla de culpa y una humillación punzante, comenzó a burbujear en su pecho, desplazando a la furia.
Sofía abrió la puerta suavemente.
"Jorge, mi amor, ¿estás bien? Los invitados preguntan por ti."
Él la miró como si fuera una extraña. Su vestido deslumbrante, sus joyas brillantes... todo parecía vulgar y vacío en ese momento.
"Estoy ocupado", dijo secamente.
"Pero, Jorge... es nuestra boda."
"Déjame en paz, Sofía", respondió, su voz tan fría que ella retrocedió, herida.
Cerró la puerta de nuevo, dejándola afuera. Se sentó en la silla, con la cabeza entre las manos. La fiesta, la música, su nueva esposa... todo se había desvanecido. Solo quedaba el eco de la revelación de su asistente y una pregunta que le taladraba el cerebro: ¿Quién era Natalia en realidad? ¿Y a dónde diablos se había ido?