Capítulo 3
El aroma a alcohol y música retumbante me golpeó apenas entré a la fiesta universitaria. La habitación estaba llena de luces parpadeantes, risas y conversaciones que se mezclaban en un caos embriagador. Yo solo quería relajarme después de los primeros días bajo el techo de Octavio, dejar que la ciudad me tragara un poco, aunque fuera por unas horas.
-¡Virginia! -me gritó una amiga, sosteniendo un vaso en alto-. ¡Tranquila, esta noche es para disfrutar!
Tomé el vaso con una sonrisa forzada, deseando que nadie notara lo mucho que necesitaba escapar de la tensión que Octavio imponía en mi vida diaria. Cada sorbo de cerveza quemaba mi garganta, y la música vibraba a través de mi pecho, desorientándome y, de alguna manera, liberándome.
No recuerdo cuándo empecé a perder el control. La sensación de mareo fue gradual, hasta que el mundo se volvió borroso, y cada risa parecía un sonido lejano. Fue entonces cuando lo vi: un chico que no conocía, acercándose demasiado, demasiado rápido.
-Hey... ¿quieres bailar conmigo? -dijo, con una sonrisa que intentaba ser amable, pero que me hizo ponerme en alerta.
-No... -traté de retroceder, pero él insistió, colocándome la mano en la cintura.
Un escalofrío de incomodidad me recorrió. Intenté apartarlo, pero mi equilibrio traicionero no ayudaba. Sentí que iba a caer, y con cada intento de zafarme, él se acercaba más.
Y entonces lo vi.
Octavio.
Estaba de pie junto a la puerta, su expresión seria y sus ojos ardiendo de rabia que me heló la sangre. Antes de que pudiera reaccionar, se acercó con pasos largos y seguros. No dijo nada. No necesitaba palabras. Con un movimiento rápido, separó al chico de mí, con una fuerza que me hizo contener la respiración.
-¡Aléjate de ella! -con una voz ronca y atrevida, como si tuviera derechos sobre mí, y el chico dio un paso atrás, temblando.
Su control sobre la situación era absoluto. Cada gesto, cada músculo tenso, me decía que no había lugar donde pudiera escapar de su autoridad... y aun así, me sentí extrañamente segura. Un temblor recorrió mi cuerpo, mezcla de miedo y algo que no podía definir.
-Gracias... -susurré, incapaz de mirar directamente a sus ojos.
-No vuelvas a ponerte en peligro -dijo, con esa voz baja y grave que me hizo estremecer-. Vamos a casa.
No protesté. No podía. La seguridad que sentí bajo su cuidado anulaba cualquier impulso de rebeldía. Mientras caminábamos hacia la puerta, apoyándome ligeramente en él, me di cuenta de que lo odiaba y lo necesitaba al mismo tiempo. Odiaba que controlara cada aspecto de mi vida, pero el alivio de su protección me hizo sentir vulnerable de una manera extraña y nueva. Me gustó admití.
El camino de regreso a la casa fue silencioso, salvo por mi respiración acelerada y el sonido de nuestros pasos en la acera mojada por la ligera lluvia nocturna. Me sentía extraña: agradecida, frustrada, temerosa, pero también... curiosamente excitada. La confusión de emociones me hizo girar la cabeza para mirarlo, y él, como siempre, parecía inalterable.
Al llegar a la casa, me dejó en la sala y se dirigió a la cocina sin decir una palabra. Mi mente intentaba procesar lo que acababa de pasar: la mezcla de miedo, gratitud y algo que no entendía del todo. No podía negar la tensión que se había encendido entre nosotros, ni el temblor extraño que sentí al estar bajo su protección.
-¿Estás bien? -preguntó finalmente, volviéndose hacia mí con una mirada que intentaba ser neutral, pero que fallaba en ocultar la preocupación.
-Sí... -respondí, con la voz temblorosa, aunque intenté sonar firme.
Y entonces ocurrió algo que nunca habría esperado. En un movimiento natural, como si la preocupación lo hubiera hecho bajar la guardia, se quitó la chaqueta. Mi mirada se desvió involuntariamente hacia su torso y sentí un escalofrío al notar las cicatrices que surcaban su piel. Marcas de un pasado doloroso, un accidente que ahora cobraba forma ante mis ojos.
Lo vi vulnerable. No el hombre frío y dominante que me hacía arder de frustración y deseo, sino alguien que había sufrido, que cargaba con heridas invisibles y visibles. Mi corazón se apretó, y una mezcla de emociones me golpeó con fuerza: compasión, curiosidad, miedo, y algo más profundo que no sabía nombrar.
-Octavio... -mi voz se quebró un poco, sorprendida por la intensidad del momento.
Él se tensó, consciente de que lo había mirado demasiado tiempo. Su expresión volvió a endurecerse, y por un instante, el hombre dominante regresó, borrando cualquier indicio de vulnerabilidad.
-No me mires -dijo, con voz firme, aunque su respiración era más lenta de lo normal, como si controlar cada emoción le costara un esfuerzo enorme.
Me encogí de hombros por miedo a que Mariana lo hubiese escuchado, pero no. Ella andaba en su mundo...
Me mordí el labio, intentando procesar todo lo que había sentido en las últimas horas. La atracción y la frustración, la gratitud y el miedo, se mezclaban en un torbellino que no podía controlar. Su vulnerabilidad me había alcanzado de una manera inesperada, despertando algo en mí que no podía ignorar.
Y mientras me quedaba allí, observándolo, entendí que lo que en un inicio me molestaba de él, ahora me atraía. Su control, su fuerza y su pasado doloroso no solo me irritaban, sino que también me atraían, estaba envuelta de manera peligrosa.
Mientras él se acercaba para asegurarse de que ya estaba estable, lo vi bajar la mirada hacia su torso de nuevo, y por un segundo, sus ojos que normalmente me quemaban con frialdad se llenaron de algo que no había visto antes: fragilidad. Quise saber más de su historia, consolarlo y descubrir el motivo de tanta hostilidad.