Capítulo 2

Capítulo 2

Con los días el padre Melitón párroco de la iglesia, se preparó para recibir una visita muy especial. Al pueblo arribó procedente de Francia, doña Marie Domeq Faure—Dumont; una entrañable amiga del padre de los dichosos días de su paso por Lyon, en Francia. Ella era una mujer burguesa y millonaria, perteneciente a una de las familias más prestigiadas de todo París. La mujer de 77 años venía a pasar su cumpleaños con su apreciado amigo y confidente. Y fue por la tarde cuando el párroco con una fastuosa cena, la recibió en el seminario.

En el puerto, el hermoso navío Francés no pasó desapercibido para la Pelusa. Todos soñaban con algún día poder viajar en un barco así. Repentinamente Anastasio jaló discretamente de su chaqueta a Federico.

— ¿Qué pasa Tacho?

—No te vayas a enojar conmigo...

— ¿Y por qué me enojaría? ¿Qué hiciste?

— Es que... — dijo el niño llevando a Federico a un callejón —. Atilano quiere hablar contigo.

— Eres un traidor — dijo Federico molesto y le iba a dar una bofetada, cuando Atilano lo detuvo.

— ¡Déjalo! — gritó —. Yo le pedí que te trajera. Él no quería pero yo lo convencí porque tengo algo que decirte.

— ¿Qué es lo que quieres?

— Hablar contigo.

— Pues yo no voy a hablar contigo. Vámonos Tacho.

— Es sobre Clara...

— ¿Que traes tú con mi hermana riquillo pendejo? — gritó Federico tomando una piedra del suelo.

— Calmante y escucha. La otra vez no te mentí cuando te avisé que mi padre tenía a Clara en la tienda.

— ¿Entonces te mandó el viejo marrano de tu padre?

— No y de hecho él no sabe que yo estoy aquí, y si se entera me va a dar una buena cuereada.

— No te creo.

— Escucha... Mi padre planea hacer algo... No sé que es pero va a intentar algo para deshacerse de ti y poder aprovecharse de Clara.

— No te creo.... ¿Tú como lo sabes?

— Mira realmente lo que te pase a ti me importa poco pero...

— Si ya sé. Me vas a salir con que te gusta Clara ¿no?

— Yo ya cumplí con avisarte.

— ¡Bueno pues ahora lárgate!

Federico permaneció pensativo. Todo podía ser una trampa, o tal vez don Mercedes iba a intentar hacerle daño a su hermana. Fuera como fuera él no lo iba a permitir. Sabía que debía proteger a Clara de todos y a como diera lugar, pero no sabía como.

Por la madrugada, mientras toda la Pelusa dormía bajo el puente cercano al puerto, donde habían pasado la mayor parte de su vida, un grupo de militares llegó aparentemente de improviso, arrestando a todos los niños. Federico fue separado del resto y llevado a una mazmorra, donde uno de los militares lo golpeó hasta hacerlo perder el conocimiento. Cuando el niño logró despertar, reconoció una voz que hablaba muy cerca de él.

— A este cabroncito puedes matarlo si quieres Carmelo — dijo don Mercedes al general Avitia —. Pero primero que me diga donde está Clarita.

— Ya oíste a don Mercedes. ¿Dónde está la escuincla?

— ¿Dónde la escondiste cabrón? ¿Crees que tú la vas a poder proteger de mí? ¡Si eres un pobre mocoso...! ¡La voy a encontrar y tú mismo con tus ojos vas a ver lo que le voy a hacer a esa zorrita!

Federico echó a reír con un dejo de burla, pero fue abofeteado por el general haciéndolo perder el conocimiento de nuevo.

Ya amanecido, varios militares buscaron a Clara por todo el puerto pero no pudieron dar con ella.

Inesperadamente al general Avitia le llegó un comunicado con órdenes de movilizar a su regimiento a un poblado cercano, por lo que se vio en la necesidad de liberar a todos los presos, incluyendo a los integrantes de la Pelusa. Esto debido a un intento de asesinato en contra del gobernador del estado.

Federico y sus amigos quedaron libres, mientras su hermana estaba a salvo donde el viejo Mercedes nunca podría siquiera acercársele.

Después que Atilano lo previno, Federico fue con el padre Melitón quien era el único en quien podía confiar. El sacerdote prometió proteger a la niña de don Mercedes, y le pidió de favor a su entrañable amiga francesa, llevarse a Clara como su criada de compañía. La mujer benevolente aceptó. Y justo cuando los militares buscaban a la niña por las calles, ella abordaba el buque que la llevaría a Francia lejos de esa pesadilla, de ese triste futuro que allí le esperaba, abandonando así a su hermano para siempre.

Federico que sabía bien que ya no volvería a ver a su hermana nunca, tenía la seguridad que tendría una mejor vida y que sería feliz donde fuera. El niño aunque estaba deshecho, sabía que esa era la única manera de protegerla y por eso lo había hecho.

El padre Melitón siempre tuvo la creencia que ya en Francia, Clara Ramos sería adoptada por doña Marie; otorgándole el apellido Domeq. Y ella utilizaría su nombre real, llamándose pues: Claridad Domeq Feure—Dumont. Que se educaría en casa, con maestros particulares como correspondía a una jovencita de su clase. Aprendería la lengua, modales y tendría una vida envidiable. Pero a pesar de su buena fortuna, siempre recordaría con mucho cariño a su hermano y a sus amigos que dejó en aquel triste puerto de Veracruz, al que nunca regresaría.

Y al igual que Federico y sus amigos, otro que también la iba a extrañar sería Atilano, que en un inicio no descansó en su búsqueda. Pero con los años perdió totalmente la esperanza de verla de nuevo. Su verdadero paradero sólo Federico y el padre Melitón lo conocían y lo guardarían con sumo recelo.

Capítulo 3

Capítulo 3

Once años después, a principios de 1910, había estallado una revuelta que había terminado con la detención de algunos insurrectos que apoyaban la causa del general Villa. A ese grupo de bandoleros, criminales y saqueadores que el gobierno del general Díaz creía peligrosos, se habían sumado miles más a la causa de la revolución; pues como toda la clase baja y humilde, estaban hartos de los abusos, excesos y opresión del gobierno contra quien alentaba y promovía un cambio para el país.

Un grupo de estos rebeldes en Veracruz, era comandado por Federico Ramos y sus amigos; aquellos mismos que de niños conformaron la Pelusa. Todos ahora transformados en hombres, peleaban del lado de los revolucionarios. Hasta que una tarde a la entrada del pueblo, Federico fue emboscado y tomado preso por gendarmes liderados por un antiguo enemigo, el general Carmelo Avitia.

De don Mercedes se sabía que había muerto casi cuatro años atrás. Y su hijo había heredado todas sus propiedades y negocios. Atilano se alegró al conocer la noticia de la aprensión de Federico; había ya olvidado por completo a su amor de infancia y se había casado con Rita, la hija del presidente municipal Eustaquio Quiroz.

Para el general Villa lo principal era liberar a Federico, pero nadie conocía su paradero y donde lo podían tener recluido. Esta información se manejó como secreto de estado por el gobierno; ya que Federico era muy apreciado por el general Villa, y éste de llegar a conocer donde se encontraba detenido, era capaz de arrasar con el lugar. Por lo mismo el ejército no podía matarlo ya que era un excelente estratega del general, y conocía muy bien los planes y movimientos que la causa rebelde realizaría. Así que los militares intentaron de mil formas sacarle información, pero todo fue en vano.

Mientras tanto al pueblo recién había llegado Romero Benítez y Benítez, un joven y acaudalado hombre, que había amasado su fortuna al hacer negocios con el gobierno de la república. Era más que un amigo cercano del mismísimo presidente Diaz. Este joven era alto, de cuerpo atlético, cabello y ojos negros, una barba y bigote que apenas y asomaba. Se había educado en distinguidos colegios en varias partes de los Estados Unidos. Y fue allá donde conoció a la señorita Gertrudis Amparan, hija del gobernador del estado. El joven millonario había sido presionado por su propio padre antes de morir, para que contrajera matrimonio con la señorita Amparan por lo económicamente conveniente del enlace.

Romero no amaba a Gertrudis, tan sólo le tenía un aprecio por el hecho de mostrar fortaleza de carácter, por tener una pierna de madera. Aunque también era incuestionable la belleza de la muchacha. El hombre pensaba que ella bien podía ser una excelente esposa y compañera para él, y ya el amor llegaría después. Así que accedió a cortejarla.

En vida, el padre de Romero veía ventajoso el matrimonio de su hijo, ya que así él podría obtener fácilmente permiso para vender en todo el estado su whisky barato. Y era esa la causa real de la relación de su hijo con Gertrudis.

Romero por su parte siempre se comportó a la altura. Era educado y todo un caballero. E inicio con los acercamientos hacia Gertrudis quien, siguiendo los consejos de su madre, se daba a desear. Ya que siempre lo hacía esperar hasta una hora en la sala de su casa, mientras ella se embellecía para él.

Y una tarde la joven hablaba con su madre.

— No lo sé madre... ¿Y si sólo adelantamos todo y hacemos que pida mi mano y ya? — comentaba la joven mientras terminaba de polvearse la nariz.

— Claro que no. Tú eres una Amparan. Toda una dama y él debe darte tu lugar... No eres una cualquiera.

— Es sólo que tengo ganas de sentirme mujer madre. Y que mejor que él sea el primero. Es tan fuerte y varonil. A veces fantaseo con que me toca la...

— ¡Cállate Gertrudis por dios! ¡Suenas tan vulgar!

—...la cara con sus manos.

La joven reprimía sus sentimientos ante su madre, pero ella debido a su problema en la pierna izquierda —misma que perdió debido a un accidente en carreta—, siempre pensó que ningún hombre la aceptaría en esas condiciones.

— A veces imagino que Romero entra a mi cuarto por el balcón, y me roba como a las pueblerinas. Luego me lleva a una cabaña lejana y me...

— ¡Silencio Gertrudis! ¡Que lenguaje tan corriente y sucio utilizas! Creo que tantos años en el extranjero de nada te sirvieron. Saliste igual de vulgar que las hermanas de tu padre.

La joven guardó silencio, y mientras su madre le peinaba el cabello, ella continuaba añorando que Romero la hiciera su mujer.

Reunidos en la trastienda de una vieja taberna Refugio, Gilberto, Cecilio y Anastasio planeaban como ayudar a Federico y sobre todo encontrarlo.

—Debemos tener mucho cuidado —dijo Refugio —, la cosa está muy caliente. Sé que en el pueblo no lo tienen. He estado investigando, y al menos aquí parece que nadie sabe nada.

— Yo he revisado los caminos que traen al pueblo —dijo Gilberto —. Revisé en granjas y ranchos cercanos y nada.

— ¿Y si lo trasladaron a la capital? — sugirió Anastasio.

— Eso no puede ser —dijo Cecilio —. En los caminos está gente de mi general Villa. Ellos han estado al pendiente de quien entra y quien sale, y no han visto nada.

— ¿Y si lo sacaron en barco? — sugirió Gilberto.

—No creo. Yo he estado al pendiente del puerto — dijo Refugio —. Casi creo que a Federico lo deben tener en un lugar alejado del pueblo.

— Si pero ¿donde puede ser? — preguntó Cecilio.

—No lo sé, pero tenemos que tener los ojos bien abiertos muchachos — dijo Refugio.

— Todos saben que Fede es muy querido y apreciado por mi general — dijo Anastasio —. Y si se logra enterar en donde lo tienen, él lo va a sacar de ahí a como de lugar y sin importarle las vidas que se lleve entre las patas.

—Al menos sabemos que muerto no está — dijo Refugio —. Federico es muy importante. Tratarán de sacarle información del movimiento, pero él no va a rajar por nada del mundo.

— Eso es lo que me preocupa — dijo Cecilio—. Tal vez sólo torturándolo le van a sacar algo.

—Yo creo que ni con eso — dijo Refugio —. Con lo único que podrían hacerlo hablar sería con matar a su hermana Clara, pero de ella nadie sabe nada.

— Y si averiguamos donde puede estar ella— dijo Anastasio —. Tal vez ella pueda ayudarnos a encontrar a Fede.

—No tenemos ni idea de donde pueda estar — dijo Refugio —, además si la encontráramos, dudo que ella pueda ayudarnos a averiguar algo de su hermano.

— Ella era muy inteligente — dijo Anastasio —. Deberíamos de al menos avisarle lo que sucede con Federico.

— Eso si — dijo Cecilio —. Ella tiene derecho a saber.

—Ta bueno — dijo Refugio —, pero ¿cómo la encontraremos?

— No sé, pero me late que el único que puede saber es el padre Melitón — dijo Cecilio.

Los muchachos acordaron hacerle una visita de madrugada al párroco.

El sacerdote que ya era un hombre de 87 años, los recibió; y lamentó conocer la mala fortuna de Federico, por quien sentía un gran aprecio.

— Yo no he vuelto a saber nada de Clarita desde que se fue... — dijo el cura.

— Pero usted sabe ¿cómo encontrarla o dónde? — preguntó Anastasio.

—Si, pero ella se encuentra muy lejos... Allá la envió su propio hermano y...

— ¿Dónde está? — preguntó Refugio.

— Hijos míos, ese es un secreto de ellos y yo no...

—Está bien padre — dijo Refugio —, al menos avísele la situación tan caraja por la que está pasando Federico.

Los muchachos se marcharon de la iglesia un poco desconcertados, pero prometiendo entre ellos hacer lo necesario para encontrar a su amigo; y liberarlo de las manos de los enemigos. Por su parte el cura, esa misma noche escribió una carta a Clara notificándole lo que acontecía.

Era justo que la joven ahora de 20 años, conociera el infierno que su hermano estaba viviendo; y es que el ejército conservador no tenía una muy buena fama de tratar a ninguno de los revolucionarios que apresaban.

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