Capítulo 2

El olor a guiso de res y a tortillas recién hechas llenaba nuestra pequeña cocina, un aroma que siempre había amado, pero que ahora se sentía pesado, casi sofocante.

Luciana, mi esposa, estaba sentada en el sofá, con la mirada fija en su teléfono, sus dedos moviéndose a una velocidad increíble sobre la pantalla.

Llevábamos cinco años casados y los últimos tres los habíamos pasado buscando un hijo que nunca llegaba.

Hace dos años, después de innumerables pruebas, el médico nos dio la noticia: yo era estéril.

La culpa me había estado comiendo por dentro desde entonces.

Veía a Luciana, tan llena de vida, tan hermosa, y sentía que le había fallado, que la había atrapado en una vida incompleta.

"Max, cariño, ¿ya casi está la cena? Tengo una reunión por Zoom en una hora", dijo sin levantar la vista.

"Casi, mi amor. Solo unos minutos más."

Dejé el plato en la mesa y me senté frente a ella. Ella seguía absorta en su mundo digital, una influencer de éxito con miles de seguidores que envidiaban nuestra "vida perfecta".

Una vida construida sobre su éxito y mi sueldo de cocinero, que apenas alcanzaba para pagar las cuentas en esta ciudad tan cara.

Mientras recogía su bolso para guardarlo, algo se cayó. Un pequeño frasco blanco rodó por el suelo.

Lo recogí.

Eran pastillas anticonceptivas.

Mi corazón se detuvo. Sentí un frío recorrer mi espalda, un frío que no tenía nada que ver con la noche.

"Luci, ¿qué es esto?", pregunté, mi voz apenas un susurro.

Ella levantó la vista, sus ojos se abrieron con pánico al ver el frasco en mi mano. Por un segundo, vi el miedo en su rostro, pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazado por una máscara de tristeza.

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

"Max, perdóname", sollozó, corriendo hacia mí y abrazándome. "No sabía cómo decírtelo."

"¿Decirme qué? ¿Que me has estado mintiendo todo este tiempo? ¿Que nunca quisiste tener un hijo conmigo?"

"¡No, no es eso!", gritó, aferrándose a mi camisa. "Es que... el informe médico... era falso."

Me quedé helado. No podía procesar sus palabras.

"¿Falso?"

"Sí", dijo entre sollozos. "Le pedí a mi prima Sofía, la enfermera, que lo falsificara. Tú no eres estéril, Max. Soy yo... soy yo la que no puede."

La miré, confundido, el dolor mezclándose con una extraña sensación de alivio.

"¿Por qué, Luci? ¿Por qué harías algo así?"

"Porque te amo", susurró, su cara enterrada en mi pecho. "Sabía cuánto querías ser padre, y no podía soportar la idea de que me dejaras por no poder darte un hijo. Y mi carrera... Max, mi carrera es lo que nos mantiene a flote. Un embarazo ahora mismo lo arruinaría todo. Pensé que si creías que el problema eras tú, podríamos seguir adelante, juntos."

Sus palabras, sus lágrimas, su aparente vulnerabilidad... todo se unió para aplastar mi enojo.

La culpa que me había consumido durante dos años se transformó en compasión.

La abracé con fuerza, sintiéndome como el peor hombre del mundo por haber dudado de ella.

"Está bien, mi amor", le dije, acariciando su cabello. "Lo entiendo. Lo superaremos juntos."

Esa noche, la perdoné.

La perdoné por completo, ciego a la red de mentiras que apenas comenzaba a tejerse a mi alrededor.

Capítulo 3

Pasaron seis meses.

Mi vida dio un giro inesperado. Me ascendieron a jefe de cocina en el restaurante, un puesto que venía con un aumento de sueldo considerable. Por primera vez, sentí que podía ofrecerle a Luciana la vida que se merecía.

Una noche, mientras celebrábamos mi ascenso, Luciana me tomó de la mano, sus ojos brillando de una manera que no había visto en mucho tiempo.

"Max, tengo que decirte algo", dijo, su voz temblorosa de emoción. "Estoy embarazada."

La alegría me inundó como una ola, borrando todos los malos recuerdos. La levanté en brazos, dándole vueltas en medio de la sala mientras reíamos. Íbamos a ser padres. Mi sueño se estaba haciendo realidad.

Pero la felicidad duró poco.

A las pocas semanas, el comportamiento de Luciana cambió. Se volvió distante, irritable. Se mudó a la habitación de invitados, alegando que mis ronquidos la despertaban y que necesitaba descansar por el bebé.

Lo más extraño era que cerraba la puerta con llave por la noche.

Intenté hablar con ella, pero siempre tenía una excusa: el trabajo, las hormonas, el cansancio.

Un día, ella se fue a un "viaje de trabajo" de tres días. La casa se sentía vacía y silenciosa. Mientras limpiaba la habitación de invitados, algo debajo de la cama llamó mi atención.

Era un encendedor de puros, uno muy caro, de plata, con unas iniciales grabadas: I.C.

No eran mis iniciales. No fumaba puros.

Una sensación de inquietud se apoderó de mí. ¿De quién era? ¿Por qué estaba escondido debajo de su cama?

El fin de semana, fui a visitar a mi mejor amigo, Iván Chavez. Éramos como hermanos, crecimos en el mismo barrio, compartiendo sueños y secretos. Él era un músico con mucho talento pero poca suerte, y yo siempre intentaba ayudarlo.

Su apartamento era pequeño y modesto. Mientras me servía una cerveza, vi algo en su desordenado escritorio.

Era una caja de regalo vacía. La caja de un encendedor de lujo, idéntica a la marca del que había encontrado.

Mi sangre se heló.

"Bonita caja", dije, intentando sonar casual. "¿Un regalo?"

Iván se encogió de hombros, sonriendo con su carisma habitual. "Ah, eso. Un pequeño capricho que me di. Un hombre tiene que tener sus lujos, ¿no crees?"

No podía ser. Era imposible. Iván era mi mejor amigo. Conocía a Luciana desde que éramos novios. Él no me haría algo así.

Pero la duda ya estaba plantada, una semilla venenosa que comenzó a crecer en mi mente.

Lee la historia completa ahora
Apoya al autor e inspíralo a crear más historias increíbles en Moboreader
Desbloquear todos los capítulos

Ciego ante la Traición

Capítulo 2
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo