Capítulo 3
Sus padres eran consiente de lo que pasaría si no iba por él, conociéndola era posible que armara un pleito de nuevo cuando lo viera, pero tenían la confianza que se entenderían. Lo que paso después de su partida no fue fácil para ella, ahora era Alberto quien estaba en las mismas condiciones y quería ayudarlo a salir adelante.
Tanto su madre como su tía hablaron con ella durante todo el día, solo le pedían paciencia para un chico que estaba completamente destrozado y que no esperaba ya nada de la vida.
«Luego dicen que las mujeres somos las dramáticas»
El reloj marcaba las 16:00 horas tiempo de Grecia, cuando abordaron el avión privado de los papas de Alberto que los llevaría a la Ciudad de México. Emprendían un viaje de trece horas, donde pensaría todo lo que haría cuando lo tuviera enfrente y lo que haría para traerlo de regreso con sus padres.
Era una misión casi maratónica, pero no imposible. Su corazón se destrozó al saber las condiciones en las que estaba Alberto, nunca imagino que la amara tanto. Las fotos que le compartió Caleb calaron su alma y algo más, el video donde lloraba, gritando su nombre le enchino la piel, llorando junto con él.
A las cinco de la madrugada, tiempo de la Ciudad de México, el avión aterrizaba sin contratiempo. Los esperaba el chofer que contrataron para ser llevados sin demora a donde se encontraban.
Caleb estaba nervioso porque Alberto no quería irse del bar donde se encontraban, tanto tiempo tomando se había hecho resistente al alcohol, pero ese día en especial Alberto se embarcó con unas chicas que estaban en la mesa de alado. Quería olvidarla a la chica que estaba arraigada en su corazón, necesitaba sacarla de su mente y olvidar esos dos lunares que lo volvían loco cada vez que la miraba, esos lunares que lo invitaban a pecar cada vez que la tenía enfrente.
Alberto era un chico de apenas 30 años, con unos ojos negros como la noche que invitaban a pecar, cada vez que los mirabas fijamente haciendo un contraste con su color de piel apiñonada y un cuerpo de infarto que más bien parecía modelo. Su identidad siempre fue bien protegida por todos, para que nunca fuera relacionado con las empresas de su familia, y así poder correr en cada uno de los circuitos que se presentaban en todo el mundo.
—Debemos irnos Alberto, ya no estás en condiciones de beber una gota más de alcohol o te aseguro que terminaras en el hospital por un coma etílico —menciono Caleb enojado con su amigo que lo ignoraba.
—Achís, achís los mariachis… de cuando acá tengo guarura o niñera. Qué recuerde no me gustan las nanas y mucho menos mande a pedir una —manifestó Alberto.
—Estas borracho, vámonos. Debes descansar —replico Caleb restándole importancia a su comentario.
«Yo que tú lo agarro a golpes, hasta que saques toda la frustración que traes»
— ¡Vete!, yo aquí me quedo, no me sigas amargando la poca vida que me queda, lárgate de una buena vez antes de que me desquite contigo todo el enojo que traigo, además ya asustaste a las chicas que venían a divertirse conmigo —grito Alberto.
—Si me voy, pero te vienes conmigo, así te tenga que sacarte amarrado como puerco de este lugar. Vendrás conmigo por las buenas o por las malas, tú decides de qué forma lo hacemos —dijo Caleb.
Como era de esperar el pleito empezó entre ellos dos, fue muy fácil para Caleb poder controlar la situación, su amigo estaba muy tomado «ya métanlo al anexo, aparte de borracho pleitista», no podía ponerse de pie solo ni por un segundo. Estaba claro que sin la ayuda de su amigo no llegaría a su departamento.
Por tratar de huir tropezó con una de las sillas que se encontraban a su paso, cayendo de frente hasta golpearse la cabeza con la pata de una mesa, quedando completamente noqueado al instante «para eso me gustabas, aparte de borracho, torpe». Las pocas personas que se encontraban en el lugar se acercaron asustados, para ver qué pasaba con el chico y como podían ayudarlo.
—Creo que debes hablar seriamente con tú amigo, el dolor que trae en el alma, no se cura ni con todo el alcohol del mundo; si no resarciendo lo que ha hecho a esa chica que tanto menciona —dijo una mesera que se acercó hasta donde estaba Alberto para ver si respiraba poniendo su mano cerca de su nariz.
Tantos años trabajando en los antros, que ya podía distinguir a las personas que sufrían por amor o por otras situaciones, ya le había tocado atender a muchos de ellos.
—Ahora resulta que eres doctora y no mesera —respondió Caleb enojado, mientras miraba a la chica de arriba abajo como si se tratara de un bicho raro o un extraterrestre hablando con los príncipes del parlamento.
— ¡Ayúdame a levantar a tu amigo! Soy mesera con mucho orgullo, no un estúpido arrogante que no puede cuidar de un amigo cuando más lo necesita como tú comprenderás la situación —menciono la mesera en un tono mordaz.
Ella no se dejaba intimidar por nadie, conocía su lugar pero siempre se hacía respetar ante la gente que consideraba que ser mesera era un trabajo deplorable.
— ¡Cuida tus palabras!, se me puede olvidar que eres mujer —refunfuño Caleb alzando una ceja, esa chica lo estaba regañando sin saber lo que pasaba con su amigo y él no era hombre para que una chica lo tratara mal, mucho menos indicarle lo que debía de hacer.
«Hay sí, niño mimado hay sí, niño mimado»
—He conocido a personas peores que tú, ¡No me asustas! Tú amigo respira, será mejor que te lo lleves a descansar para que deje de tomar como loco. Prepárale un par de aspirinas con jugo de naranja para la resaca de mañana, digo, si es que puedes hacerlo sin que se te caiga de las manos también —menciono la chica de manera picara.
Caleb no estaba acostumbrado a que nadie le marcara la pauta, mucho menos una mujer como ella. No es que fuera despectivo, solo que era muy selectivo «fíjate, no sabía que se llamaba de esa forma, ahora cuando me digan algo diré que soy selectiva con las personas que me rodean».
Pensaba que las mujeres eran para estar en su casa y dedicarse al cuidado de los hijos «en que época vive este cuate». Los prejuicios de la alta sociedad lo mataban «qué bueno que lo aclaras, porque si no lo mato yo», más bien era que nunca había conocido a alguien como ella, alguien que tuviera las agallas de responderle sin perder la calma y cantarle sus verdades a la cara.