Capítulo 3
La mañana siguiente, Gabriela despertó en el sofá de su apartamento. Había quedado allí durante la noche, sin darse cuenta de que el cansancio la había vencido mientras aún conversaba con Mateo. Él había insistido en que durmiera, que no estaba sola, que tenía tiempo para recuperarse, que no necesitaba tomar decisiones precipitadas. Y aunque, en el fondo, Gabriela sabía que era lo mejor, no podía evitar sentirse como si todo fuera parte de una pesadilla de la que no podía despertar.
El sol entraba por las cortinas medio cerradas, bañando la habitación con una luz tenue, como si el mundo exterior intentara ofrecerle algo de consuelo. Pero dentro de ella todo seguía oscuro. El recuerdo de Sergio la golpeaba una vez más, como una ola que la empujaba hacia atrás. Lo que había hecho, la forma en que la había dejado... No podía dejar de pensar en ello. El dolor seguía fresquito, pero también empezaba a quedar claro que Gabriela no podría seguir lamentándose por siempre. No podía detener su vida en ese punto. Algo tenía que cambiar.
A medida que se levantaba del sofá, mirando alrededor de su pequeño departamento vacío, sintió la necesidad de salir, de tomar un respiro. Decidió que lo primero que tenía que hacer era salir a caminar para despejarse. Necesitaba pensar, de alguna manera.
Cuando se estaba levantando, escuchó un suave golpe en la puerta. Era Mateo, como había prometido. Gabriela le había pedido que volviera por la mañana para acompañarla. No le sorprendió que él fuera puntual, como siempre. Mateo era el tipo de persona que cumplía lo que prometía.
-Buenos días -dijo él, con una leve sonrisa al verla abrir la puerta. Llevaba una mochila sobre el hombro, pero en su rostro se reflejaba más preocupación que alegría.
-¿Qué haces aquí tan temprano? -preguntó Gabriela, forzando una sonrisa para disimular la pesadez que sentía.
-Te dije que vendría. ¿No lo recuerdas? -respondió Mateo, sin perder la sonrisa, aunque en sus ojos había una inquietud palpable. Se notaba que había pasado la noche preocupado, pendiente de ella.
Gabriela se apartó de la puerta para que él entrara, pero no dijo nada. En su interior, aún sentía ese nudo de incomodidad. Era raro. Después de todo, Mateo era su mejor amigo. Pero algo había cambiado en ella en los últimos días, algo que no lograba entender. El dolor la mantenía atrapada, pero también había algo más, algo indefinido, que la hacía sentir vulnerable y a la vez extraña.
-¿Te sientes mejor? -preguntó Mateo, mirando a su alrededor, como si estuviera buscando alguna señal de que Gabriela ya no se sentía tan perdida.
Gabriela no estaba segura de si se sentía mejor, pero al menos ahora podía hablar sin que las palabras se atascaran en su garganta.
-Sí... un poco. Gracias por estar aquí, Mateo. -Lo miró con gratitud, pero también con una sensación de duda. Había algo en su mirada que la hacía sentirse como si estuviera por dar un paso hacia un lugar que no reconocía.
Mateo asintió, pero el silencio entre ellos se hizo denso. Ambos sabían que, aunque ella había empezado a respirar un poco más tranquilo, el dolor seguía ahí, como un peso constante. La tensión no desaparecía.
De repente, sin previo aviso, Mateo rompió el silencio.
-Gabriela, quiero proponerte algo. Algo que tal vez te parezca loco, pero sé que es lo que más te beneficiaría ahora. -Su tono había cambiado, se había vuelto más serio, como si estuviera tratando de reunir valor para decir lo que estaba pensando.
Gabriela frunció el ceño, sin comprender del todo lo que Mateo estaba diciendo.
-¿Qué quieres decir? -preguntó, en voz baja, aún no sabiendo qué pensar de esa repentina seriedad en él.
Mateo dio un paso hacia ella, su mirada fija en la suya, sin parpadear. En sus ojos había una mezcla de sinceridad y decisión. Sabía que lo que estaba a punto de decir podría cambiarlo todo, pero también sabía que no había vuelta atrás.
-Sé que estás pasando por un momento difícil. Lo que Sergio hizo fue cruel y doloroso. Pero sé que no quieres quedarte atrapada en el dolor, no por mucho tiempo. Y no quiero que te sientas sola, Gabriela. No te lo mereces. Así que... quiero ofrecerte una solución. Algo que podría ayudarte a sanar.
Gabriela lo miró en silencio, sin saber qué responder. Su mente seguía un ritmo agitado, atrapada entre la incredulidad y el deseo de escuchar lo que Mateo tenía que decir.
-No sé si esto será lo que necesitas, pero... te propongo que nos casemos. -La palabra "casarnos" flotó en el aire como una bomba silenciosa. Gabriela parpadeó varias veces, como si no pudiera comprender lo que acababa de escuchar.
-¿Qué? -dijo, atónita. No podía creer que estuviera escuchando bien. -¿Casarnos? ¿Pero qué estás diciendo?
Mateo no se dejó intimidar por su sorpresa. Sabía que lo que proponía sonaba completamente loco, pero estaba convencido de que, para Gabriela, sería una salida.
-Sí, casarnos. Pero no como lo haría cualquier otra pareja. No por amor ni por compromiso emocional. Sino por conveniencia. Un matrimonio para ayudarte a dejar atrás lo que has perdido. Un matrimonio que te dé estabilidad mientras sanas. Algo que te permita empezar de nuevo sin tener que enfrentar todo ese dolor a solas.
Gabriela lo miró, incapaz de procesar completamente lo que acababa de escuchar. La propuesta era tan extraña, tan ajena a todo lo que había imaginado, que su mente se rebelaba contra la idea. ¿Casarse? ¿Con Mateo? No podía ser posible.
-¿Estás... loco? -dijo, entre risas nerviosas, pero en su tono había una mezcla de incredulidad y fascinación.
Mateo suspiró, como si supiera que su propuesta sonaría como una locura, pero que, en el fondo, podría ser lo que Gabriela necesitaba.
-Lo sé, suena raro. Pero piensa en ello, por favor. Sé que no tienes fuerzas para salir y empezar de cero ahora mismo. Sé lo que sientes. Y si te casas conmigo, no tendrías que enfrentarlo sola. Podríamos vivir juntos, pero no de la forma convencional. Viviríamos como una pareja, pero sin la carga emocional. Solo estaríamos ahí para ayudarnos mutuamente. Yo te daría el espacio para sanar sin que tengas que seguir aferrándote al pasado.
Gabriela se quedó en silencio, procesando sus palabras. Lo miró detenidamente, como si intentara encontrar una respuesta clara en sus ojos. La idea, aunque absurda a primera vista, parecía ofrecerle un tipo de refugio. Mateo era su mejor amigo, el único que conocía cada rincón de su alma. Y aunque el concepto de un matrimonio sin amor le parecía completamente extraño, algo dentro de ella comenzó a sentir que, tal vez, podría ser lo que necesitaba.
-No sé qué pensar... -murmuró, recorriendo la habitación con la mirada, como si estuviera buscando alguna señal en el aire.
-No tienes que decidir ahora mismo -dijo Mateo, con un tono tranquilo-. Solo quiero que lo pienses. Si alguna vez hay un momento para hacer algo como esto, es ahora. Sé que lo que has perdido es mucho. Y sé que necesitarás tiempo para sanar. Si me aceptas, puedo estar a tu lado, sin presiones. Y te prometo que te daré el espacio que necesites.
Gabriela siguió mirándolo, luchando entre lo que sentía y lo que sabía que era la realidad. Casarse con Mateo. ¿Podría ser tan sencillo? O, más bien, ¿podría funcionar? Sabía que no era una solución normal, ni tradicional, pero algo en su interior le decía que esta locura de matrimonio de conveniencia podría ser, de alguna manera, la forma de seguir adelante. No como una solución definitiva, sino como un refugio temporal.
-No lo sé, Mateo... -repitió, pero en su voz había un leve tono de curiosidad, algo que indicaba que la idea comenzaba a calar en ella.
Mateo sonrió, un poco aliviado de ver que Gabriela no había rechazado la propuesta de inmediato. Sabía que había dado un paso arriesgado, pero al menos, ahora, ella estaba considerando la idea.
-Piénsalo. No tienes que decidir ahora. Solo quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti, de la forma que necesites.
Gabriela asintió lentamente, perdida en sus propios pensamientos. La idea de casarse con Mateo, aunque completamente insólita, comenzaba a parecerle... menos absurda.