Capítulo 3
Un grito desgarrador me sacó de la oscuridad de la muerte.
"¡Señorita Lina! ¡Fuego! ¡La casa está en llamas!"
Abrí los ojos de golpe. El aire ya estaba cargado del mismo olor a humo que recordaba de mis últimos momentos. No era una pesadilla. Estaba de vuelta.
Estaba en el pasillo del segundo piso de nuestra finca, justo fuera de la habitación de mi madre. El grito venía de María, nuestra ama de llaves.
Miré mis manos. No estaban ensangrentadas. Mi vestido de flamenca estaba intacto, sin las manchas de hollín de mi muerte.
¡Había vuelto! Justo al momento en que el ataque de los Salazar comenzó.
"¡Mamá!", grité, irrumpiendo en su habitación.
Sylvia, mi madre, estaba en el suelo, tosiendo violentamente. La viga del techo, agrietada y humeante, estaba a punto de ceder. Era la misma viga que la había dejado inválida en mi vida pasada.
El pánico y la determinación luchaban dentro de mí. No había tiempo para pensar.
"¡María! ¡Ayúdame! ¡Tenemos que sacarla de aquí ahora mismo!"
Juntas, arrastramos a mi madre, que estaba débil y confundida, fuera de la habitación. Segundos después, la viga se desplomó con un estruendo terrible, levantando una nube de polvo y cenizas.
Estábamos a salvo. Por ahora.