Capítulo 2
El aire de la clínica privada olía a desinfectante, un olor limpio y frío que se me metía en los huesos.
El médico, un hombre de mediana edad con gafas, empujó su montura sobre la nariz y me entregó el informe. Sus palabras eran profesionales, carentes de emoción.
«Enfermedad degenerativa de las articulaciones. Terminal».
Salí de la clínica aturdida, con el informe arrugado en el puño. El sol de Sevilla era brillante, casi violento, y me obligó a entrecerrar los ojos.
No había dado ni diez pasos cuando los flashes de las cámaras estallaron a mi alrededor. Los paparazzi, como buitres, se abalanzaron sobre mí.
«¡Sofía! ¿Es cierto que has salido de una clínica de fertilidad?»
«¿Has tenido un aborto secreto?»
«¿Quién es el padre? ¿Es el heredero de las bodegas Vargas, Mateo Vargas?»
Me abrí paso entre ellos, con la cabeza gacha, sin decir una palabra. Mi mánager, Carmen, apareció de la nada, apartándolos con furia.
«¡Dejadla en paz! ¡Fuera de aquí!»
Pero el daño ya estaba hecho.
Esa misma noche, los titulares explotaron en internet.
«La bailarina de flamenco Sofía, vista saliendo de una clínica con aspecto demacrado. ¿Un aborto para un amante rico?»
Los comentarios eran un torrente de veneno.
«Sabía que no era una buena persona. Siempre intentando trepar».
«Pobre Mateo Vargas, su ex prometida es una vergüenza».
«Seguro que intentaba atraparlo con un bebé».
Miré la pantalla de mi teléfono, mi rostro pálido y mis ojos hinchados por el llanto reflejados en el cristal oscuro. La enfermedad me estaba matando, pero la opinión pública quería enterrarme viva.
En medio del caos, una noticia destacaba, añadiendo una capa más de ironía a mi tragedia.
«Bodegas Vargas se convierte en el principal patrocinador de la Bienal de Flamenco. La influencer Isabella, actual pareja de Mateo Vargas, se une al elenco de Carmen Descalza».
Carmen Descalza. El espectáculo para el que me había preparado durante un año. Mi último sueño.
Ahora, Mateo, el hombre que me abandonó, era el dueño de mi sueño. Y su nueva novia estaba a punto de robármelo.
Capítulo 3
El diagnóstico era como un ruido blanco en mi cabeza, constante y ensordecedor. El médico había dicho que me quedaban, como mucho, dos años. Dos años antes de que mis articulaciones se bloquearan por completo, convirtiéndome en una estatua de dolor.
Llamé a Carmen en cuanto llegué a mi pequeño apartamento, el que apenas podía permitirme desde que el tablao de mi familia quebró.
«¿Sofía? ¿Qué ha dicho el médico? ¿Es grave?»
Su voz sonaba tensa al otro lado de la línea. Era la única que sabía de mis visitas al hospital, la única que sospechaba que algo iba muy mal.
«Es terminal, Carmen», dije, y mi voz sonó extrañamente tranquila, como si estuviera hablando del tiempo.
Hubo un silencio, y luego un sollozo ahogado.
«No... no puede ser. Esos médicos se equivocan. Buscaremos a otro, al mejor del mundo...»
«No hay otro», la interrumpí, mi calma contrastando con su pánico. «Es lo que es».
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría. Miré mis manos, los dedos ya ligeramente hinchados. Estas manos, que habían aprendido a expresar pasión y pena a través de los castañuelas, pronto serían inútiles.
«¿Qué vamos a hacer?», gimió Carmen.
«Voy a bailar», respondí. «Voy a bailar en la Bienal. Es mi última oportunidad».
Carmen empezó a llorar abiertamente. «¡Estás loca! ¡El dolor te matará! ¡Y con Isabella allí, y Mateo...!»
«Por eso mismo», dije, sintiendo por primera vez una chispa de mi antiguo orgullo. «No dejaré que me quiten esto. Moriré en mis propios términos, no en los de ellos».
Mi calma no era resignación, era una decisión. Si mi vida iba a ser una tragedia, al menos yo escribiría el último acto.