Capítulo 2
Noviembre 9,
Jena.
Los ladridos de un perro me despiertan, medio abro un ojo y mis ojos lagrimean por la luminosidad del sol, obligándome a cerrarlos. Es un día caluroso, pero hace mucho frío.
No recuerdo haber visto llover antes de dormir la noche anterior, me giro hacia la izquierda y caigo al suelo.
—¡Au!
Sostengo mi frente, y siento mis ojos pesados e hinchados. ¿Qué pasó ayer? Hay días en los que despierto sin recordar nada del día anterior, debo esperar minutos hasta recordar quien soy.
Me levanto y tomo asiento. Hasta el momento, sé que estoy en la parada de autobús y lloré hasta quedarme dormida. ¿Por qué?
Todo en mi mente está como un rompecabezas de dos mil piezas, esos que son difíciles de resolver. Lo último que recuerdo es que vine aquí y lloré hasta quedarme dormida. Horas antes, estaba en la oficina del director por mi mal comportamiento y que sería expulsada. ¿Qué dirá mi padre?
Mi padre… Él me dejó…
Lloré esperando que vuelva, pero no lo hizo.
Una oleada de dolor me invade el pecho y siento como si me faltase la respiración,
—¿Estás bien? —dice un chico tocándome el hombro—. ¿Puedes respirar?
No puedo hablar, tengo un nudo en la garganta. Solo quiero estar en mi lugar seguro; mi mamá.
Él se arrodilla frente a mí
—Tranquilízate y mírame a los ojos —me las ingenio para asentir con la cabeza—. Vamos, tú puedes.
Trago grueso mientras trato de enfocarme en el color de sus ojos, un color avellano casi similar al dorado. Pero el aire no entraba por mis pulmones, estaba hiperventilando.
—Mírame —sus manos sostuvieron mi rostro.
Mi respiración estaba volviendo a su ritmo regular, al igual que los latidos de mi corazón.
—Ya te ves mejor—me dice con una sonrisa—. ¿A dónde vas? Es raro ver a alguien tan temprano por aquí.
—Lo mismo pregunto.
—¿Estabas durmiendo? —preguntó, sentándose a mi lado—. Antes de que te costara respirar.
—No, claro que no. Esperaba el bus —mentí.
—Pero tienes baba seca alrededor de tus labios —dijo señalándome.
¡Rayos!
—Creo que olvidé lavarme cuando salí de casa —solté una risa nerviosa.
—Entiendo —se puso de pie y pasó sus dedos por su cabellera rubia—, pero también estuviste llorando, ¿verdad?
¿Cómo le hace para atinar a todo? ¿Es un brujo?
Bajé la mirada. Él suspiró, se acercó a mí y me levantó la barbilla para obligarme a mirarlo.
—Dicen que es más fácil expresarse con un extraño, además, estoy casi seguro de que no nos volveremos a ver. Así que, puedes confiar en mí y contarme qué te pasa, ¿entiendes? —Sus ojos reflejaron honestidad.
Asentí.
—Mi mamá había enfermado tras la separación con mi padre, nunca fue al hospital, por lo que no supe si tenía una enfermedad. Hace unos años, murió y quedé a cargo de mi padre. Pero…
—¿Pero?
—Lo que pasa es que —me quedé callada por los nervios—, él me abandonó ayer por causarle bastantes problemas. Y, lo sé, soy consciente de que fue mi culpa por ser tan inmadura, solo quiero que vuelva y…
Sentí mis ojos arder.
—¿Te abandonó? —Sonaba sorprendido—. ¿Tu padre?
—Fue mi culpa, nunca debí de comportarme tan mal con él.
—No, claro que no. Bueno, un poco de culpa sí tienes, pero tu propio padre te dejó tirada quién sabe dónde y no te buscó —explicó y volvió a sentarse a mi lado.
—Soy la única culpable, él me recibió en su casa y yo no hice nada más que desobedecer y ser un estorbo. —Lo miré y sonreí con tristeza.
—Nada que ver, fue culpa de ambos. Tú no cumpliste tu deber como hija, pero él tampoco como padre. —Me tomó la cara con las manos, limpiando con sus pulgares las lágrimas que habían comenzado a salir—. No te tortures con esto, ¿sí? Piensa en los bellos momentos de tu infancia.
—Es que, desde ayer lo único que hago es llorar y es inevitable dejar de hacerlo.
¿Por qué era tan difícil dejar ir el pasado? Los ojos se me llenaron de lágrimas cada vez que escuchaba la palabra “infancia”.
—Cuando murió tu mamá, ¿lloraste?
—No, solo ayer y hoy —respondí, secándome los ojos con la manga de mi sudadera.
—Debes expresar lo que sientes. Ahora estás llorando por todas las veces que contuviste las lágrimas, no solo por lo de ayer, sino por todo lo que has vivido y no supiste cómo expresarlo.
—Le prometí… —Tomé una pausa—. Prometí que sería fuerte.
Él me sonríe de manera genuina.
—Te libero de esa promesa —dice, y me abraza fuerte—. ¿No crees que ya sufriste demasiado? No digo que esté mal lo que prometiste, pero a partir de hoy, vive para ti. Deja ir todo y enfócate en ti.
—¿Por qué? —susurré.
—Ninguna persona debe pasar por esto —dijo, aún abrazándome.
—No, ¿por qué me abrazas?
—¡Ah! —Se separó de mí rápidamente y con torpeza dijo—: Creí que lo necesitabas.
—Ni siquiera nos conocemos. No puedes hacer eso de la nada, es una invasión a la privacidad.
Suspiré exasperada, y me levanté para irme. Entiendo a esa clase de chicos, creen que por su belleza pueden hacer lo que se les dé la gana por la idea de que todas están loquitas por ellos. Es molesto.
—¡Oye! —Gritó y me detuve—. Si necesitas hablar con alguien, estaré aquí todos los días a las cinco de la tarde. ¡Nos vemos!
Terminó, y comencé a caminar directo al cementerio.
Pensar en todo lo que pasó me hace sentir realmente. No puedo quitarme la idea de que fue mi culpa el haber sido abandonada por mi padre y que ya no tengo a donde ir por mi inmadurez y rebeldía.
Entré al cementerio de la ciudad y busqué la tumba de mi madre. Una vez parada allí, me persigno como cada día que vengo y tomé asiento en el suelo, doblando mis piernas y encorvando mi espalda.
Miré la lápida y di una sonrisa triste—. Yo… sólo tengo tu chaqueta que siempre usabas —indiqué—, aunque ya casi está perdiendo tu olor. También tengo esta foto de ti, me gustaría poder enmarcarla —murmuré.
Puse las pocas flores que compré en la lápida.
—Papá empezó a salir con alguien. No, hace años que sale con ella, pero ya la trajo a casa. Es cruel, se deshizo de lo tuyo el segundo día y convenció a papá de que venda tu casa.
Pasé el dorso de mi mano por mi nariz, y respiré hondo para continuar.
—Me expulsaron de la escuela dos o tres veces, y papá está al pendiente con su nueva hija —confesé—. Mi madrastra dice que no puedo estar cerca de ella porque la puedo contagiar, y sé que es una manera de molestarme porque yo no estoy enferma. Dormía en el sótano, había noches donde hacía mucho frío.
No sentí como si ella estuviera ahí o algo. Tampoco apareció alguna señal, pero continúe hablando.
—Mamá, ¿por qué no vuelves y dices que me amas una vez más? Solo te pido eso, una sola vez más. Yo estoy empezando a olvidar el sonido de tu voz, de verdad te extraño. ¿Recuerdas cuando me decías que por nacer el once del onceavo mes, todo lo que deseara se cumpliría? ¿Lo recuerdas? Pues en cada cumpleaños pido que vuelvas a mi lado —gruesas lágrimas empiezan a bajar por mis mejillas, mojo mis labios para seguir hablando— Pero no se cumple, mamá. En dos días es mi cumpleaños, y volveré a desear lo mismo. Por favor, prométeme que lo cumplirás, ¿sí?
—¡Oye, tú! —gritó alguien.
Antes de levantarme, miré la lápida, cerré los ojos y traté de recordar los momentos en que me peinaba, su cálida sonrisa y el sonido de su canto para mí cuando tenía pesadillas.
—Adiós, mamá. Vendré en dos días, no olvides tu promesa.
Ramitas y algunas plantas me azotaban la cara. La áspera tierra y las piedras complicaba mi plan de huida. Pero seguí corriendo hasta que vi justo lo que necesitaba ver. La cerca de metal. Me escabullí cuidadosamente y salí.
Dos días después
Noviembre 11
Son las doce del mediodía cuando decidí ir al cementerio. El clima estaba fatal, la llovizna había comenzado minutos atrás.
—Hola, mamá, ¿qué tal? Hoy es un hermoso día, en verdad no me gusta la idea de que te hayas ido tan pronto. Tal vez si hubiese salido a buscar ayuda, tú estarías aquí conmigo, no lo sé. Mamá, ¿puedo ir contigo? Algunos dicen que allá arriba es mucho mejor que aquí, ¿es cierto? Escuché que no hay sufrimiento ni preocupaciones, pero algunos sufren por sus seres queridos que están acá abajo. Aunque tampoco tengo a alguien aquí.
Pongo la palma de mi mano en el nombre impreso junto a su fecha de nacimiento hasta el día de su muerte.
—Mamá, quiero hacerte una pregunta. ¿Encontraré la felicidad allá arriba?
No responde. Ninguna misteriosa calidez envuelve mi cuerpo, tampoco hay una ráfaga de viento como en las películas.
—Aquí abajo parece un infierno, y es irónico porque debería ser el paraíso. Yo creo que el verdadero infierno es en la tierra, la mayoría son infelices y se les ve su rostro de cansancio. La señora que cuida este lugar parece odiar su trabajo, nunca la he visto sonreír y no la culpo. Tampoco lo hago yo.
Miro al cielo pensando que ella podría estar mirándome.
—Ya sé que te dije que sería fuerte —aseguré—. Ya sé que te lo prometí —las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas—. ¡Pero cuanto me gustaría que estuvieses aquí!
Hace unas horas había comprado un cupcake y una velita para festejar mi cumpleaños número once, canté mi feliz cumpleaños y pedí el mismo deseo como siempre, el 11 del mes 11 a las 11:11 de la mañana. Pero no funcionó.
—¿Qué estoy haciendo mal, mamá? —hablé entre lágrimas—. ¿Hace falta un pastel más grande? ¿O una mejor vela? Tal vez el problema sea yo. No sé qué hacer, dijiste que el 11:11 era la hora espejo, que podía desear algo y se cumpliría instantáneamente.
—Te tengo —dijo alguien detrás de mí sosteniendo mi muñeca—. Diablos, niña, siempre te me escapas. Sabes que el cementerio no es un buen lugar para los niños, ¿dónde están tus padres?
Giré a verla. Me vio y supe que había notado mis ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento, no volverá a suceder.
Hablé con la mirada en el suelo y salí corriendo fuera del cementerio.
Capítulo 3
Jena.
La lluvia había empezado a aumentar en cuestión de segundos, tenía la impresión de que en cualquier momento habría un corte de luz. Aunque no me extrañaría, recientemente pasó eso.
Esnifé para pasar el dorso de mi sudadera por mi nariz, pero está totalmente mojado. Mis manos están frías, lo más probable es que enferme, sin embargo, no puedo ir a la casa de mi padre porque se enfadará al verme. Probablemente, él ya dijo "adiós", debo hacer lo mismo.
Recuerdo que papá nunca salía a buscarme cada vez que no me encontraba, según mi madrastra era tan irrelevante que no merecía perder el tiempo en mí. Tampoco quiero que me vea en este estado, ojos rojos, hinchados, mocos por todos lados y voz ronca. Una gran oportunidad para que se burle.
Eran las cuatro y cinco de la tarde y seguía deambulando por ahí. Recorriendo los mismos lugares una y otra vez, viendo las mismas casas y personas que siempre. Nada nuevo. De vez en cuando me entra la idea de ir más allá.
¿Y si me agradaba y ya no querría volver?
Tampoco sería una notición, porque la casa no es una casa. Aunque ya no tenga una.
—Ten —dijo alguien pasándome una sombrilla, después de que la cogiera me dio una toalla.
Era la señora del cementerio.
—¿Estás bien? —cuestionó.
—Solo es un poco de lluvia, no se preocupe —respondí con una seña quitándole importancia—. Además, iré pronto a casa.
La señora me miró y luego asintió sonriéndome—. Ya veo.
Estuvimos caminando unos largos minutos en silencio sin rumbo. Solo siguiendo el camino recto de la acera que claramente no se dirige hacia mi casa, pero tampoco podía llevarla ahí porque hace rato que nos habíamos pasado algunas cuadras.
—¿Y bien? ¿Dónde vives? —preguntó rompiendo el silencio.
—¿Le doy su paraguas? —ignoré la pregunta, extendiéndolo—. Yo puedo seguir por mi cuenta.
—De ninguna manera, no te dejaré sola.
Sola, eh.
—¿Cómo es allá arriba?
La sonrisa de la señora se contrae en tristeza, su expresión de sorpresa es contundente y demasiado obvia, pero aun así trata de disimular. Quizá estuvo mal que pregunte eso, habrá sonado raro. Nadie habla sobre la muerte así de la nada.
—¿Por qué pensar en eso cuando puedes disfrutar de la vida aquí abajo? —me sonríe una vez más y continúa caminando—. Oh, mira, la lluvia se ha detenido.
Me cuesta admitir que la señora es alguien alegre, en el cementerio nunca la he visto sonreír, y eso que voy muy seguido. Tampoco parece recordar que trabaja en ese lugar, porque no lo ha mencionado, ¿tendrá pérdida de memoria?
—Iré a mi casa, ya es tarde —dije y ella volvió a verme.
—Claro, te acompaño —me sonríe.
—No se preocupe.
No esperé una respuesta por su parte y giré para irme.
—La niña que murió el mismo día que su madre, solo que ella está viva.
Me detuve.
—¿Qué?
—Es lo que dicen todos de ti.
—Pero, ¿cómo?
—Oh, la lluvia se detuvo. ¿No quieres ir a casa?
Nunca me había sentido tan confundida como lo estoy ahora. Se despidió con un movimiento de mano y caminó hasta girar la esquina. Aunque ya la había perdido de vista, me quedé asimilando lo que dijo.
A decir verdad, no me importó, pero actuó como si lo hubiese olvidado. ¿Qué le pasa a esa señora? ¿Tendrá alguna enfermedad? ¿O simplemente quiso evadir mi pregunta o cambiar de tema?
Un grupo de niños pasó corriendo por mi lado, jugando con los charcos que la lluvia había dejado, y me di cuenta que seguía sin moverme. Solo de verlos, me dio escalofríos.
Cuando iba a la escuela, todos mis compañeros de clase me ridiculizaban e ignoraban. No sucedía de vez en cuando, pasaba todos los días. Los profesores tampoco hacían o decían algo, solo se concentraban en cumplir con su labor de enseñar a quienes capten a la primera la lección. Pero no me importó, de alguna manera, podía olvidar mis problemas cuando estaba entretenida con las clases.
Después de todo, no es lo mismo estar solo, que sentirse solo.
Yo estaba sola, pero no me sentía así. Hubo alguien que me acompañó durante ese periodo, no me juzgó por los rumores que circulaban en el barrio ni por lo que decían los otros niños. Me apoyó hasta el último momento, lamentablemente, tuvo que mudarse debido al trabajo de su padre.
Cuando mi mamá aún vivía, recuerdo que siempre le ocultaba cosas. Sabía que lloraba cada noche, llamando a mi papá y pidiéndole que vuelva, una y otra vez. Por mi parte, me aseguraba de que no se enterase sobre lo que pasaba en la escuela.
Saliendo de mis pensamientos, sacudí mi cabeza de un lado a otro y me dispuse a caminar. No podía ir a casa porque ya no soy bienvenida, y probablemente hayan tirado mis cosas a la basura. Caminé hasta el cementerio, era un buen lugar para pensar por el gran silencio que abunda.
Y de camino a la tumba pensaba... ¿por qué tuvo que ser este final entre tantos?
Me puse en cuclillas una vez que llegué y me persigno.
—Mamá, ¿crees que si me esfuerzo podré lograr lo que quiero? Dicen que los niños con problemas al final triunfan y se convierten en alguien muy respetado y exitoso.
Observo el cielo y noto que se está llenando de nubes. Parece que va a llover otra vez, y por mucho que no quiera, debo volver a casa antes de que comience a caer las gotas de agua.
Me acerco a la tumba de mi madre y beso su nombre inscrito en la piedra—: La niña que está muerta, eh.
Me alejo y salgo corriendo lo más rápido que puedo. Sentir el aire golpear mi cara me tranquiliza y me hace sentir viva. De cierta manera, todas las emociones negativas se liberan, lo que llena mi cuerpo de paz y tranquilidad.
No dejo de pensar en lo creativos que son las personas como para tener ese tipo de ocurrencias. Tal vez no tienen mala intención, pero no puedo evitar molestarme por lo que dicen.
Al cabo de unos minutos, miro a lo lejos a la señora de hace unos minutos. Voy caminando a paso rápido para que no note mi presencia, y cuando creo estar haciendo bien mi trabajo. Ella gira a verme y dice:
—Creí que ya habías ido a casa. Está cerca, vamos juntas —dijo, sujetando mi muñeca.
—Espere, aún no.
—¿De qué hablas? Estás empapada —sonó preocupada—. Si sigues así, te enfermarás.
—No puedo entrar.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó con cierta preocupación, y yo me apresuré a negar varias veces.
—No ocurrió nada —intenté sonreír—. ¿Qué hacía por aquí?
—Quería asegurarme de que llegaste bien.
La miré confundida, no sabía a qué venía lo que dijo. Hace una hora había dicho que estaba muerta, y ahora se está preocupando por mí, ¿qué tanta pena doy? ¿Qué tan lamentable me veo?
—Lo que dijo...
Ella se detuvo y dijo:
—Es esta tu casa, ¿verdad?
En efecto. Esa era la casa de mi padre, solo que estaba remodelada. No pasó ni una semana de mi ausencia para que todo cambiara.
—¡Señor Bonner! Un gusto, soy la señora Paltrow —camino hacia él mientras lo saludaba con la mano—. Me encontré con su hija, es muy linda.
No podía quedarme quieta sin hacer nada, algo debía hacer. Sobé mis sienes y emprendí mi camino hacia mi padre. Rezaba para que no me echara en frente de la señora con apellido raro o aún peor, que finja no conocerme. Estaba a unos cuantos pasos cuando mi padre habló.
—¿Crees que puedes llegar a la hora que quieras? —me miró molesto—. Por Dios, Jena, solo eres una niña y haces lo que se te dé la gana. Esto no es un hotel, aquí hay horarios que debes respetar, quieras o no. ¿Entendiste?
Probablemente no haya dicho nada sobre que me botó de la casa, pero estoy casi segura que con su mirada sí lo hizo. Está claro que le molesta verme, pero yo siento alivio al saber que hoy no dormiré en la calle, sino, en una cama.
Por lo que me limité a decir:
—Sí, papá.
A partir de hoy, debo asegurarme de ser alguien que enorgullezca a mi padre para no recibir un mal trato de él. Cumpliré mi deber como hija y no volveré a causar más problemas en la calle o en la escuela. Si es que me matriculan en uno.
—Entonces, yo me iré —dijo la señora Paltrow y salió junto a mi papá al mercado.
Mi madrastra aparece de la nada y me mira con una sonrisa. ¿Me extrañaba?
—Jena, mañana mismo te vas. Prepara tus cosas, no quiero verte cuando despierte —dijo aun sonriendo, cerrando la puerta detrás de ella.
Mi boca estaba entreabierta, no sabía qué decir, mi mente se quedó en blanco y mi voz no podía salir. La miraba anonadada, pero sobre todo enojada. ¿Quién se cree? No había entrado a la casa, pero ya me estaba echando. Había soportado todo esto desde hace mucho, pero ya fue suficiente.
Entré rápido a la casa y me dirigí hacia ella—. Usted no puede echarme, esta también es mi casa.
—Era tuya —sonrió ampliamente—. Desde ayer que no vives aquí.
Eso me molesta y aprieto mis puños a los costados.
No puedo controlar la rabia que siento en mi cuerpo, no quiero irme, su manera de hablarme me hace querer cometer una locura. De la cual, estoy segura que me arrepentiré cuando esté calmada.
—No olvides que mañana debes irte de esta casa —me mira con superioridad y se marcha con su bebé en brazos.
Fui a mi habitación y me acosté, metiéndome debajo de las sábanas. No pienso empacar nada, sólo me llevaré las cosas de mi madre y me iré. A partir de hoy, no quiero nada que me recuerde a mi padre, quedó claro que yo no le importo en lo absoluto. Y, aunque me cueste admitirlo, debo aprender a vivir con eso.
Esta vez no siento ganas de llorar, sigo molesta y me incomoda estar aquí. Me muevo tanto en la cama, hasta que encuentro un lado cómodo y me quedo dormida.