Capítulo 2
Bajaron los coches de los aviones privados y seguimos nuestro rumbo a Brooklyn ya estando en Nueva York. Cameron y yo seguimos el camino de los demás hasta llegar a la casona donde Dixon y Melanya daban su primer sí.
Todo era de color blanco, la entrada era un gran arco de rosas blancas. Había mesas por todo el campo y luces amarillentas acompañando como un momento íntimo. Pise la alfombra roja y de repente se llenaron de fotógrafos a mi alrededor.
Cameron y yo posamos para las fotos, Dana y Lucian los evitaron por seguridad de Rosé. Mi madre se apoderó de ellos, ella había sido cara de Vanity Fair durante tres años por su compañía familiar de moda. Así que su rostro era muy buscado para las fotos.
Entramos y nos dieron la bienvenida los padres de Melanya.
Fiorella y Gaspar, dos empresarios con mucho dinero en mano. Gaspar era un contador y abogado millonario del Wall Street, y Fiorella una de las empresarias más ricas del país. Dixon no tenía suegros pobres, sino más bien una buena reputación como para trabajar de un simple chófer. Había optado a Melanya, una artista que pasó de ser nadie a ser una de las manos buscadas para estar en grandes museos de arte de los Estados Unidos.
Dixon lo tenía todo. Suegros ricos, una novia talentosa. Y un secreto muy sucio conmigo.
Nuestra mesa decía Familia Brown. Me senté esperando algo de beber, pero nadie aparecía ofreciendo champagne ni una copa de gin tonic. Dana se sentó a mi lado luego de dejar a Rosé jugar con Cameron y Lucian a unos metros de nosotras.
Mi madre se paseaba saludando a medio mundo, en especial a los padres de Melanya. La madre de Melanya y mi madre no se llevaban nada bien. Hace muchos años hubo rumores de que mi madre y el padre de Melanya tuvieron un romance a las espaldas de Fiorella cuando apenas ellos llevaban meses de relación. Y por supuesto, Fiorella dominaba las pasarelas y la moda antes de convertirse en empresaria.
Entonces me di cuenta de que he salido igual de maldita que mi madre.
Dana me tocó la mano de repente.
—Hay rumores que en la cocina esconden el champagne, yo que tú iría a buscar uno o dos. He dejado la lactancia de Rosé hace ya dos años, creo que es hora de que Lucian me cargué en vez de a Rosé… —la miré riéndome, nos levantamos y fuimos a la casona donde estaba la entrada de la cocina.
Un chef muy reconocido nos dio la bienvenida y no pudo dejar de verme el vestido. Ni el escote, ni las piernas, como la mayoría de la gente allí. Una de las meseras se sacó una selfie conmigo, me seguía en redes desde ya hace tiempo.
Tomamos dos botellas de champagne, Dana se encargó de llevarla más dos copas en las que íbamos a tomar. Si queríamos buena noche, íbamos a comenzar desde temprano. Recorrimos el pasillo elegante y de mármol, pasamos por las habitaciones de los novios y pude ver el nombre de Melanya en una de las puertas. Se escuchaban risas.
La de Dixon estaba al frente, y estaba abierta, pero nadie adentro.
Le dije a Dana que llevara todo a la mesa, ella entendió lo que quería hacer apenas vio el nombre del vestidor de Dixon al frente de nuestros ojos. No tuvo problema, tomó todo y se fue por el pasillo donde entramos.
Caminé lentamente hasta llegar a una habitación donde guardaban todos los regalos de los novios. Había de todo, créeme, hasta un lavavajillas.
Vi a Dixon sentado tomando un vaso de vino, toqué la puerta que a pesar de que estaba abierta no pude contenerme en hacerlo. Él alzó la vista me miró de pies a cabeza. Sonrió de lado, realmente me perdió por completo.
Me senté a su lado y tomé una copa para servirme vino.
Dixon me lo impidió.
—Te ves hermosa, malditamente hermosa —me dijo muy cerca de mi rostro, me tocó el muslo sin ninguna otra intención y se acercó rápidamente a besarme el cuello. Pero mi impulso fue primero, puse una mano en su pecho y lo alejé de mí inmediatamente—. ¿Qué ocurre, Atenea? ¿Tienes miedo de que te haga algo el día de mi boda?
No era eso, era que yo también quería dejar de quererlo demasiado.
—Exacto, es el día de tu boda, Debes estar sobrio, Melanya debe de estar muy hermosa seguro. ¿Y tú que haces aquí? —Tomé la botella y se la alejé de él.
—Esperándote, no te vi llegar. Por eso vine a encerrarme.
Algo me dio escalofríos en el cuerpo.
—Aquí estoy… Aquí me tienes… —cerré mis ojos cuando él volvió a tocarme, me tocó el cuello y luego su pulgar acarició mi labio inferior quitando un poco del labial—. Dixon… Ya no podemos seguir esto, lo sabes. Y Melanya debe estar esperándote.
—Que esa perra espere lo que tenga que esperar, yo quiero follarme a mi chica.
Se acercó a mi rápidamente hasta rodearme por completo, besándome los hombros y el cuello. Lo alejé del impulso violento que tuve, empujándolo fuertemente para levantarme y salir corriendo por el pasillo. El primer baño de mujeres que encontré me encerré, en uno de los cubículos. Y me puse a llorar.
Superar a Dixon iba a ser imposible, a primera vista.
Grité fuertemente golpeando los cubículos. En ese momento saqué el teléfono de mi pequeño bolso que había llevado y llamé a Maia. Su tono sonó tres veces hasta que atendió.
—¿Atenea? ¿Qué sucedió?
—Cuando llegue a Vancouver, ¿puedes pasar por mí? Necesito una noche de chicas, no quiero volver a casa… Déjame ir a tu departamento.
—Atenea, sabes que no puedo, además sabes que…
—Cambié tus horarios para que tuvieras día libre hoy, tu madre se quedará en la mansión por esta noche. Necesito estar contigo, necesito poder estar en paz. Por favor, amiga, hazlo por mí. No quiero volver a deprimirme.
Maia se quedó en silencio.
—Niña lista…, está bien. Pasaré por ti en cuanto regreses, solamente avísame. Y por favor, que te traiga Cameron así me aseguro de que llegues viva.
Le di las gracias y colgué el teléfono.
Odiaba el hecho de que tuviera que acudir a Maia para poder salir de mi tristeza. Nos conocíamos desde los seis años, misma edad. Su madre era la sirvienta de mis padres cuando apenas yo era una niña, dejaban que Maia viniera a la casa para que yo pudiera sociabilizar con alguien.
Cuando cumplimos los quince años, nos escapamos a la casa de huéspedes y robamos un vino de la bodega de mi padre. Nos lo tomamos todo hasta quedar borrachas, y prometimos ser mejores amigas hasta que tuviéramos el cabello blanco. Incluso nos dimos un beso de promesa, algo que jamás olvidaremos.
Nuestra amistad era algo que mi madre no aprobaba. Y la madre de Maia al principio tampoco, porque no quería tener problemas con mi padre o madre. Aunque tiempo después pude conquistar su corazón de igual forma.
Maia era una gran artista visual, pintaba como los dioses, y quería haber estudiado en la universidad de Arte de Nueva York. Pero su madre y la doctrina que llevaban sobre el trabajo primero antes que los sueños era algo que me dolía profundamente. Maia se había criado sin su padre, él estaba en prisión por asesinato y también las habían abandonado cuando vivían en Argentina. Mi padre las conoció allá en su viaje de negocios, y las adoptó a la familia. Se mudaron a Vancouver cuando Maia tenía 6 años, y con todo lo que han ganado con su madre se han podido pagar uno de los mejores departamentos del centro. Su vida había cambiado para siempre.
Acomodé mi ropa y salí del cubículo, en ese momento en que salí vi a la madre de Melanya lavándose las manos mientras que también acomodaba su maquillaje.
Me paré a su lado y lavé mis manos igual, se notaba lo mucho que había llorado.
—Me alegra que no hayas salido igual de ridícula que tu madre —dijo de repente, la miré con el ceño fruncido—. No te lo tomes a mal, tu madre siempre ha sido así de… Irrespetuosa, aún hay pobreza en su linaje griego. O no sé, dímelo tú que la conoces mejor. Ahora que es rica y poderosa, se ha olvidado quien le ha enseñado a caminar en esos tacones altos de Gucci.
Quise decir algo, pero Fiorella me dejó con la palabra en la boca.
Se largó al segundo que escuché la música de entrada de la novia al segundo de salir del baño para contraatacarla con algo buenísimo que tenía en mente. Pero vi a Melanya venir por pasillo, su vestido era precioso. Tan delicado, tan preciosa como ella. Su sonrisa espléndida, tan ella y tan hermosa como todo lo que tenía puesto. Una de sus damas de honor llevaba las rosas, cuando pasaron por mi lado es como si no existiese.
Fiorella pasó de nuevo y me sonrió falsamente.
Regresé al patio y vi que Dana ya se había bajado una botella sola. Me senté con ella en las bancas del pasillo donde Melanya iba a caminar hacía el altar. Y vi a Dixon listo esperándola.
Siempre he pensado en la mala relación de Dixon con su padre. Su madre había fallecido cuando él tenía apenas diez años. Él y su padre no se hablaban hace ya muchos años. Los padres de Melanya odiaban que Dixon trabajara como chófer, pero su padre lo había sido por mucho tiempo y hasta había trabajado para el presidente de Italia. Entonces Dixon, aunque no era casi nada rencoroso, quiso serlo también. Ahora estaba aceptando un trato con Gaspar para trabajar en Wall Street, y poder vivir del arte junto a Melanya.
Sonó la música y Melanya se cruzó ante sus ojos como un rayo de luz. Dana me susurró al oído que el vestido de Melanya es una mala imitación del vestido de mi madre cuando se casó con mi padre. Tenía razón, era una mala imitación.
Los ojos de Dixon brillaron cuando la vieron a ella.
Y se apagaron cuando se encontraron con los míos.
En ese momento también me crucé con la mirada de Fiorella.
No sé por qué en el fondo sentí que Fiorella sabía de algo, de algo muy grande.
Pero bueno, siempre he sido una sin vergüenza. Tomé la botella de vino que llevaba entre mis piernas y le di un largo sorbo para luego mirar a mi madre por mi hazaña en la bebida. Y luego miré todo el espectáculo.
Ya quería irme de ese maldito lugar.
Capítulo 3
Todos estaban bailando muy alegremente mientras yo había dejado de beber para concentrarme en lo lindo que ellos dos se veían. Dana y Lucian bailaban con Rosé, mientras que Cameron había logrado sacar a mi madre a bailar junto a Aryan. Me separé del resto y robé un champagne rosado para servirme en una copa.
—Sírveme a mí también —dijo alguien detrás de mí, cuando me giré vi a mi padre con un traje de color azul marino muy elegante—. Acabo de llegar y esto se ve aburrido. Excepto tu madre bailando Mamma Mia.
Sonreí apenas escuché su voz y le serví completamente su copa.
Bebimos mientras vimos la fiesta prenderse cada vez más.
—¿Qué tal la reunión? —pregunté sin saber que más decir.
—Cansador… —respondió, se veía bastante harto de todo—. Decidí venir no por Dixon, ni tu madre. Aryan no dejaba de mencionarme lo divertido que podía ser dejar los negocios de la familia por esto. No se equivoca, pero la fiesta es algo aburrida sin lo divertido. ¿Quién crees que se emborrache primero?
Los miré a todos y no vi a nadie tan borracho como parecía.
—Probablemente yo lo haga… —dije sin más, mi padre me miró de mala gana—. Es broma, papá. No volveré a casa, me quedaré con Maia. ¿Será qué puedes no mencionarle nada a Rebeca?
—Por supuesto, no te preocupes por ello.
Amaba a mi padre por siempre ser tan bueno conmigo.
Se alejó de mí cuando la tía Aryan lo llamó a bailar. En ese momento cambiaron a la canción How Deep Is Your Love de Bee Gees; mi padre bailó con mi madre en ese momento como si volvieran a conocerse.
Me alejé de todo y volví a la casona. Me metí en un salón repleta de mesas y luces, donde también vibraba la música de la fiesta de afuera. La sala estaba llena de espejos, y de muchas luces de color violeta. Tomé una copa y me serví más champagne rosado.
—¿Qué haces aquí? No puedes estar en esta sala, está cerrada.
Dixon me había seguido. Buscaba la revancha de poder cogerme de nuevo.
—Deja de fingir que la amas y eres feliz con ella. Sé que la odias, odias el arte y la economía. Has dicho siempre que eso es cosa de ambiciosos. —No pude retenerme y le tiré todo lo que quería desde ya hace tiempo.
Él se río por lo bajo.
—Eres tóxica, Atenea, me intoxiqué contigo hasta que el punto en que no puedo desintoxicarme. No podré olvidarme de ti jamás, tengo que amar a Melanya para dejar toda esta mierda atrás. Estoy harto de seguir persiguiendo tu demonio.
—¿Usas a Melanya para olvidarme? Qué gran mierda eres, Dixon. Jamás pensé que esto tenía que terminar en que tuvieras que casarte con otra mujer. ¿Te has olvidado de las promesas que me hiciste cuando follábamos?
Dixon se agarró la cabeza fuertemente.
—¡Lo sé! ¡Sé que lo prometí! Pero no puedo cumplir esas promesas, porque no puedo seguir creyendo que eres la mujer de mis sueños. ¿Entiendes? ¿Entiendes como me siento? Atenea, te amé en algún momento, pero dejé de hacerlo. Cuando conocí a Melanya creí que sería todo mejor para mí. Podría olvidarme, olvidarme de todo lo que habíamos vivido juntos. Odio la razón de amarte y no poder estar contigo, ahora tu padre me odia por el hecho que pasé por arriba. No hay vuelta atrás.
Quería romperle la cara. Había tantas ganas de hacerlo.
—Te amo —dije sin más—, pero quiero dejar de hacerlo. Me he sentido una niña aún, cuando estoy contigo y delante de ti. Esta mañana pensaba en todo esto, en mi vestido y mi cuerpo. He pensado en cómo me cogías, lo fuerte que me tomabas para dejarme todo tu veneno en mí. ¿Para qué? Para nada. Eres una mierda, Dixon.
No supo que más decir, pero aquello no terminaría allí.
—No te pedí que me amaras. ¡Me enredaste a todo esto! Eras una niña maldita desde que tengo uso de razón. Me usaste y sedujiste de la manera que querías. Me envolviste en esto y ahora no sé cómo desenvolverme. Quiero a Melanya, y cuando estoy con ella pienso en ti. ¿Crees que puedo decirle al mundo lo que teníamos y arrebatarte para ser felices? Ya no quiero eso, no te quiero. Comencé a odiar follar contigo, aunque las ganas me consumían. Comencé a odiarte, y a no quererte entre sabanas. Pero siempre has sido tan inevitable. Sacas lo peor de mí. Me has hecho mierda por dentro y es algo que jamás te perdonaré. Eres una maldita zorra.
Abofeteé su cara cuando dijo eso último.
—Te di mi virginidad, mi cuerpo lleno de pudor y mis ganas de vivir la vida, te llevaste todo lo que yo tenía para ahora tratarme de toda esta mierda. Te mereces todo lo que tienes Dixon, y algún día volverás a pedirme perdón, y…
—¡Jamás volveré a la mierda que teníamos! ¡Te odio, Atenea!, ¡Te odio! Lárgate de mi vida, vete de mi corazón. No te quiero, entiéndelo: Ya no te quiero.
Me alejé de su mirada desconcertada. Rompió uno de los espejos con la fuerza de su puño y en el momento que salí de la sala, me topé con Melanya que buscaba a Dixon. Él había venido detrás de mí, y el rostro de ella se volvió sombrío.
Dixon tenía su mano lastimada y llena de sangre.
Cuando salí al patio, mi padre estaba hablando con Gaspar y algunos socios. En ese momento, un mesero y yo tropezamos y su bandeja llena de bocadillos se cayó sobre mi vestido negro dejándolo repleto de salsa blanca.
—Lo siento mucho, no quise hacerlo —él me levantó cuidadosamente y en ese momento mi padre vino a ayudarme tanto a mí como a él—. Señor Brown, no fue mi intención tropezar con su hija, lo lamento mucho.
—No te preocupes, Armin. —El chico se levantó y nuevamente pidió disculpas—. ¿Este es tu último día? —Armin asintió y luego se retiró.
Traté de limpiar el desastre de mi vestido, pero era imposible sacar la mancha blanca.
—Ese chico fue mi chófer durante unos meses, es muy cuidadoso y respetuoso. Armin vino a los Estados Unidos desde Alemania para ayudar a su madre y a su hermana, en especial pagar la universidad de su hermana, Ambos viven en el bajo Vancouver, no tienen mucho dinero que digamos… Su padre falleció hace años, y no pudieron recibir su herencia… Pobre chico, es realmente un pobre chico… —Gaspar lo mencionó entre risas, pero eso no le gustó nada a mi padre.
—Bueno, eso no debería ser motivo para burlarse de él… ¿no es así? —Dijo mi padre, Gaspar dejó las risas de lado y lo miró fijamente—. Pásame su contacto, estoy necesitando de un chofer próximamente.
Me miró con una sonrisa y yo solo quería que la tierra me tragase.
Me despedí de ellos cuando todo ya me había hartado, salí corriendo con mis tacones de punta alta sin antes oír a aquel Armin pedirme disculpas nuevamente.
Lo último que vi fue a Melanya, ella y yo cruzamos miradas. Una mirada que no fue para nada linda, ni tampoco satisfactoria. Luego me ignoró dándome la espalda. Tomé las llaves del Audi de Cameron y salí de la casona para alejarme del resto de ese mundo.
Odiaba las riquezas de mi familia, me había tocado vivir con ella porque no había otra opción. Mi vida era la moda, Nueva York, poder vivir sola y ser solamente yo.
Cuando llegué al aeropuerto, no di autorización de mi padre a que me llevasen, unos billetes siempre arreglan todo. Me subí y me quité los zapatos, el Audi lo había dejado en el aeropuerto, había pedido que se lo devolvieran a Cameron.
Le envié un mensaje a Maia de inmediato, prometió esperarme en el aeropuerto. Cerré mis ojos y caí rendida en el avión. Lo que más quería era escapar de aquel mundo lleno de lujos, los lujos me habían traído tantos problemas y uno de ellos era el amor. El amor tóxico que Dixon me había dado para probar.
Maldito veneno.
Maldito Dixon.
( * * * )
Maia me había prestado una de sus camisetas de Pink Floyd, y nos sentamos a comer hamburguesas con cerveza en su sala de estar. Ella estaba muy callada, no llevaba su ropa de trabajo y se me hacía raro no verla con eso.
Nos quedamos en silencio disfrutando de aquello, mientras que veíamos Diario de Una Pasión en la televisión. Maia me contaba sobre que ya no soportaba seguir en secreto con Cameron, y quería cumplir su sueño de ir a estudiar a Nueva York.
—Estuve pensando que… —dije de repente—. Tú quieres libertad, yo también la quiero… ¿Por qué no nos vamos juntas a Nueva York a cumplirlo? Digo… Puede ser un buen comienzo, alquilamos un lindo departamento cerca de la Gran Manzana y…
—Sabes que apenas puedo pagarme una remera de Pink Floyd —respondió entre risas interrumpiéndome—. Broma, tonta. Lo he pensado, pero a tu padre no le gustará nada la idea. Además, ya no tienes un chófer ni un guardaespaldas como lo era Dixon.
Rodeé los ojos y tomé otro sorbo de cerveza.
—Solamente consigue uno y ya, le planteó la idea. Además, aceptará si se trata de ti, porque te quiere mucho y te considera una hija del corazón. No creo que las creencias japonesas de tu madre vayan a ser un problema, ¿no es así?
Maia se río fuertemente de repente.
—Soy coreana, Atenea, no japonesa. Te lo dije cuando te conocí… —no pude aguantar reírme a su par. Había creído toda la vida otra cosa que no era—. Pero, no importa eso. Y bueno, ya sabes como es mi madre. Sí, sus creencias japonesas son algo como una doctrina. Y sabes que odio el té negro.
Me acosté en su hombro y suspiré, ella me abrazó y me besó la frente.
—Solamente quiero ser libre, y liberarme de toda esta presión.
—Y de Dixon… —agregó.
—Sí, quiero olvidarme de él…
Terminé mi hamburguesa y me acosté en el sofá que Maia me había preparado para mí. Ella durmió a mi lado en una cama en el piso, nos quedamos viendo el paisaje estrellado y las luces resplandecientes de Vancouver.
Cada una con un cigarrillo de menta en la mano.
Le di una calada al cigarro antes de terminarlo y respiré profundo mientras que dejaba que me ardiera el pecho. Estaba tan intoxicada del amor violento de Dixon que un cigarrillo me hacía demasiado bien como también me dejaba ardiendo por dentro. Todo había terminado, quizás por el momento.
Estiré mi mano y su mano se unió a la mía, Maia era como el hogar que jamás había tenido. Pero también me dolía el pecho de que ambas no pudiéramos seguir nuestros sueños como más deseábamos desde niñas.
Cerré mis ojos y me dejé llevar por el ritmo de la ciudad.