Capítulo 3
El bajo de la música en el Soho House hacía vibrar el suelo, pero en la terraza privada, el aire estaba pesado por el humo de los puros y la arrogancia.
Cincel estaba sentado en un sillón de cuero con un vaso de whisky en la mano. Apenas era mediodía, pero no había dormido nada.
Marea se dejó caer en el sillón de enfrente. Se veía impecable, con un traje de lino que costaba más que el auto de la mayoría de la gente. Agitó su trago, mirando el aspecto desaliñado de Cincel.
-Dicen las malas lenguas que el pajarito voló del nido -dijo Marea con tono burlón-. ¿De verdad Alhaja te dejó?
Cincel gruñó.
-Está haciendo un berrinche. Solo intenta avergonzarme frente a Sierra.
-¿Empacó sus cosas?
-Una maleta de gimnasio -se mofó Cincel-. Se llevó unas playeras. Ni siquiera se llevó sus joyas. Por eso sé que está mintiendo. Probablemente está en algún motel de mala muerte en Queens, llorando y esperando a que la llame.
Cincel azotó las llaves de su auto sobre la mesa.
-Te apuesto diez mil dólares -dijo Cincel, lo suficientemente fuerte para que lo oyeran en la mesa de al lado-. Tres días. En tres días estará de vuelta, rogándome que le pague la tarjeta de crédito.
Marea levantó una ceja. Miró a Cincel fijamente.
-¿Y si no vuelve?
-Lo hará -sentenció Cincel-. No puede sobrevivir sin mí. Esa mujer no sabe ni cómo ponerle gasolina a un coche.
El grupo de juniors de la mesa de al lado se rio.
-¿Alhaja? -dijo uno de ellos-. ¿La que arregla flores? Sí, está acabada.
Marea no se rio. Le dio un trago a su bebida.
-No lo sé, Cincel. Se veía... diferente últimamente.
Cincel hizo un gesto de desdén con la mano.
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A ocho kilómetros de ahí, las puertas del elevador se abrieron directamente en el penthouse del edificio Denario.
El departamento era una fortaleza de cristal y concreto. Minimalista, frío y estúpidamente caro. Había pertenecido a su tío, o mejor dicho, al hombre que fingió ser su tío para ocultar su identidad mientras ella estudiaba en el MIT. Se lo había dejado en un fideicomiso que los abogados de Cincel no podían tocar ni en sueños.
Alhaja entró.
-Bienvenida a casa, Solaris -dijo una voz femenina sintetizada desde las paredes. Las luces se ajustaron automáticamente a un tono ámbar suave.
Alhaja dejó caer la maleta de lona en un sofá de cuero italiano que costaba cuarenta mil dólares. No lo trató como una pieza de museo. Se desplomó en él, hundiendo la cara en los cojines.
Su celular vibró.
Era un número desconocido. Un archivo de video.
Le dio play.
En la pantalla apareció Cincel en el Soho House, grabado desde un ángulo discreto. El audio era nítido.
"Es solo un parásito. Volverá cuando tenga hambre".
Alhaja observó el rostro de Cincel. El desprecio. La absoluta certeza de que ella no era nada.
No sabía quién se lo había mandado. Había sido Marea, sentado frente a Cincel, con el teléfono escondido bajo la mesa, solo por el gusto de armar lío.
Alhaja no lloró. No aventó el celular.
Le dio a Eliminar.
Se sentó y abrió su laptop vieja y estorbosa.
La pantalla cobró vida. Líneas de código verde empezaron a caer por la terminal negra. Sus dedos volaban sobre el teclado. No era el tecleo torpe de una asistente. Era la velocidad de una virtuosa.
Escribió un comando: "CONNECT REMOTE PORT: STOKES_GLOBAL_EXT".
Apareció un mensaje: "ACCESO CONCEDIDO".
Abrió una aplicación de mensajería segura.
Para: Umbral.
Mensaje: Estoy fuera. Necesito acceso al laboratorio.
La respuesta llegó tres segundos después.
De: Umbral.
Mensaje: Por fin. El laboratorio es tuyo. El código de la puerta siguen siendo los primeros 6 dígitos de Pi.
Alhaja cerró la laptop. Se levantó y fue al baño principal.
El espejo iba del piso al techo. Se miró el cabello. Lo tenía largo, peinado con esas ondas suaves que a Cincel le gustaban. Él decía que la hacían ver "femenina".
Abrió un cajón y sacó unas tijeras de peluquería.
Agarró un mechón grueso.
¡Zas!
El mechón cayó al lavabo.
No se detuvo. Cortó con movimientos bruscos, llenos de rabia. Trozos de cabello castaño caían como hojas muertas. Cuando terminó, el pelo le llegaba apenas arriba de los hombros. Estaba desigual, picudo, agresivo.
Se veía feroz.
En el Soho House, Cincel se reía con el brazo rodeando la cintura de Sierra. Sierra lo miraba con ojos de adoración fingida.
-¿Estará bien? -preguntó Sierra con una voz que destilaba falsa preocupación-. ¿Debería llamarla? Me siento fatal.
-Ni se te ocurra -dijo Cincel-. Que sufra. Es la única forma en que va a aprender.
En la esquina, Marea revisó su celular. El mensaje aparecía como leído. Sin respuesta.
Normalmente, Alhaja ya estaría bombardeando el teléfono de Cincel. O llamando a Marea para preguntar si Cincel estaba bien.
Silencio total.
Marea frunció el ceño. Le dio un sorbo a su trago.
-Interesante -murmuró.
En el penthouse, Alhaja se acostó en la cama. No necesitó pastillas para dormir. Por primera vez en tres años, el silencio no se sentía solitario. Se sentía pacífico.