Capítulo 3
A la mañana siguiente, me aseguré de que Laura, mi asistente personal, estuviera presente cuando llegó Camila. Laura, la sobrina de la antigua niñera de Camila, siempre leal a ella en secreto. En mi vida pasada, fue Laura quien me trajo los "suplementos vitamínicos" que debilitaron mi embarazo.
La vi entrar en la sala, con su sonrisa servil y sus ojos llenos de una ambición mal disimulada.
"Señora Sofía, la señorita Camila ha llegado".
"Hazla pasar, Laura. Y quédate, por favor. Esto también te concierne".
Laura pareció sorprendida, pero asintió obedientemente.
Camila entró como una ráfaga de aire fresco y perfume caro, abrazándome como si fuéramos las hermanas más unidas del mundo.
"¡Hermanita! ¡Qué gusto verte! ¿Cuál es esa idea tan maravillosa?".
Alejandro bajó las escaleras en ese momento, uniéndose a nosotras. El cuadro era perfecto, los tres traidores reunidos por mi propia mano.
"Bueno", comencé, tomando un sorbo de té y mirando directamente a Alejandro. "Estaba pensando. La línea de ropa urbana, 'Aura' , está creciendo muy rápido, y tú estás abrumado de trabajo, mi amor".
"Es cierto, el trabajo es una locura", admitió él, sentándose a mi lado y poniendo una mano posesiva en mi rodilla.
"Y Camila", continué, girándome hacia mi hermanastra, "tú tienes un ojo increíble para las tendencias y una gran influencia en las redes. Creo que serías la embajadora perfecta para la marca".
La cara de Camila se iluminó. Era exactamente lo que ella siempre había querido: una posición de poder dentro de la empresa de Alejandro, un pie en la puerta de su vida.
"Pero no solo eso", añadí, dando el golpe de gracia. "Necesitarás una asistente de confianza, alguien que conozca la empresa y sea eficiente. Y he pensado que no hay nadie mejor que Laura".
El silencio cayó en la habitación. Laura me miró con los ojos como platos, incrédula. Alejandro frunció el ceño, confundido por mi repentina generosidad. Camila fue la primera en recuperarse, su mente calculadora trabajando a toda velocidad.
"Sofía, pero... Laura es tu asistente. Es indispensable para ti", dijo Camila, fingiendo preocupación.
"Ahora que estoy esperando un bebé", dije, tocándome el vientre sutilmente, "necesito bajar el ritmo. Laura estaría desperdiciada conmigo. Su talento debería estar donde más se necesita, ayudando a que el negocio familiar crezca".
Recordé con una claridad dolorosa cómo Laura, siguiendo las órdenes de Camila, me había traído un té con hierbas abortivas, diciendo que era para "calmar los nervios del embarazo". Recuerdo el dolor, la sangre, y la sonrisa satisfecha de Laura cuando me vio derrumbarme.
No, no la quería cerca de mí. La quería cerca de ellos. Donde pudiera verla, controlarla y, finalmente, usarla.
"Pero, mi amor, ¿estás segura?", preguntó Alejandro, todavía escéptico. "Laura te conoce muy bien, sabe tus rutinas".
"Precisamente", respondí con una sonrisa dulce. "Y ahora es momento de que conozca las tuyas y las de Camila. Será un equipo perfecto. Una influencer de moda y su asistente estrella, trabajando para llevar Aura al siguiente nivel. ¿No te parece una idea brillante, Alejandro?".
Mi lógica era impecable. Presenté la idea como un movimiento de negocios inteligente y un sacrificio personal por el bien de la familia y la empresa. No podían negarse.
Camila se levantó y me abrazó de nuevo, esta vez con una euforia genuina.
"¡Hermanita, eres la mejor! ¡No sé cómo agradecerte! ¡Laura y yo haremos un trabajo increíble, te lo prometo!".
Laura, todavía en shock, solo atinó a decir: "Gracias, señora Sofía. Yo... no la decepcionaré".
Oh, lo sé, pensé. Sé exactamente lo que harás.
Más tarde ese día, recibí una llamada de mi madre, Doña Elena.
"Sofía, hija. Camila me contó lo que hiciste por ella y por Laura. Qué gesto tan noble. Demuestra que por fin estás madurando y pensando en la familia".
Su tono condescendiente, el favoritismo por Camila goteando en cada palabra, ya no me dolía. Solo alimentaba mi resolución.
"Solo hago lo que es mejor para la empresa de mi esposo, mamá", respondí con frialdad.
"Claro, claro. Cuídate mucho ese embarazo", dijo, y colgó.
Sabía que mi madre y Camila ya estarían celebrando, viéndome como una tonta útil que les había entregado las llaves del reino.
Que lo disfrutaran. Había colocado a la serpiente en el nido de la víbora. Ahora solo tenía que sentarme y esperar a que el veneno comenzara a hacer efecto.