Capítulo 3
La figura alta y esbelta de Mitchel se fue acercando a Raegan. Sin embargo, pasó de largo sin pronunciar palabra.
Resultaba imposible discernir si la había visto o simplemente la ignoraba.
En cualquier caso, ella reconoció a la mujer que llevaba en brazos: era la misma que aparecía en las fotografías con él el día anterior.
Lauren.
Los pies de Raegan parecían de plomo mientras se alejaba.
Perdió toda noción de lo que la rodeaba. Subió a un taxi, sumida en sus pensamientos, hasta que el conductor la sacó de su ensimismamiento: "Señora, ¿a dónde la llevo?"
La pregunta la sobresaltó.
No deseaba regresar a Villa Serenitys. Era solo cuestión de tiempo que aquel lugar dejara de ser su hogar.
Tras una pausa, respondió: "Por favor, lléveme a Bahía de Cristal."
Había adquirido un apartamento allí después de casarse con Mitchel.
Por entonces, albergaba la esperanza de traer a su abuela a la ciudad, así que lo compró a través de una hipoteca. No era muy amplio, pero tenía espacio más que suficiente para dos.
Mitchel nunca entendió su deseo de tener una propiedad propia. Incluso se ofreció a regalarle una más grande, pero ella rechazó la oferta.
Ahora, al recordarlo, cayó en la cuenta de que aquella compra había sido la única decisión sensata que tomó en los últimos dos años.
Al llegar al complejo residencial, se sentó sola en el parque, intentando serenarse.
Las evocaciones de esos dos años le resultaron agridulces.
El tiempo había volado, aunque sumaban más de setecientos días y noches.
Dicen que el amor mueve montañas, pero el suyo no logró conmover a aquel hombre de piedra. Por fin comprendió la magnitud de su propia necedad. Se había convertido en el hazmerreír de todos.
Ya era muy tarde cuando finalmente decidió dirigirse a su apartamento.
Nada más salir del ascensor, lo vio allí: Mitchel, de pie frente a la puerta.
Llevaba las mangas remangadas con desenfado y los botones superiores de la camisa desabrochados, lo que dejaba al descubierto su cuello esbelto y un trozo de la clavícula. Apoyado contra la pared junto al marco de la puerta, su atractivo semblante mostraba una expresión seria.
Raegan se quedó paralizada.
¿Qué hacía él allí? ¿No lo había visto en el hospital con Lauren? ¿Qué lo traía hasta ese lugar?
Sus miradas se encontraron. Con el abrigo colgado del antebrazo y una mano en el bolsillo, Mitchel la observó con los ojos entrecerrados.
"¿Por qué no contestó al teléfono?", preguntó, con un tono que delataba mal humor, como el de quien lleva demasiado tiempo sin dormir.
Raegan sacó el móvil y comprobó que, por error, lo tenía en modo silencioso.
Había cinco llamadas perdidas de Mitchel.
Era la primera vez en dos años de matrimonio.
¿La había estado buscando con tanto ahínco? ¡Sorprendente!
En el pasado, aquello la habría llenado de alegría. Cualquiera habría pensado que le tocó la lotería.
Pero en ese momento, se limitó a guardar el teléfono en el bolso, se cruzó de brazos y replicó con voz ronca: "No lo oí sonar."
Mitchel levantó la muñeca para consultar la hora en su reloj y espetó, impaciente: "Llevo dos horas buscándola."
Después de ocuparse de todo lo relacionado con Lauren, había regresado a casa para encontrarla vacía. La buscó por todas partes. Al no dar con ella, le pidió a Mateo que revisara las grabaciones de las cámaras de seguridad de todas las vías de salida de la empresa.
Así descubrió que Raegan se había dirigido a Bahía de Cristal sin decirle nada.
"La próxima vez, avíseme antes de venir aquí, ¿de acuerdo?", sugirió. "Vámonos a casa." Acto seguido, se dirigió al ascensor sin mirarla siquiera.
Su intención era regresar a Villa Serenitys.
Raegan no se movió. Se limitó a contemplar su espalda ancha, mientras una reflexión amarga se abría paso a su pesar en su mente.
La próxima vez… ¿Existiría tal futuro para ellos?
Mitchel se volvió y vio que ella no había dado un solo paso. Frunció el ceño. "¿No puede caminar? ¿Quiere que la lleve en brazos?"
La luz del pasillo iluminaba su rostro, dibujando un perfil casi perfecto.
Raegan inspiró hondo. "Divorciémonos."
"¿Qué quiere decir?", la voz de Mitchel se tornó gélida, y su hermosa facción cambió al instante.
"Deseo mudarme a mi propio hogar. Después de todo, pronto seremos dos extraños."
Forzó una sonrisa, pero el corazón le dolía como si alguien lo estuviera desgarrando poco a poco.
"¿Extraños?", Mitchel esbozó una sonrisa fría. "Raegan, ¿qué cree que es nuestra relación en este momento?"
La pregunta la dejó desconcertada por un instante.
Mitchel se lo había dejado muy claro desde el principio: aquella fachada de matrimonio era un acuerdo mutuo. No había amor. A ojos de los demás, no eran más que un superior y su subordinada.
Mitchel era uno de los solteros más codiciados de Ardlens. Muchas jóvenes suspiraban por su atención e incluso estaban dispuestas a lanzarse a sus brazos.
Su pregunta acababa de recordarle ese hecho. ¿Temía acaso que ella no lo dejara ir con facilidad? De ser así, no podía estar más equivocado…
Tras morderse el labio inferior para contener la amargura, Raegan declaró: "Lo siento, señor Dixon. Le he estado dando demasiadas vueltas. En cualquier caso, le ruego que a partir de ahora me deje en paz. No es necesario que vuelva."
Al terminar de hablar, no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos.
¿Cómo no iba a sufrir al cortar los lazos con el hombre al que había amado durante una década? Era mucho tiempo.
Por difícil que resultara, sabía que había llegado el momento de soltar.
Ya era hora de dejar de actuar como una tonta.
Por extraño que pareciera, la luz del pasillo comenzó a parpadear.
La mirada mortal que Mitchel le clavaba en ese momento creaba una atmósfera similar a la que precede al ataque en una película de terror.
Aunque comprendía que las mujeres a veces podían portarse como diablillas, tenía la sensación de que Raegan acababa de cruzar un límite.
Sus ojos brillaban como ascuas. Pero al ver el brillo de las lágrimas en los ojos de ella, la ira que ardía en su interior se apagó de inmediato. "Si esto es por lo ocurrido entre usted y Tessa, yo…", murmuró en voz baja.
"No, no tiene que ver con ella", lo interrumpió Raegan. "Señor Dixon, hágame el favor de marcharse ahora."
Entre ellos habían sucedido demasiadas cosas. Y el incidente con Tessa ni siquiera se acercaba a la más leve de ellas.
Raegan se sentía exhausta. Pasó junto a Mitchel y se disponía a abrir la puerta.
Sin embargo, a él le disgustó su terquedad.
Se aflojó la corbata con gesto irritado. Luego dio un paso al frente y le agarró la muñeca con fuerza.
"¿Vas a dejar de hacer el ridículo?"
Un segundo después, pasó un brazo por sus hombros y la atrajo hacia su pecho.
Al instante notó que ardía como si tuviera fuego bajo la piel.
"¿Tienes fiebre?"
Raegan sintió un mareo. Dejó caer la cabeza sobre su pecho, débilmente.
Aquello complicó la situación por completo.
Cuando Mitchel bajó la mirada hacia ella, pareció que iba a inclinarse y besarla en cualquier momento.
Ella tardó un momento en reaccionar. Cuando por fin cayó en la cuenta de la proximidad de sus cuerpos, apoyó las manos en su pecho e intentó separarse.
Pero antes de que pudiera escapar, Mitchel la atrajo de nuevo y la sujetó por la cintura. Con el rostro serio, preguntó en un tono grave: "¿A dónde crees que vas?"
La luz parpadeó de nuevo. De pronto, Mitchel la levantó en brazos.
Luego se dirigió hacia el ascensor.
Aturdida, Raegan preguntó en un susurro: "¿Qué estás haciendo?"
"¿Qué te parece que estoy haciendo?", replicó él. "Llevarte al hospital, por supuesto."
"¡Ni hablar!", exclamó ella, sorprendida, y pareció recuperar parte de su energía.
Existía el riesgo de perder el embarazo si la trataban sin precaución.
Aunque el bebé hubiera llegado en el momento menos oportuno, seguía siendo su pequeño. Era su deber protegerlo.
Raegan forcejeó para zafarse de sus brazos. No obstante, su firme agarre volvió inútiles todos sus esfuerzos.
"No seas tan testaruda. Estás enferma y debes ver a un médico", afirmó Mitchel con determinación.
Caminó hacia el ascensor llevándola en brazos. En ese instante, el corazón de Raegan latía con tanta fuerza que creía que iba a salírsele del pecho. Clavó las uñas en su brazo y pataleó en señal de protesta.
"¡Suéltame! ¡No quiero ir al hospital!"