Capítulo 3

Unos días después, la hostilidad alcanzó un nuevo pico.

Estaban en la biblioteca de la mansión Rossi, un espacio amplio y silencioso que solía ser el refugio de Martín.

Isabella entró como una tormenta.

"No puedo más, Martín," declaró, su voz temblando de ira contenida. "Preferiría morir antes que seguir casada contigo un día más."

Martín levantó la vista de su libro.

Sus ojos, oscuros y profundos, la estudiaron con una expresión indescifrable.

Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

"Entonces apúrate a morir, Isabella," respondió con un sarcasmo helado. "Porque yo no te daré el divorcio tan fácilmente."

Ella lo miró, sorprendida por su dureza.

Normalmente, él se encogía o desviaba la mirada.

Esta vez, había una chispa de desafío en su voz.

"Eres un monstruo," susurró ella.

"Y tú eres mi cruz," replicó él, volviendo a su libro, dando por terminada la conversación.

Isabella se sintió frustrada.

Quería una reacción, una pelea, algo que rompiera la monotonía de su desprecio mutuo.

Pero Martín se había encerrado de nuevo en su caparazón de indiferencia.

Salió de la biblioteca dando un portazo.

La vida con Martín era una tortura lenta.

Él representaba todo lo que ella odiaba: la tradición, la obligación, la falta de libertad.

Soñaba con Facundo Almada, su amor de juventud, el pintor bohemio que, según ella creía, había huido a Europa por culpa de este matrimonio arreglado.

Facundo era su escape, su fantasía de una vida diferente.

Martín escuchó el portazo.

Cerró el libro. No estaba leyendo.

Las palabras de Isabella, "preferiría morir", resonaron en su cabeza.

Él también se sentía así a veces.

Pero una promesa silenciosa lo ataba a ella, una promesa hecha a su propio corazón infantil.

Además, estaba la finca de olivos de su familia.

El dinero de los Rossi era lo único que la mantenía a flote.

Un divorcio significaría la ruina total para los Giménez.

Él cargaba con ese peso, además del peso de un amor no correspondido.

Era un talentoso guitarrista y compositor de folclore.

En secreto, bajo el seudónimo de "El Cardenal Solitario", sus canciones melancólicas eran apreciadas por un pequeño círculo de conocedores.

Nadie, y menos Isabella, sabía de esta faceta suya.

Era su único escape, su única forma de expresar el dolor y la soledad que lo consumían.

La música era su verdadera compañera en la sombra del ombú que presidía la decrépita finca de su familia.

Lee la historia completa ahora
Apoya al autor e inspíralo a crear más historias increíbles en Moboreader
Desbloquear todos los capítulos

Amor En Los Últimos 30 Días.

Capítulo 3
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo