Capítulo 3
Pasé la noche en una camilla de hospital, bajo la atenta mirada de un agente.
El análisis de sangre, por supuesto, dio negativo. Cero alcohol.
"Un falso positivo por enjuague bucal", explicó el médico con aire aburrido. "Pasa a veces."
El agente de la Guardia Civil me miró con fastidio, pero no podía hacer nada. El protocolo era el protocolo. Rellenó los papeles, me puso una multa por conducción temeraria y me dejó ir.
Eran las diez de la mañana.
Tenía una noche entera documentada, minuto a minuto.
Mientras caminaba hacia la salida del hospital, mi mente repasaba los horrores de mi vida pasada. Recordé la celda, el frío que se te metía en los huesos. Recordé las caras de decepción de mis padres, su envejecimiento prematuro por la preocupación y la ruina.
Recordé a Javier, intentando usar todas sus influencias para salvarme, solo para ser arrastrado conmigo. El dolor en sus ojos era un recuerdo que me quemaba por dentro.
Esta vez, no.
Esta vez, los protegería a todos.
Cuando el taxi me dejó en la puerta de mi casa, la vi.
Camila estaba allí, esperándome, con una expresión de falsa preocupación en el rostro.
"¡Sofía! ¡Dios mío! ¡Estaba tan preocupada! No respondías a mis mensajes, llamé a tu casa y no estabas... ¿Qué ha pasado?"
Se abalanzó sobre mí para darme un abrazo.
Un abrazo de alivio. Un abrazo de Judas.
Sentí su mano apretar mi brazo y luego rozar la manga de mi chaqueta.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Me aparté con suavidad.
"Tuve un problema con el coche, nada grave. La Guardia Civil me retuvo toda la noche para comprobar unas cosas."
Su sonrisa se tensó por una fracción de segundo.
"Oh, qué susto. Bueno, lo importante es que estás bien."
Justo en ese momento, dos coches de policía sin distintivos se detuvieron bruscamente frente al portal.
De uno de ellos bajaron dos agentes uniformados. Del otro, un hombre mayor, de aspecto imponente y rostro severo.
Señor Morales.
Camila retrocedió un paso, su cara era una máscara de sorpresa y preocupación. Una actuación perfecta.
"¿Sofía?", dijo uno de los agentes. "¿Podemos hacerle unas preguntas?"
Morales se acercó, sus ojos fijos en mí. Ojos que, yo sabía, no podían reconocerme con claridad.
"Es ella", dijo con una voz que era puro granito. "La vi en las cámaras de seguridad. Es la ladrona."
Luego, su mirada se desvió hacia la manga de mi chaqueta.
"Y ahí está la prueba. El lacre. Mi lacre especial. Nadie más lo tiene."
Señaló una pequeña mancha rojiza y cerosa en mi manga. La misma que Camila acababa de plantar.