Capítulo 2

El personal se queda examinan a Mía, mientras yo me cambiaba mi ropa húmeda.

Al regresar a la habitación en la que nos pusieron, la otra madre que estaba cuidando de su hijo pequeño, seguís mirándome con odio y no entendía cuál era su problema, después de todo, no la conocía.

—¿Cómo te llamas?

—Zoe.

—Zoe, la bebé, va a estar bien. Debemos esperar los resultados de los exámenes que se le están tomando y podrás llevártela a casa. ¿Está bien?

—Sí, gracias enfermera...

—Dime Clarisa, búscame si necesitas ayuda.

—Muchas gracias, señora Clarisa.

—Volveré luego.

Asiento con la cabeza en lugar de responderle. La enfermera Clarisa, transmitía seguridad y amor maternal. Se veía que era una mujer dulce y compasiva.

Aparentaba ser joven, pero por la manera en cómo me trataba, parecía que debía tener unos treinta y cinco a cuarenta años.

Después de que todos salieran de la habitación, me acerco a la pequeña a quien he nombrado Mía. Ella dormía tranquilamente, la habían envuelto en mantas térmicas para que su cuerpo se calentara.

Llevo mi mano hasta su rostro y toco su pequeña carita y cuando miro mi mano, estaba humedecida. Me toco el rostro y me fijo en que estaba llorando.

—Es increíble.

Levanto mi mirada y observo a la mujer que estaba a solo unos pasos. Ella me miraba con odio y eso me enfurece.

—¿Cuál es su problema?

—¿Mi problema? No sé de qué hablas niña.

—No ha dejado de mirarme con odio, no nos conocemos y yo no le he hecho nada.

—Pero que muchacha tan insolente.

—¿Insolente?

—¡Sí, insolente!

—La insolente aquí es usted. No ha dejado de mirarme con odio y desaprobación.

—Pues eso te pasa por abrir tus piernas siendo tan joven, arruinarte tu vida. ¡Ese es mi problema! Arderás en el infierno por haber sido una insensata y por dejarte llevar por el deseo carnal.

Después de que dijo esas palabras, comienzo a reírme como si estuviera loca.

—Aquí la que va a arder será otra. Debería dejar de ser una mujer ignorante. ¿Arruinar mi vida? Se equivoca, el tener un hijo a temprana edad no arruinará mi vida. Le demostraré a usted y a todo aquel que piense como usted, que está equivocado. ¡Vieja loca!

La mujer comienza a colocarse roja por la ira y en ese momento ingresa la señora Clarisa tras escuchar mi grito.

—¿Qué sucede aquí?

—Ella es una grosera y una niñita insensata.

—Aquí la grosera e insensata es usted señora. Fue usted quien no ha dejado de ser grosera desde que llegué con Mía. Si tiene problemas con que sea una madre joven, no es mi problema. Tendrá que soportar mi presencia hasta que nos den de alta.

—Tú...

—Por favor, deben calmarse. Estamos en un hospital y hay muchos niños enfermos. Señora, por favor.

—Quiero que nos cambie de habitación, ni mi hijo ni yo nos quedaremos con una pecadora y su bastarda.

Estaba a punto de lanzarme en contra de ella después de que llamará a Mía bastarda, si no fuera porque la señora Clarisa me sujeta, ya estaría esa mujer sufriendo y retorciéndose del dolor.

—Nunca he sido una persona que se retracta de sus palabras. Le demostraré a todos que puedo ser una madre responsable y salir adelante con mis estudios. Juro que algún día nos volveremos a ver y se tragará sus palabras.

—¿Tragarme mis palabras? No me hagas reír niña, jamás serás alguien. ¡Ya arruinaste tu vida!

—¡Señora!

—Enfermera tendrá que cambiarnos de habitación o haré que el señor deje de financiar este hospital.

—Juro que se tragará sus palabras algún día.

—Muchacha cálmate, no tienes idea de quién es ella. Es mejor que te calmes.

Miro a la señora Clarisa, quien me miraba un poco asustada. Lo sentía por ella, puesto a que fue ella quién me ayudó desde el principio y no me ha criticado y juzgado ni una sola vez por ser madre joven.

—No me interesa a qué familia pertenezca esta mujer, juro que se arrepentirá algún día. Señora Clarisa, agradezco su ayuda, pero es mejor que nos cambien de habitación o aquí arderá esta mujer.

—¿Arder? Pero que insolente.

—Ven conmigo, ¡ahora!

La señora Clarisa me entrega a Mía, mientras ella me sujeta de los hombros para sacarme de aquella habitación.

—Lo siento mucho, señora.

—No tienes por qué disculparte, ella...

No pude terminar de hablar, debido a que me cubrió la boca para que no siguiera hablando. La señora Clarisa me saca a rastras de la habitación para llevarme a otra.

Justo en el momento en que salimos, mi cuerpo termina chocando con un joven de cabello rubio y ojos azules. Su aura daba miedo, no suelo ser de las que asusta fácilmente, pues según mi abuela, soy una mujer salvaje. Pero este hombre me daba miedo por alguna razón.

—Lo siento.

Me disculpo y agacho mi mirada inmediatamente. Él no dice nada, simplemente se va cuando escucha que un hombre parecido a él, pero con más edad lo llama.

—Ven.

Sigo a la señora Clarisa hasta la nueva habitación en la que nos van a dejar.

—Aquí estarán mejor. Muchacha debes tener cuidado la próxima vez, la mujer con la que discutiste es la ama de llaves de una de las familias más poderosas de esta ciudad. Tienes suerte si no te encuentran y te lastiman. Al parecer esa familia hacen desaparecer a quien contradiga sus palabras. Mejor cuida tu lengua la próxima vez.

—No me importa a qué familia pertenezca, todos somos seres humanos y no tenía derecho a juzgarme.

—Lo sé, pero debes tener cuidado. ¿De acuerdo?

—Sí, está bien. Gracias señora Clarisa.

—¿Quieres llamar a alguien?

—La verdad... Sí...

—Ten, usa mi teléfono y llama a quien necesites. Estaré afuera vigilando que no sepan a dónde te traje, luego vendré por mi teléfono. No salgas de aquí hasta que yo vuelva.

—De acuerdo, gracias.

Apenas la señora Clarisa sale de la habitación dejándome a solas con Mía. Llamo a mi jefe para excusarme por mi ausencia en mi trabajo de medio tiempo.

Capítulo 3

—Hola. ¿Quién habla?

—Hola jefe, habla Zoe.

—Zoe, ¿dónde estás? Tu turno empezó hace rato.

—Lo siento mucho, señor José. Me ha surgido un accidente y me encuentro en el hospital en este momento. Siento mucho no cumplir con mi turno el día de hoy, puede descontarlo de mi sueldo. Lo siento.

—¿El hospital? ¿Muchacha estás bien?

—Sí, señor José. Lamento no ir al trabajo.

—No te preocupes, nunca sueles llegar tarde y menos faltar. Como es la primera vez, te lo pasaré. Infórmame cuando te den de alta. Puedes tomarte el resto de la semana libre, no lo descontaré de tu pago, quédate tranquila.

—Muchas gracias, señor José. Muchas gracias.

—Muy bien, colgaré.

—Sí.

Sonrío al saber que tenía un buen jefe. El señor José es un hombre de cuarenta y un años, nunca tuvo hijos y esposa. Tiene un restaurante de comida italiana pequeño cerca a mi casa.

Desde que cumplí quince años he estado trabajando para él. Actualmente, tengo diecisiete, en cuatro meses cumplo la mayoría de edad y terminaré la escuela.

Había comenzado a trabajar para él con el fin de conseguir dinero suficiente para la universidad. También tengo dos trabajos más de medio tiempo. Uno en una cafetería, en el cual trabajo los días lunes y martes desde las dos de la tarde hasta las doce de la noche.

En el restaurante del señor José suelo trabajar los días viernes después de la escuela, los sábados y domingos todo el día. Mientras que los días miércoles y jueves trabajo en una panadería después de clases hasta las diez de la noche.

Siempre que salgo de trabajar y llego a casa es cuando me siento a terminar mis deberes escolares. Aunque por lo general suelo hacerlos cuando estoy en la escuela, de esa manera no me preocupo al llegar a casa después del trabajo.

Con lo que ganaba en mis tres trabajos y lo que ganaba mi abuela, teníamos para sobrevivir tranquilamente.

Cuando mi madre se casó con mi padre, consiguió hacer que la casa que compraron juntos quedara a mi nombre. Siempre fue muy inteligente, ella sabía que de esa manera no debía preocuparme por tener un techo donde vivir.

Mi padre nos dejó después de volverse adicto a las apuestas y al trago. Después mi madre se enteró de que mi padre tenía una amante y un hijo con esa mujer. Dos semanas luego de que descubriera ese hecho, ella murió en un accidente de auto y desde entonces estoy sola con mi abuela.

Él no quiso saber nada más de mí, según él, yo era su desgracia. Fue mi abuela quien cuidó de mí tras la muerte de mi madre y estoy agradecida con ella por haberme cuidado.

Para ella no era fácil cuidar a su nieta estando sola. Mi abuelo murió de un infarto al corazón antes de que yo naciera, no tuvo más hijos y la única hija que tuvo, murió joven. Por tanto, nuestra familia únicamente se conforma a por ella y por mí, pero parece que el destino tenía planeado que una nueva integrante llegará a nosotras.

—Creo que tengo que llamar a la abuela para darle la noticia.

Suspiro varias veces y me pongo nerviosa antes de llamarla.

Por lo general, mi abuela suele ser una mujer dulce, pero tiene su carácter español.

—Abuela.

—¿Zoe? ¿Qué sucede mi niña?

—Yo... Estoy en el hospital, no te asustes, te conozco. Yo estoy bien, ha surgido algo y considero que deberías venir.

—Llegaré en diez minutos.

—Ten cuidado, por favor.

—Espérame mi niña, ya estoy saliendo para allá.

—De acuerdo, te esperaré.

Cuelgo la llama y en ese momento entra la señora Clarisa en la habitación.

—¿Pudiste llamar a tu familiar?

—Sí, muchas gracias. Aquí tiene.

—¿Tu madre vendrá?

—No, ella murió hace muchos años. Vendrá mi abuela en su lugar, no tardará en llegar.

—Lamento lo de tu madre.

—No se preocupe, pasó hace mucho.

Ella estaba por hablar, cuando de la nada mi estómago comienza a sonar con fuerza y hace que me avergüence.

—Lo siento.

—¿Has comido algo?

—No, señora, no tuve tiempo de comer.

Ella me mira con algo de lástima y lleva su mano hasta el bolsillo de su pantalón.

—Ten, toma este dinero y ve a la cafetería por algo de comer. Yo me quedaré con Mía, la cuidaré hasta que llegues.

—No se preocupe, puedo esperar a que llegue mi abuela.

Intento devolverle el dinero, pero ella se niega a recibirlo y lo que hace es sacarme de la habitación.

—Anda, ve por algo de comida.

Iba a contradecirla, pero ella cierra la puerta para que no pueda refutar. Sonrío por lo buena persona que es.

Sonrío por haberme topado con una persona como ella.

Me giro para ir a la cafetería por algo para comer, doy unos cuantos pasos y siento que me sujetan del brazo para tirarme contra la pared.

—¿Es ella?

—¡¿Qué te pasa?!

—Fue ella joven amo, ella dijo que arderé en el infierno.

Escucho la fastidiosa voz de la mujer de antes, la miro con ira y después al sujeto que me tenía contra la pared.

—Suéltame, me estás lastimando.

—Discúlpate.

—¿Disculpa? No hice nada malo.

Apenas digo esas palabras, siento como me arroja al suelo y me sujeta del cabello con fuerza obligándome a verlo a los ojos.

—Dije que te disculpes.

—No.

—¿Por qué?

—No hice nada malo, fue ella quien no dejó de insultarme. No me disculparé por decir la verdad.

—Mientes.

—No miento.

—Si lo haces, no solo me dijiste que arderé en el infierno. También me disté una bofetada, yo no te hice nada.

—Usted es una mentirosa señora.

Aquel sujeto debía tener más de veinte años, aunque su belleza resaltaba. Sus ojos transmitían mucho miedo. Lo cual hace que mi instinto actúe de nuevo.

—Lo siento.

—Eso quería oír.

Me suelta para después tirarme al suelo.

—Vamos.

—Sí, joven amo.

Este se va no sin antes pisarme la mano. No hago ningún ruido de dolor. La mujer se acerca a mí y susurra en voz baja antes de marcharse.

—Tú serás quien arda.

La miro con odio aún tirada en el suelo, mientras que esta me mira con superioridad. Los observo irse y me fijo en el tatuaje que él tenía en su mano, era un halcón.

—Juro que serán ustedes quienes se arrepientan algún día.

Me levanto furiosa por haber cedido a mi miedo ante este hombre. No suelo ser así, siempre he sido alguien de carácter fuerte. Aunque naciera en New York, mi sangre española era la que más salía a flote cuando me enfadaba.

—Se arrepentirán, lo juro.

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