Capítulo 2
Eliza apresuró el paso taconeando en el suelo de madera con sus sandalias altas de diario, la tela de su enterizo floreado brincaba a su alrededor mientras atajaba a Martina, la empleada que llevaba la bandeja con café hacia la oficina de su marido.
-Yo la llevo- dijo sonriendo antes de que la humilde muchacha tocara la puerta-Gracias, Martina, puedes retirarte- dijo quitandole la bandeja de las manos mientras la joven daba la puerta y ella sacudía la cabeza para quitar el cabello de sus ojos y entrar sin detenerse a tocar.
-Es algo mutuo, mi amigo. Por los viejos tiempos- miró hacia los ojos que tanto le habían gustado en su infancia. Hace más de veinte años. Eduard Fox había vuelto al pueblo. ¿Con qué fin?
-Permiso, les traje cafecito- se excusó ella por interrumpir siendo inmediatamente mirada por ambos hombres. Uno de ellos había sido su pasado y el otro era el presente que había escogido para el mejor de los futuros.
-¡La bella Eliza!¿Cómo te trata la vida?- la saludó aquel sonriente tiburón mientras barría los ojos por su cuerpo maduro cuando se acercaba de lado de su marido quien la miraba ceñudo como de costumbre. Y es que Saul no era un hombre menos atractivo que Eduard, era más bien su mal carácter lo que le hacía tan atrayente de alguna manera.
-Digamos que bien para no quejarme- dijo ella sin sonreír mientras entregaba una taza humeante a cada uno-¿Y a ti qué te trae por Maloani?
-La verdad es que me preguntaba lo mismo, gringo- dijo Saul besando la mano de su mujer luego de que le entregase la taza de café. Una seña clara y directa de quién era su dueño ahí.
Eduard sonrió.
-Se les nota el amor- su maldito tonito burlón erizaba la piel de rabia de Saúl-La verdad es que estoy aquí más por la añoranza al lindo pueblo de Maloani- dijo tomando un corto trago del tinto- Bien bueno- halagó mientras tomaba una de las galletas de mantequilla que Eliza sirvió-Este lugar dejó una huella en mí y era tiempo de que volviera por aquí- su inocente sonrisa causaba cierta desconfianza para Eliza quien se cruzó de brazos junto a su esposo que parecía muy divertido con lo dicho por aquel viejo conocido suyo al que jamás llamaría amigo.
-No me digas que viniste a morirte por aquí, gringo. Con tanta plata tú vienes a morir en un lugar como este, ¡Ja! Mira si es raro el mundo.
Eduard sonrió misterioso mientras acababa su bebida caliente.
-Tienes razón, plata de la que te ofrezco a ti- alzó la palma hacia una intrigada Eliza- le he ofrecido a tu marido el negocio más seguro que podría hacer para salvar Achocolatada y se niega el terco, ¿Qué te parece?
-¿Quién dijo que buscábamos salvar la chocolatera?- preguntó ella alzando una ceja mirando a su esposo con la sospecha de que fuese su boca suelta la que pusiese al tanto a aquel hombre de todo.
-En el pueblo la gente comenta, Eliza, tú sabes bien eso- ella intentó esquivar la mirada de ambos mientras recordaba la última vez que fue ella la comidilla de los chismes de aquel maldito pueblo- Sólo vine porque los considero. ¡Realmente lo hago!- sonaba como una oferta pacífica y, que viniese de su parte, era lo que realmente le impactaba a ella- Saul me dio la mano como su padre también hizo, dejandome trabajar en la empresa, enseñandome de negocios- alzó ambas manos- Todo lo que tengo lo aprendí aquí.
-Y es por eso y por nada más que quieres ayudarnos- adivinó ella viendolo asentir-¿Y si la oferta es tan buena por qué Saul se niega?- preguntó ella directamente y fue su esposo quien respondió.
-Porque el trato involucra a Emira- sus fuertes ojos grises miraron a los delicados ojos verde olivo de su mujer quien sorprendida llevaba una mano a su boca sin saber muy bien qué hacer.
Miró a aquel rubio hombre de ojos azul oscuro que le sonreía con malicia tras esa apariencia de adinerado y educado.
-¿Y qué tiene que ver mi hija en todo esto?¿Qué podrías querer tú de una muchachita como ella?- lo miró molesta y él se rió alzando ambas manos en son de paz.
-No vayan a creer que la quiero para mi. No, señor- se rió- No soy de los que buscan una copia cuando no tienen a la original- Eliza se sonrojó y Saúl lo miró enojado.
-¿Y entonces, gringo?¿Cómo es la vuelta si no es esa?
-Fácil y sencillo. Mi hijo Jordan- dijo cruzando las piernas gracilmente- Si su hija se casa con mi hijo, nuestras familias estrecharan su unión y Achocolatada se salvará- se encogió de hombros restandole importancia mientras Eliza lo miraba asombrada de que tuviese un hijo. Pero ¿Qué podía esperar? Disimulo su estupor con rabia.
-Es imposible que creas que sería capaz de casar a mi hija con...Con… Un hijo tuyo- dijo despectivamente más se detuvo cuando sintió la mano de su esposo sobre la suya-¿Qué?¿No me digas que estas pensandolo, Saul, por Dios?- preguntó aterrada y su marido se puso de pie.
-Mi Eli, por favor. Espera afuera, ¿Te parece?- pidió él con amabilidad sabiendo que su mujer no haría más que alterarse y es por eso que la detuvo antes de hablar poniendo la mano sobre su hombro- Afuera, Eli. Por favor- insistió sin más mientras su mujer miraba con rabia a quien una vez la hizo feliz y se sacudía ofendida la mano de su querido esposo de encima mientras salía de ahí con el orgullo herido y el corazón de madre desbocado.
-¿Mamá?¿Qué hace ahí?- soltó el humo echando una maldición mientras se apresuraba a apagar la colilla del cigarro que fumaba a escondida-¿Estás fumando?Sabes bien que te hace daño- le reclamo Emira con las manos sobre las caderas y el ceño fruncido-¿Estás bien?¿Qué pasó?
-Emira, tienes que irte del pueblo. Maloani no es seguro para ti ahora mismo- Emira la miraba asustada mientras su madre sostenía sus manos con desespero y los ojos llorosos-Tienes que irte ya, mija.
-¿Pero por qué, mamá?¿Por qué quieres que me vaya ahora cuando siempre te haz negado a que me aparte de ustedes?- ella negaba con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
-Debes irte, Emira. Antes de que--
-¿Emira?- ella giró al escuchar la voz de su padre acercarse. Iba a caminar hacia él pero su mamá no lo permitió sosteniendola con fuerza-¡Emira!-
-Mamá, ya vengo, deja ver que--
-No, hija. Por favor, no vayas-suplicó Eliza y eso hizo que su hija, en lugar de miedo, sintiera curiosidad. Emira se escapó de su agarre y fue hacia la oficina de su papá donde vio en la puerta a su progenitor estrechando la mano de un elegante sujeto bien vestido.
-¿Me llamó, papá?- preguntó ella un tanto apenada por interrumpir a quien fuese que estuviese hablando tan gratamente con su padre. Ambos hombres la miraron. El desconocido parecía tener la edad de sus padres, un aspecto prolijo y de hombre con dinero. Debía ser algún empresario pero ¿Qué haría un hombre así en su casa reunido con su padre? Sus ojos eran llamativos y se veían peligrosos como toda la vibra que emanaba con esa sonrisa pintada de inocente que usaba
-Sí, hija, ven.
Se acercó a su papá mirando al extraño con desconfianza. Saúl estrechó los hombros de su hija que lo miró sin entender de qué se trataba.
-Emira… Los rumores eran ciertos- dijo el hombre estirando la mano hacia ella. Emira lo imitó mirandolo confundida mientras besaba el dorso de la misma- Eres toda una hermosura, completamente divina- la halagó y en lugar de enfadarse, Emira se sintió incómoda, percibió un peligro inminente tras aquel sujeto mientras detrás de él veía a su madre acercarse.
-¿Y usted quién es?- preguntó ella sin dudar, el hombre le sonrió ampliamente.
-Mi nombre es Eduard Fox y soy… Viejo amigo de tus padres- dijo soltando su mano. Saúl recibió la mirada confundida de su hija quien dudaba completamente de la palabra de ese sujeto. Ella conocía a todas las amistades de sus padres desde niña. Quien quiera que fuese ese señor Fox estaba segura de que no era alguien querido, en especial por su llorosa madre que no hizo más que mirarlo enojada mientras se acercaba a su única hija.
Capítulo 3
-Emira, por favor retírate- dijo una nerviosa Eliza pero Saúl la desautorizó con un sonido parecido a un bufido.
-Emira ya está grande, Eli- le recordó y bajó la vista hacia su fuerte pero pequeña primogénita- Hija, ¿Qué es lo que siempre te he enseñado?
-A estar lista para las adversidades con la mente siempre puesta en mis metas- repitió como un loro lo que su padre le había metido en la cabeza a los ocho años cuando la despertaba a las cuatro de la mañana para arañar la tierra y evitar el crecimiento del monte. Saúl sonrió orgulloso y abrió los brazos para que su pequeña copia se acercara a darle un abrazo. A ella no le incomodaba ser afectuosa con sus padres, pero sí la cara de aquel misterioso extranjero y los ojos llorosos de su mamá- ¿Qué estarías dispuesta a hacer por Achocolatada?- preguntó él en un murmullo sobre su oreja y su respuesta fue inmediata.
-Todo- su padre se alejó de ella mirandola con un brillo peculiar en los ojos. El serio hombre miró a su antiguo rival.
-Nos vemos mañana, ¿Te parece?- Eduard asintió con un movimiento elegante y miró a ambas mujeres sonriendo antes de marcharse con paso ligero sin que nadie lo guiara hacia la salida. Saúl no tardó en mirar de nuevo a Emira- Acompáñame a mi oficina.
Ella estaba a punto de seguirlo cuando Eliza empezó a vociferar.
-¡Poco hombre!¡No puedo creer que empujarás a tu hija al precipicio sólo por conservar el orgullo de tu familia!- ambos voltearon a mirarla, Saul dolido, Emira sorprendida de ver aquella actitud hacia su madre quien jamás había escuchado que se faltara el respeto con su pareja-¡Estás tan podrido cómo él, Saúl!- Aquello hirió el orgullo masculino de ese hombre quien miró a su hija mientras las venas de su cuello se ensanchaban.
-Entra- ordenó y hasta para la descontrolada hija fue un tono lo bastante amenazante. Entró a la oficina de su padre pero no se encargó de cerrar la puerta a propósito. Sólo por eso escuchó una oración curiosa salir de la boca de su padre quien seguido a eso entró. En la cabeza de Emira las palabras retumbaban y con ellas su peso "¿Eso te gustaría, no?¿El que él y yo fuésemos iguales? No te engañes, Eli. Yo siempre he sido yo y él siempre ha sido él".
Emira vio a su padre entrar y caminar directo a la botella de anís que parecía estar por la mitad. Con su copita y la botella en mano, el hacendado caminó hacia su silla presidencial, esa vieja de cuero fino que había heredado de su propio padre. Luego de un gran trago que quemó su garganta, miró con algo más de valentía a su hija de ojos iguales a los suyos.
-Ese hombre me propuso un trato- explicó- Trato que nunca pensaría aceptar sin tú consentimiento.
Ella se sorprendió de aquello. Replicó con cara de confusión.
-¿A qué te refieres? Lo que decidas me parece bien, papá. Nunca haz pedido mi opinión para esas cosas- le recordó y su padre asintió mientras llenaba de nuevo su copa.
-Es cierto. Pero esta vez es completamente diferente. Es un trato sumamente especial- parecía distraído mientras acababa la copa de un sorbo. Emira empezaba a frustrarse mientras lo veía abrir la botella de nuevo, se la arrebató de la mano ganándose una mirada de enojo de su padre. Pero la enojada ahí era ella y es por eso que no se acobardaba.
-¿Quieres decirme de qué se trata de una buena vez o me llamaste para que viese cómo te emborrachas de nuevo?
Saúl la miró por varios segundos antes de responderle a la única mujer además de su propia madre y su esposa que era capaz de retarlo y hacerlo sentir un niño regañado.
-El trato que el gringo propone es sobre ti- soltó el aire que parecía no haberse dado cuenta que retenía mientras veía la sorpresa invadir el rostro de su hija- Eduard quiere que te cases con su hijo y, a cambio, nos dará el dinero que necesitamos para material nuevo y saldar las deudas- puso ambas manos sobre el escritorio y miró a su hija desesperado- Emira, está en tus manos el orgullo de los Badell. Achocolatada está en un hilo y eres tú la única que puede o no poner un trampolín debajo para que no se rompa.
-¿Por...Qué?- preguntó en un murmullo-¿Por qué quieren hacer ese… trato?- repitió con un poco más de fuerza y nada de seguridad.
-Eduard siempre quiso una parte de la chocolatera- explicó Saúl desviando la vista hacia un lado para esquivar la mirada de ella- Él trabajó aquí hace muchos años y dice que es su manera de retribuir todo lo que aprendió de la familia y de Achocolatada.
Emira negó con la cabeza aún sin salir de su estupor.
-¿Así sin más?¿Y tú le creíste?
-No me queda de otra, hija. Es la única opción que nos queda- se puso de pie y ella lo imitó mirándolo con miedo, no por él, sino por el futuro aterrador que se dibujaba en su mente- Dilo ahora- estiró la mano y tomó la de su hija que estaba helada y temblando- Dime si te sientes capaz de hacerlo, porque sino… Sino no pasa nada, Emira- él suspiró dolido pero sincero- Algo más se nos ocurrirá. Es más, eso es lo que haremos- se arrepintió de inmediato y se alejó de su hija dándole la espalda para que no se asustara al ver sus lágrimas agruparse en sus ojos- Olvida esto, mija. Tu mamá tiene razón- decía apresurado con una mano rascando su sien. Él no era tonto, sabía lo que haría el hijo de su antiguo rival con su hija, ahí había un peligroso trasfondo y le aterraba exponer a Emira a lo desconocido. Estaba por entrar a sus 48, su mujer le pisaba los pies. Tal vez no fuese joven y quizás si se hubiese dedicado a otra cosa en su vida que no fuese el negocio familiar él podría aventurarse, quizás aún tenía vida por delante. Marcharse a otro pueblo, o a una ciudad…
-Lo haré, papá- se giró confundido. Emira había recobrado la compostura y estaba segura de lo que decía, al menos eso es lo que se decía a sí misma.
-Hija, no..
-Lo haré- repitió con firmeza y las manos en puños a cada lado de su cuerpo-Me casaré con ese hombre. Salvaré la chocolatera.