Capítulo 2

—¿Mi amor? —ronronea Mariah, como suele hacerlo luego de darle buen sexo a Miguel, cuando desea que le cumpla alguno de sus caprichos.

—Dime mi reina —se voltea a verla, mientras se coloca los pantalones, apurado por la hora.

—¡Quiero ir a la peluquería! ¿Será que me transfieres money?

—Mi amor, sabes que aún no cobro. Todo lo que ne queda es para pagar el alquiler de la casa. —la respuesta de negativa de él, la exaspera a tal punto, que como si lo tuviese ya pensado, se levanta abruptamente de la cama, cubriéndose con la sábana aún húmeda del sudor que su cuerpo y el de su marido habían destilado recientemente.

—No puedo creer de verdad, te la pasas trabajando día y noche, no paras en casa y nunca tienes una maldita moneda encima. —Miguel baja el rostro, cada vez es más difícil mantener los gustos y caprichos de su mujer.

—¿Cómo quieres que haga? Todo lo que gano prácticamente te lo doy y aún así, siempre me pides más Mariah.

—¿Sabes qué? Para que no tengas que trabajar tanto y andar sin plata encima, ¡esto se acabó!

—¡No te molestes! —le pide en un intento por evitar una confrontación y que ella finalmente cumpla con su amenaza de dejarlo para siempre. Se acerca a ella y la toma de la cintura, pero ella lo empuja con fuerza.

—No me toques Miguel, estoy mamada de que quieras culparme siempre de tu pobreza, me cansé ¿me entiendes?

—¿No hablas en serio, verdad?

—Pues fíjate que sí —Miguel la mira sorprendido. Pero cuanto intenta disuadirla de su decisión, recibe la llamada de su jefe. Duda en responder, pero termina atendiendo.

—Sí, señor, dígame —Hace una pausa— Ya voy rumbo hacia allá.

Sale de la habitación apresurado, mientras abotona su camisa, que dificilmente logra hacer coincidir con los ojales.

—¡Mierda, mierda! —Pasa las manos por su cabello castaño claro, y respira profundamente; él sabe que si algo no soporta el prestigioso y multimillonario James Hanks, es tener que esperar por alguien.

Miguel sube al auto, conduce a toda velocidad hasta la mansión de los Hanks. Lleva más de tres años trabajando con aquel hombre, luego de que tuviera que abandonar su trabajo de mecánico para poder darle una vida decente a Mariah.

—¡Mariah! —repite su nombre; ahora le parece imposible creer que luego de tres años viviendo juntos, ella venga a decirle que lo dejará sólo por ser un pobretón. Aún recuerda cuando la conoció.

Mariah era una mujer hermosa, morena, de cabello oscuro y ojos grandes, buen cuerpo y muchas ganas de vivir en una mansión. Él lo supo desde el primer momento. ¿Pero quien no sueña con tener al lado una mujer como ella y lograr enamoraría? Él, sólo él. Porque ella, sólo lo miró como una oportunidad de vivir dándose lujos, sin trabajar.

—¿Estás seguro que nunca me faltará nada? —pregunta, mientras desliza su mano por el pecho esculpido de Miguel.

—Claro que sí mi amor. El taller que tengo es mío.

—Pero detesto el olor a gasolina y grasa.

—¿Qué quieres que haga por ti? Dímelo y yo te complazco.

—Busca un mejor empleo, donde estés bien vestido y dónde yo pueda ir de tu brazo, sin ser señalada como la “mujer del mecánico” —Recalcó esta última frase con un mohín de repugnancia.

En ese instante y como por obra divina, Miguel recordó que uno de sus clientes más importantes, estaba en busca de chofer. Aquel trabajo era bien pagado y no estaría sucio de grasa y gasolina. Si algo tenía el pobre Miguel, era que se esmeraba en darle todo a la mujer que estuviese a su lado. Fue así como empezó a trabajar para James Hank, el dueño de la prestigiosa franquicia de autos importados, de lujo.

Salió de sus pensamientos, cuando la luz del semáforo cambió y oyó detrás de él, la bocina insistente de la fila de autos que esperaban por él. Sacó su mano, intentando calmarlos, mientras ponía en marcha su auto. No faltó quien pasando a su lado, le recordará a Micaela, su adorada madre, quien había muerto años atrás cuando apenas era un chico de diecisiete años. Ahora ya tiene veinticinco y cuando por fin cree que su vida está hecha, ocurre el caos, su novia, su mujer de hace tres años, está dispuesta a abandonarlo.

Baja del auto, camina rumbo a la entrada principal de la imponente mansión, cuya arquitectura es realmente vanguardista. Toca el timbre y la puerta se abre, del otro lado está la sirvienta, quien al verlo, sube ambas cejas y hace una mueca con la boca.

—Entra ya, el Sr Hanks está esperando por ti, desde hace varios minutos.

—No pude llegar antes… —Intenta justificarse, pero la mujer se lo impide.

—No me des explicaciones a mí, Miguel. Ve con el patrón o serás uno menos en la nómina de empleados.

Miguel asiente, camina hasta la biblioteca donde supone está su jefe. Sonríe mientras se dirige hacia allá. Era tan irónico que todos los empleados de James Hanks fuesen profesionales y aún así trabajaran en algo distinto a su profesión. Él, era técnico en mecánica, Margaret era licenciada en administración y trabajaba de sirvienta, Hermes, el jardinero era ingeniero en ambiente y por si fuera poco, el vigilante Tomas, era ex jefe de seguridad del gobernador.

Toca a la puerta, escucha la voz apacible y varonil de su jefe, aquello suena muy preocupante, sabe que cuando James habla con mayor tranquilidad, es cuando realmente está por estallar. Su carácter era bastante previsible, y Miguel ya lo conocía de sobra. Entró y lo primero que hizo fue disculparse.

—Señor había un poco de tráfico en la vía, por eso tuve que retrasarse —mira su propio reloj, asegurándose de que aún no habían pasado más de diez minutos.

—No me des explicaciones Miguel, no son necesarias. Bien sabes que me irrita esperar por alguien. —Hizo una pausa— Pero, estás de suerte, porque mi socio acaba de avisar que no podremos reunirnos, sino en una hora.

Miguel tragó en seco. ¿Suerte? Piensa. Ya había rezado tres padre nuestros y diez ave María, para que James Hanks no lo despidiera. Ser botado dos veces, sería el colmo de su mala suerte y su desgracia.

—Sírveme un trago —le ordenó— Toda vez que planificó algo y no sale como deseo, debo hacerle creer a mi mente que está todo bajo control, sino me pongo ansioso y es lo que menos deseo. Ya es suficiente, con que Estefanía me haya enviado a su abogaducha para desestimar la anulación de nuestro matrimonio. —Miguel lo escuchó, mientras servía el whisky escocés seco y doble para su jefe.

—¡Mujeres! —murmuró.— Realmente son como zanguijuelas que no buscan sino chuparte la sangre y luego, cuando ya no le sirves te botan.

—Wow! Alguien por aquí como que suena a despecho. —comentó James, al escuchar las palabras de indignación con las que se expresaba su chofer.— Sírvete uno y así me acompañas.

Miguel se detuvo a pensar, si debía o no hacerlo, pero lo necesitaba, necesitaba sentir aquel sabor amargo en su boca, que le hiciera recordar que había cosas menos dolorosas que el abandono de la mujer que amaba.

Accedió a tomar un trago, mas la conversación se tornó tan amena, que fueron luego, dos y tres. Hasta que James como autómata, se percató de que ya pronto sería la hora de su reunión con uno de sus clientes más importantes.

—Deja eso y vamos. En quince minutos debemos estar en el restaurante. —Miguel se levantó rápidamente, se arregló la camisa y salió.

Salió detrás de su jefe, le dio alcance para abrirle la puerta principal y luego la del lujoso Mercedes Benz GLA color plata. Catorce minutos después, estaban frente al lujoso restaurante francés “L’exquisité”. Miguel bajó del auto para abrirle la puerta del coche. James bajó, se acomodó el elegante blazer gris y se dispuso a entrar.

En tanto, Miguel regresó a su puesto. Mientras recordaba todos los momentos vividos con su amada Mariah, las lágrimas se enjugaron en la cuenca de sus ojos, a punto de derramarse. Aunque él trató de ser fuerte, no podía ocultar su tristeza, Mariah era su reina, todo por lo que luchó durante esos tres años. ¿Cómo podía acabar todo en apenas minutos? No era justo. Debía haber una manera de convencerla de continuar juntos. Tomó su móvil y comenzó a llamarla, mas ella no contestaba, optó entonces por enviarle un par de mensajes: “Mi amor, espero que cuando llegue esta noche, podamos hab… borró el mensaje y volvió a reescribirlo, pero cada vez que lo hacía, su ego lo confrontaba ¿Piensas rogarle Mick? Deja ya de implorar un poco de amor.

Se debatió entre su deber y su querer por algunos minutos, terminó ganando su querer y entonces le dejó grabado un audio: “Chiquita, te amo. Cuando llegue te invito a…”

No pudo terminar la frase, cuando vio a través del vidrio de frente, vio a la hermosa mujer bajando del auto estacionado al lado del suyo, acompañada de un hombre bien vestido y de edad suficiente como para ser su abuelo. Miguel no alcanzaba a creer lo que sus ojos veían, era Mariah e iba del brazo de aquel viejo millonario.

No había vuelta atrás, Miguel debía aceptar lo más difícil de todo, su mujer no lo amaba, nunca lo amó. Las palabras de su jefe eran verdad, “Somos sólo seres de conveniencia” costaba aceptarlo, sí. Creerlo era ya doloroso. La hermosa morena miró hacia atrás y se encontró con la mirada de su ex. Sin esperarlo, ella sonrió y rodó los ojos para luego acariciar el cabello grisáceo de su sugar daddy.

¿Qué debía hacer? Luchar por ella, enfrentar a aquel hombre, o simplemente darse por vencido. La segunda opción era la más viablee, porque él no estaba luchando contra otro hombre para no perderla, estaba luchando contra la cuenta bancaria de su adversario y sobre todo con la ambición desmedida de la mujer que amaba.

Finalmente, James salió, Miguel bajó del coche para recibirlo. Por lo visto su jefe, estaba algo tomado, se veía risueño y torpe en su hablar que usualmente era prolijo y bien cuidado.

—Mi amigo Miguel, que le parece si vamos a tomarnos unas copas al bar del prestigioso Manhattan Square.

Miguel lo miró con asombro, normalmente James era reservado y tranquilo; mas él no estaba allí para juzgarlo, sino para obedecerlo.

Llegaron al lujoso bar, James pidió una botella de tequila, se veía muy contento ¿Qué lo tendría así?

—Quiero brindar por el gran acuerdo que firmé y sobre todo por la gran noticia de mi abogado, Estefanía aceptó la demanda de divorcio —levantó el shuter y brindó con Miguel.

Era tan absurda la vida, mientras aquel multimillonario festejaba por divorciarse, él lloraba por dentro al tener que separarse de Mariah. Después de beber lo suficiente, regresaron a la mansión, Miguel llevó a su jefe y regresó en su auto hasta su casa, la casa vacía que ahora lo esperaba. Como suele ocurrir en la mayoría de los casos “Amor y licor son mala combinación” terminó llamando y rogándole a Mariah que volviera. Pero ella no iba a arriesgar su futuro por un hombre pobre.

—Lo siento, es mi decisión, respétala.

Sus palabras y la firmeza con las que las dijo, le hicieron ver a Miguel que aquello era el final. Entre lágrimas y licor se juró esa noche, convertirse en millonario y nunca más dejar que ninguna mujer lo abandonara por ser pobre.

Capítulo 3

Lo más triste para un despechado, es cuando llega el fin de semana, aunque Ana Isabel acostumbraba levantarse tarde los sábados, ese día despertó más temprano que para ir al trabajo. No lograba sacarse de la mente la nefasta escena. Miró su móvil un par de veces, tal vez Fernando le habría escrito para rogarle que volvieran, y así ella aunque lo haría sufrir, terminaría luego accediendo y haciéndole prometer que nunca más lo haría.

—¿De verdad piensas eso, Ana? —se increpó a sí misma.— Eres una tonta y falta de dignidad, Fernando te engañó.

Su ego gritaba desde adentro para hacerla entender que no debía ir tras él. Mas, para ella era difícil asumir que todo estaba terminado. Siempre creer que las cosas llegan a su fin, es doloroso. Buscó su libro de autoayuda y leyó el ensayo de “Cómo superar a su ex” escribió la carta que luego debía quemar aunque al hacerlo, deseaba quemarlo vivo a él y a la rubia peliteñida.

Luego se sentó a meditar para calmar la rabia que le provocó revivir aquel momento, mientras lo escribía. Cerró los ojos y repitió el mantra:

—Ommmmm. —respiró profundamente, pero se quebró en ese momento.

Ana Isabel quería llorar, sólo eso. Llorar hasta ya no tener lágrimas dentro de su ser, llorar hasta quedar exhausta y no tener que volver a hacerlo. Pero nada parecía funcionar. Quizás debía salir de aquella casa, sí, eso era. Sólo así no pensaría tanto en Fernando. Tomó un taxi y fue hasta donde su amiga, Lauren. Tocó el timbre de su apartamento hasta que finalmente le abrió la puerta.

La mujer de casi dos metros, con facciones varoniles pero con sexo femenino recién operado, la miró sorprendido(a).

—Querida ¿Qué haces aquí a esta hora? —dijo sílaba por sílaba la frase.— ¿No me digas que tienes una enfermedad mortal? —se cubrió la boca con la mano para evitar mostrar su sonrisa.

Ana Isabel, se abalanzó contra ella y se refugió en su pecho.

—Oh no, esto suena más grave de lo que pensé —se abrió paso— entra, termina de entrar— y por favor no veas a los lados, tuve un encuentro fogoso anoche.

Pero cada palabra que Lauren decía, la hacían llorar y llorar con más tristeza. Lauren era inicialmente, amigo de Fernando, pero luego que se operó y se convirtió en Trans, era la mejor amiga de Ana Isabel; por suerte los conocía a ambos a la perfección.

—Cuéntame ¿qué pasó? —preguntó y ella entre sollozos, alcanzó a decirle.

—Fer y Minie, ellos —rompió nuevamente en llanto.

—Vamos, linda. No te pongas así, Fer es un hombre ardiente y esa Minie es una ratona. Seguramente se le metió por los ojos.

—No lo justifiquen Lau, yo también tengo quien se me mete por los ojos y aún así no me los llevo a mi cama ¿o tú sí?

—Realmente… —hizo un breve silencio— ¡No! Yo tampoco, por eso supe que era trans. ¿Dime tú quien en su sano juicio, a mi edad y con este rostro se para a escoger a un hombre? Los hombres no son selectivos, las mujeres sí.

—No me ayudan tus comentarios. —sacudió su nariz con sus dedos y luego pasó el reverso de su mano para terminar de limpiarse.

—¡Ugg! —tomó la toalla y se la entregó— usa esto.— se sentó junto a ella.— Ana, a veces la vida nos pone las cosas en frente de nuestras propias narices para que nos demos cuenta de la verdad y tomemos decisiones. Tanto tú como el Fer son mis amigos, pero si yo fuera tú, me olvidaba de él y comenzaba de cero. Eres bella, querida —la tomó de la barbilla— Si fuese hombre, me enamoraría de ti. Bueno es un decir, ya lo fui y nunca me gustaste —la chica lo mira confundida.

—¿Quieres darme ánimos o destruirme?

—Quiero que te des cuenta que mereces algo mejor que el Fer. Él no tiene intenciones de salir de ese bar donde toca con esa banda. Además, todas las mujeres, excepto yo, buscan a los cantantes, es parte de lo que es su vida ¿Quieres eso para ti? —Ana negó con su cabeza.

—Yo lo amo.

—Eso lo sé, verdurita. Pero tienes que quererte a ti misma. Si Fer ya te hizo eso, lo hará de nuevo. ¿Y sabes por qué? Porque él no sabe lo que quiere de la vida.

Las palabras aunque dolorosas de Lauren, comenzaban a tener sentido y lógica para Ana.

—Eres hermosa —acunó su rostro entre sus manos— Sí deseas puedo ayudarte a conseguir un partidazo.

—No estoy para enamorarme de alguien más.

—¿Quién mencionó enamorar? Yo dije alguien que te ayude monetariamente.

Aquella palabra hizo “clic” en su cerebro “deudas, cuentas por pagar”

—Mierda, debo pagar los gastos de la boda que no tendré.

—Ves lo que te digo. Necesitas un millonario que te saque de la pobreza y con el que te puedas casar. —Ana lo miró, pensativa— Tengo una amiga que lee las cartas, ella te sacará de dudas que no es Fer el hombre de tu vida y entonces, comenzarás a hacerme caso y a buscar “libertad financiera” como diría John Maxwell, aunque yo prefiero a la de “libertad sexualera” Megan Maxwell.

—No lo sé, Lau. No sé que hacer.

—Salir de dudas, querida. Ver cuál es el hombre que está destinado para ti. —se levantó del sofá— Déjame darme un baño, en minutos estoy aquí.

Ana Isabel se dejó caer sobre el espaldar del sofá, aquello era una locura, pero quedarse sentada sin hacer nada, eso era peor aún.

Minutos después ya estaban frente aquel pictórico lugar, una puerta decorada con todos los símbolos posibles de magia y hechicería; Ana Isabel sintió un escalofrío al cruzar la puerta y ser conducida por una mujer tapizada de pie a cabeza con ropa negra, hasta llegar a la cortina roja. La mujer la levantó y Ana tuvo que inclinarse para poder entrar a aquel lugar. A pesar de que le insistió a su amigo que la acompañara, este se negó señalando el enorme cartel que decía “Atención individualizada, sin excepción, ni siendo gemelas”

Ana Isabel entró, la mujer vestida al estilo de una gitana, le ofreció asiento; antes de decir algo, la mujer habló con voz fuerte y sonora:

—Si no deseas saber tu destino, puedes irte. Pero si viniste a ello, no te irás sin saber la verdad. Ana sintió ganas de reír, pero tuvo que contenerse y mantenerse seria.

No debió hacerle caso a Lauren, bien sabía que no estaba cuerdo, pensó.

—Sí, quiero saber mi destino.

—¿Confías en la magia? —la chica asintió con cierta duda.— Eso es importante, las cartas sólo dicen la verdad. —movió hábilmente el mazo de cartas y le pidió dividir en tres montones.— Por ti, por tu casa y por lo que habrás de ver —Ana se estremeció al oír aquellas palabras.

La mujer volteó el primer montón, allí estaba la carta de la muerte. Ella la miró con asombro, y la mujer caucásica golpeó con sus largas uñas aguileñas la imagen.

—La muerte, eso significa que algo acaba de terminar en tu vida. Ese algo es necesario que desaparezca para que puedas encontrar tu destino. —volteó el segundo mazo— La estrella de la fortuna, aquí dice que deberás escoger entre dos personas, una de ellas, te mentirá.

—Ya me mintió —dejó escapar la frase y la mujer enarcó la ceja izquierda mirándola con enojo.

—¿Viniste a escuchar lo que te diré o a decirme que debo decirte?

—Disculpe, no fue mi intención —bajó el rostro avergonzada.

—El otro hombre es de mucho dinero y poder —Ana abrió los ojos como platos.— Pero aquí hay algo raro —se rascó la cabeza y la miró fijamente.— Debes tomar una difícil decisión, de ello dependerá que seas feliz.

Ana Isabel, se quedó absorta en sus pensamientos, mientras la mujer negaba con su cabeza, en desaprobación a lo que vio al voltear el tercer mazo.

—Lo conocerás muy pronto, ten cuidado porque será como amor a primera vista. No te vayas con él esa misma noche. —advirtió.

—¿Eso dice allí? —preguntó con asombro.

—No, ese es mi consejo personal. A los hombres no le gusta tomar en serio a las mujeres casquivanas. —recogió las cartas y dijo:— Son 50.

—¿Cincuenta? ¿Pesos? —preguntó.

—50$. —Ana Isabel quiso refutar el precio, no llevaba 5 minutos en aquel lugar. Prefirió no perder más su tiempo y le entregó el billete.

Salió en busca de su amigo, algo decepcionada por la información de aquella mujer pero no lo encontró. Justo le llegó un mensaje “Linda, tuve que irme, cita inaplazable, éxito en tu consulta”.

—¡Mierda! Lauren siempre me haces lo mismo.

Echó a andar sin rumbo fijo, cavilando cada una de las apreciaciones de la adivina. Aunque la mujer se había molestado, ella estaba segura que el hombre de las cartas era Fernando, peor mentiroso que él, no podría encontrarse jamás. Eso creyó en aquel momento.

En tanto, al otro lado de la ciudad, en igual situación que Ana Isabel, Miguel entraba al lujoso salón de conferencias donde darían un foro sobre “Ex y Xmen” aunque el título le pareció jocoso, no logró entender de qué se trataba, hasta que el hombre apuesto, musculoso, de voz imponente comenzó a hablar del tema.

—¡Somos hombres y no necesitamos de ninguna mujer para ser felices! —los asistentes al evento, levantaron su brazo derecho y con fuerza repetían aquella consigna para luego terminar abrazándose uno al otro.

—¡Somos hombres, guerreros y no las necesitamos! —gritaban al unísono.

Miguel llegó a creer que aquel Coach era algo extremo o ¿raro? Pero cuando oyó hablar de la jornada del héroe y aseguró que él era Xavier, el profesor de los Xmen, el rubio pensó en salir corriendo de aquel lugar.

—Puedo leer sus mentes —Miguel se acomodó en la silla y comenzó a desear que la tierra se lo tragara— Muchos quieren ir y rogarle a su ex, mas es en ese momento que deben ser valientes y controlar su propia mente. No deben dejarse llevar por sus impulsos sexuales y su instinto animal.

Después de aquellas palabras, la audiencia se puso de pie, aplaudieron con euforia para luego cruzar sus brazos sobre su pecho, y corear a viva voz la letra de una canción que todos, excepto Miguel, parecían saberse. Aprovechando la situación, logró escabullirse de aquel lugar. No podía creer que hubiese sido tan tonto como para seguir los consejos de su jefe.

—Coaching, ni que coaching —vociferó mientras caminaba rumbo a su coche.

—Que cartomante, ni que cartomante —murmuró ella y sin darse cuenta tropezó con alguien.

Ana Isabel trastabilló y por poco cae al suelo, de no ser por aquel hombre, quien por impulso logró sujetarla por la cintura evitando que cayera. Ella sintió un raro escalofrío recorrerle por completo y él también. De pronto, él la soltó, se disculpó sin mirarle a la cara y continuó hacia su auto. Ella lo miró con desconcierto, no le había dado la oportunidad de agradecerle el gesto.

Mas, dentro de ella, hubo algo que la sorprendió aún más. Las palabras de la cartomante vinieron como un flash a su cabeza “Lo conocerás muy pronto, ten cuidado porque será como amor a primera vista.” A pesar de que Ana no logró verle el rostro, no pudo dejar de sentir un segundo escalofrío que la recorrió está vez de pie a cabeza.

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