Capítulo 3

La mañana amaneció plomiza, con una lluvia fina cayendo como un susurro constante sobre la ciudad. Desde la ventana de su oficina, Alma contemplaba el cielo gris con los brazos cruzados. Su mente estaba lejos de la tormenta exterior.

Estaba dentro.

Revisando cada conversación, cada gesto, cada detalle de los últimos años con Tomás.

Y lo más inquietante no era encontrar algo que no encajara... sino lo perfecto que todo encajaba.

-¿Te pasa algo? -preguntó su asistente, al entrar sin que ella lo notara.

Alma volvió a la realidad, escondiendo el cuaderno viejo que había dejado abierto sobre el escritorio.

-Necesito un informe completo de todas las personas que han tenido acceso a mis archivos creativos desde hace cinco años. También quiero una auditoría interna silenciosa: movimientos inusuales de correos, archivos descargados fuera de horario... todo.

-¿Incluye a tu equipo de confianza?

-Incluye a todos. Quiero saber quién respira cuando yo no estoy mirando.

La joven asintió, aunque con evidente incomodidad.

Alma sabía que eso podía parecer una cacería de brujas. Pero no era paranoia. No esta vez.

Era algo más profundo, más visceral.

Era traición.

Mientras tanto

Tomás recibía un paquete en su oficina oculta.

Un sobre sellado con documentos confidenciales.

En la portada, un mensaje de su jefe de ciberseguridad:

"Ella está revisando el pasado. Necesitamos activar la contingencia."

Él lo leyó en silencio, el ceño apenas fruncido.

Luego, desactivó la alarma de su caja fuerte y extrajo un teléfono que no usaba desde hacía años.

Marcó. Esperó. Una voz metálica respondió.

-Dime.

-Podría descubrirme -dijo Tomás con voz baja-. No sé si seguir ocultándolo... o si es momento de decirle la verdad.

-¿Y arriesgar todo? ¿Destruir lo que has construido? Lo sabías desde el principio: este juego se gana en las sombras. Si sale a la luz, se acaba.

Tomás apretó el puño.

-Lo que se acaba... es mi alma, cada día que le miento.

Silencio.

-Entonces decide, Leonel. ¿Quién eres? ¿El hombre que le preparaba el desayuno... o el que está por arrebatarle su imperio?

Esa noche

Alma llegó a casa con un plan en mente.

Lo encontró cocinando, como siempre. Tomás llevaba un delantal oscuro y tarareaba bajito, cortando tomates con ritmo relajado.

Demasiado tranquilo. Demasiado perfecto.

-¿Qué harías si descubriera que alguien muy cercano me está robando? -preguntó ella de pronto, sin preámbulo.

Tomás levantó la vista.

-Depende. ¿Quién es? ¿Y por qué lo hace?

-Digamos... que lo hace por poder. Por construir algo propio. A mis espaldas.

Él dejó el cuchillo sobre la tabla.

-Yo diría que deberías aplastarlo sin piedad -respondió, mirándola a los ojos-. O... averiguar si todo fue por venganza. A veces los que amamos tienen razones que nunca imaginamos.

Alma lo observó un largo instante.

No dijo nada.

Solo se acercó y lo abrazó.

Fuerte.

Tomás sintió un escalofrío. Porque en ese abrazo...

no había ternura.

Solo una advertencia silenciosa.

Horas después

Alma no dormía. Caminaba por la casa en silencio, descalza, como un fantasma. Entró al estudio de Tomás, que él solía mantener cerrado con llave, pero esa noche había olvidado asegurar.

Curiosa, tanteó los cajones. Documentos normales, facturas, papeles domésticos... hasta que algo sobresalió.

Un recibo.

Una transferencia internacional.

A nombre de una empresa pantalla en Zúrich.

No decía "Theia Corp" en ninguna parte. Pero el nombre del destinatario... Leonel Duarte.

Su corazón se detuvo.

Ese nombre lo había escuchado antes, vagamente, en una reunión de inversionistas. Una figura misteriosa, dueño de varias startups agresivas.

Pero ¿qué hacía ese nombre en los papeles de su esposo?

Entonces lo entendió.

No todo, pero sí lo suficiente.

Leonel Duarte no era un extraño. Era el reflejo detrás del cristal.

Y ese reflejo tenía su rostro.

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A Plena Luz

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