Capítulo 2
Roxanna no dejaba de pensar en lo que había sucedido. Se sentía atrapada entre la espada y la pared. Si Amador descubría lo que su hijo estaba haciendo, seguramente la despediría. Pero si no hacía lo que Marcos quería, el resultado sería el mismo: el despido.
Pasó un buen rato dándole vueltas en la cabeza, hasta que escuchó el timbre de la puerta principal. Era su compañera y amiga, Laura Moncada, que acababa de llegar. Su aspecto dejaba claro que venía de una fiesta tras salir del trabajo. Era extraño que no hubiese traído a algún "amigo" con ella.
—¡Nenaaa! —gritó desde la entrada, abriendo los brazos—. ¿Cómo fue tu primer día?
Roxanna dejó escapar un audible suspiro de fastidio, y Laura comprendió al instante que algo no estaba bien. Conocía demasiado bien a su mejor amiga. Eran inseparables desde pequeñas, aunque fueran tan diferentes.
—¿Tan mal te fue? —preguntó, acercándose y guiándola hacia el sofá—. Ven, siéntate. Cuéntamelo todo.
Roxanna le relató todo lo sucedido. Laura no podía creerlo. Parecía una historia sacada de una telenovela turca. Caminó de un lado a otro mientras se quitaba los zapatos y luego la blusa, pensando y calculando mentalmente la situación de su amiga.
—¡Roxi! —se dio la vuelta de golpe—. Esta es una buena oportunidad para ti. Solo tienes que actualizar el contrato.
—¿El contrato? ¿De qué hablas, Laura? —Roxanna se llevó la mano a la cabeza.
—Sugiérele a tu nuevo jefe un contrato —le dijo risueña.
—No entiendo.
—Roxi, piensa —se sentó a su lado, cruzando las piernas—. Él te necesita. Puedes sacarle lo que quieras. Yo empezaría por un dinerito para pagar nuestra renta. Estamos atrasadas.
—No sé si eso es correcto —respondió ella, tomando su cuaderno de ideas.
—¿Y que te utilice y te fuerce a hacer algo que no quieres, sí lo es? —replicó Laura, molesta—. Solo digo: si vas a ayudarlo con su engaño, al menos sácale algo a cambio.
—Me va a ayudar a crecer en la empresa —murmuró Roxanna, tratando de no sonar demasiado patética.
—Eso es una porquería —sentenció Laura—. Sé inteligente, nena. Sácale provecho.
Roxanna se quedó pensativa. Esa noche apenas durmió. Pero a la mañana siguiente, ya sabía qué hacer. Su amiga tenía razón. ¿Por qué no usar ese inconveniente a su favor?
Aunque su rostro mostraba cansancio, Roxanna tenía mejor semblante que el día anterior. Se puso su mejor ropa y zapatos, se maquilló con esmero y se soltó el cabello.
Solía cuidar mucho su pelo, pero casi siempre lo llevaba recogido, salvo en aquellas salidas nocturnas con Laura, en las que se dejaba llevar y se permitía olvidar quién era por unas horas. Laura la obligaba a quererse un poco más, a lucir con orgullo sus curvas, a dejar de esconderse.
Roxanna salió completamente feliz. Sentía que sería un buen día.
Nada podía salir mal.
Hasta que su tacón se rompió.
El sonido fue seco. La pieza se partió a la mitad y Roxanna perdió el equilibrio, cayendo en los brazos de un desconocido.
—Lo siento muchísimo —dijo, tratando de recuperar el balance.
Cuando levantó la vista, se encontró con un joven alto, rubio, de cabello largo, barba tupida, músculos marcados, labios carnosos y ojos celestes. Un verdadero modelo de catálogo.
Hasta que habló.
—¿Eres estúpida? —espetó, molesto.
—Lo siento —intentó explicar—. Mi tacón se rompió. No fue intencional. No hay necesidad de ser grosero.
—Si no sabes usar tacones, entonces no te los pongas. Aunque, viendo tu estatura... —la escaneó de arriba abajo con descaro.
—Me importa un reverendo carajo lo que piense de mi estatura. ¿Sabe qué? No tengo tiempo para perder con un imbécil como usted —le soltó con furia.
—¡Espera, espera!
Roxanna se dio media vuelta, cojeando, y el joven no pudo evitar reírse. Eso la enfureció aún más.
—¡Disculpa! No me quise reír —dijo, intentando contener la sonrisa—. Si no vas muy lejos, puedo llevarte.
—¿Y por qué harías eso? —preguntó, cruzándose de brazos.
—No soy un imbécil. Solo me levanté de malas —dijo, encogiéndose de hombros.
Roxanna respiró hondo y se relajó un poco.
—Voy a la empresa Ferrer. No está lejos, solo unas cuadras.
—¡Qué coincidencia! Yo también. Vamos, te llevo —insistió. Roxanna dudó—. Vamos, lo necesitas.
Finalmente, asintió. Subió al auto del desconocido. Normalmente caminaba a la empresa, pero con un tacón roto no llegaría a tiempo. Volver a casa a cambiarse tampoco era una opción.
Durante el trayecto, el silencio se volvía cada vez más incómodo. Él no dejaba de mirarla, y Roxanna lo notaba. Parecía... fascinado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, desviando la mirada hacia ella.
—Roxanna. ¿Y usted?
—¿"Usted"? ¿Te parezco un viejo? —preguntó con el ceño fruncido y una sonrisa torcida.
—No, no, claro que no. Luces muy joven —dijo, avergonzada. Maldijo su costumbre de ser tan educada.
—¡Bah! No me importa parecer mayor. Así las nenas me ven como un sexy sugar daddy —rió.
Roxanna se sonrojó. Intentó disimularlo, pero fue inútil.
—Me llamo Randi —añadió.
A Randi le divertía su nerviosismo. La encontraba encantadora.
Al llegar, Roxanna se bajó cojeando, tratando de alejarse rápidamente. Pero justo al llegar al elevador, él también entró. El silencio volvió. Y se mantuvo hasta que llegaron al departamento de publicidad.
Roxanna notó que él también iba en esa dirección. Entraron juntos a la oficina de Marcos, sin anunciarse.
—¡¿Randi, qué haces aquí?! —exclamó Marcos, sonriendo al ver a su mejor amigo. Lo recibió con los brazos abiertos.
—Estoy de visita en la ciudad, y pasé a saludarte —le dio unas palmadas en la espalda—. Te sienta bien el traje de empresario.
Ambos rieron, ignorando por completo a Roxanna, que llevaba al menos cinco minutos esperando a que Marcos la atendiera. Al ver que no reaccionaba, aclaró la garganta.
—¿Sí...? —preguntó Marcos, intentando recordar su nombre.
—Roxanna —dijo Randi con naturalidad.
—¿Cómo sabes su...?
—Quiero hablar contigo en privado —lo interrumpió ella.
Caminó con dificultad hasta ellos. Marcos cambió su expresión relajada por una de fastidio. Randi, por su parte, intentaba contener la risa.
—Lo que tengas que decirme, puedes decirlo frente a Randi. Es la única persona a la que le cuento todo —le dijo Marcos.
—Yo... —Roxanna dudó, pero se mantuvo firme—. Quiero hablar sobre nuestro trato.
—No hay nada que hablar. Tú cumples y yo no te despido —respondió, girándose como si la conversación hubiese terminado.
—No —Roxanna cruzó los brazos—. Las cosas serán bajo mis términos.
—¿Bajo tus términos? —Marcos se sentó sobre la mesa, interesado. Randi observaba todo, divertido. La encontraba atrevida. Interesante—. Tengo curiosidad...
—Si cumplo con mi parte del trato, quiero una oficina propia. Acceso gratuito a una tienda de ropa de la empresa, por tiempo indefinido. Y cinco proyectos para trabajar.
—Puedo aceptar lo de la oficina y los proyectos. Pero lo de la tienda, no. Esa ropa la usamos con celebridades que nos promocionan gratis.
—Entonces, creo que este fin de semana me enfermaré —Roxanna puso cara de estar mal—. Sí, lo siento... creo que tengo fiebre...
—No juegues conmigo o...
—¿O qué? ¿Me despides? Entonces tu padre sabrá todo —soltó. La amenaza había nacido sola. Había encontrado el coraje para enfrentarlo.
Marcos se sorprendió. Había una mezcla de admiración y rabia en su rostro, aunque nunca admitiría lo primero.
—Está bien, hagamos esto: cada vez que quieras, te llevo de compras. Todo lo que quieras será tuyo. Ropa, zapatos, un gato, lo que sea. ¿Trato?
—¿Y cómo sé que cumplirás?
—Mañana aún es viernes. Te entrego la oficina y te llevo de compras. ¿Qué dices?
—Trato hecho —dijo Roxanna, saliendo con una sonrisa triunfal. Ya no le importaban las miradas.
Randi observó a Marcos, con media sonrisa.
—¿Qué? —preguntó Marcos, encogiéndose de hombros—. Es una historia complicada. Te invito un café y te cuento todo.
—No te estoy juzgando, pero te acaba de chantajear una gordita —Randi soltó una carcajada—. Tiene carácter, eso sí.
—No, Randi —negó Marcos con seriedad—. Te conozco. Esta chica no la puedes tocar. La necesito.
Le lanzó una mirada severa y alzó el dedo como advertencia.
—Está bien, está bien —dijo Randi, sentándose—. No sabía que te gustaban así, rellenitas.
—Tú sabes que no —respondió Marcos. Randi frunció el ceño, como si supiera algo más.
—Bueno, quién sabe... Quizás le agarres el gusto. Ya sabes lo que dicen: "Una vez que pruebas la masa, no vuelves al hueso".
Marcos soltó una risa escandalosa mientras Randi se chupaba los dedos, insinuando que más de una vez una chica con curvas le había robado los gemidos más intensos.
Pasaron el resto de la tarde bromeando sobre el tema. Pero mientras Marcos intentaba tomárselo a la ligera, Randi no podía dejar de pensar en Roxanna. Algo en ella le había llamado la atención. Por ahora no haría nada... pero en cuanto pasara ese supuesto "rompimiento" del fin de semana, tenía claro que se acercaría a ella.
Capítulo 3
El viernes era un día ligero y la mayoría de los trabajadores tenía permitido salir temprano a hacer sus diligencias, por lo que Roxanna estaba convencida de que, en cualquier momento, Marcos le haría algún tipo de señal que indicara que estaba listo para cumplir con lo tratado. Ella desconocía que Marcos quería posponer el día de compras porque tenía un importante encuentro con una joven que solía ver, alguien con quien mantenía relaciones sin compromiso.
Los minutos pasaban y Roxanna se incomodaba cada vez más. Marcos seguía en su oficina trabajando y ni siquiera se dignaba a mirarla; así, ella no podía hacerle una señal para que notara la hora, pues ya se hacía tarde. Él ni siquiera miraba el reloj, solo seguía tecleando, concentrado en su trabajo.
Roxanna no pudo aguantar más la situación, así que, sin pensarlo, se dirigió a su oficina y entró sin pedir permiso. Se aclaró la garganta para llamar su atención, pero él continuaba concentrado en su labor.
—¡Marcos! —habló con energía—. Se hace tarde.
—Sí, ya sé. Puedes irte si quieres, aún me queda mucho por terminar —le dijo sin levantar la cabeza.
—¿Irme?
—Sí, viniste a pedir permiso, ¿no?
—No... Vine a recordarte nuestro trato.
Marcos paró inmediatamente lo que estaba haciendo y rodó los ojos a modo de fastidio. La miró de arriba a abajo y le preguntó:
—¿Qué tiene tu ropa de malo? ¡Es fantástica! —le dijo, exagerando su expresión.
—Un trato es un trato. ¿Acaso no quieres que yo cumpla con mi parte? —lo amenazó.
—No tienes que amenazarme... —le dijo resignado—. Dame unos minutos y enseguida podremos irnos. Espérame en el estacionamiento.
Roxanna esperó un poco en el estacionamiento, aunque para ella fue una eternidad. Marcos solo se había tardado diez minutos.
—Mira, haremos esto rápido. Tengo un compromiso muy importante —le dijo con suma seriedad.
—Será rápido, lo prometo —contestó ella con aire de niña—. Solo quiero unas pequeñas cositas para lucir fabulosa mañana.
Realmente Roxanna no se había demorado ni media hora, aunque sí había gastado una buena cantidad de dinero en zapatos y ropa. Al parecer, ya tenía en mente lo que quería, así que se limitó a buscar exactamente eso. Increíblemente, Marcos, luego de que Roxanna acabara con las compras, se ofreció a llevarla hasta su casa, y por supuesto, ella aceptó. Era evidente que él quería saber dónde vivía. Tenía la costumbre de querer controlar todo.
—Mañana pasaré a buscarte —le hizo saber sin girarse a verla—. Voy a venir temprano en la mañana, así que tienes que estar lista.
Roxanna se limitó a asentir y salió del carro con sus pertenencias, mientras Marcos se perdía en la carretera, pisando el acelerador de su Ferrari.
—¿Ese es Marcos? —detrás de Roxanna apareció su mejor amiga, mirando con los ojos bien abiertos cómo el auto desaparecía.
—¡Ay, Laura! ¡Qué susto me has dado! —saltó Roxanna en cuanto sintió su voz.
—¿Ese era Marcos? —volvió a preguntar.
—Sí. Luego de la compra se ofreció a traerme a casa —contestó, pensando que había sido muy educado de su parte al haberla traído, después de que ella gastó una buena suma de dinero de su tarjeta.
—Roxanna, Marcos está buenísimo —dijo, abriendo la boca.
—¡Ay, Laura! Tú, como siempre... —hizo una pausa y sacó un pañuelo—. Toma, para que te limpies la baba.
Su amiga sonrió y siguió diciéndole a Roxanna que Marcos estaba muy bien. Sobre todo, le dijo que debía haberle pedido como trato una noche.
—Tener una noche con ese dios vale más que mil vestidos Gucci —le hizo saber, y ambas rieron mientras subían las escaleras.
Laura era muy ocurrente, siempre andaba diciendo tonterías que la hacían reír, pero tenía razón en algo: Marcos era realmente apuesto y, si no fuera por su actitud odiosa y discriminatoria, Roxanna podría aceptar en voz alta que él era muy sexy.
—¿Dime, estás lista para esta noche? —Laura le hizo una seña que Roxanna entendió.
—Sí, entre las cosas que compré está la lencería —contestó entusiasmada.
—Espera... ¿lencería? —abrió la boca y movió las cejas, con voz melodiosa—. Hoy coges...
—¡Laura! Es la primera cita. Solo quiero ir preparada por si las moscas, pero...
—No va a pasar nada —Laura le hizo jaranas como si fuera una niña pequeña.
—¡Ya basta!
—Bueno. Yo sí pienso dársela. Posiblemente no llegue ni a la cena.
—No, no, no... Laura, recuerda que es una cita doble, y ustedes son los que nos van a presentar.
—Tranquila, es una expresión... Vamos a llegar a la cita doble y los presentaremos. Lo que no es posible es que nos quedemos para el postre.
Roxanna rodó los ojos y sonrió.
—Eres terrible.
Rieron como dos adolescentes. Estuvieron un rato hablando de chicos y, luego de un tiempo, comenzaron a prepararse para su cita doble. Laura conocía a Rayan desde la secundaria y recientemente se habían reencontrado. Casualidad o no, Rayan tenía un amigo soltero que tenía muy mala suerte en el amor, y se les ocurrió que podían tener una cita doble y emparejarlos.
Salieron temprano para su cita. Laura traía una minifalda ajustada, una blusa escotada y unos zapatos altos Louis Vuitton. Roxanna llevaba un vestido algo holgado y unas botas altas, una de las prendas que le había comprado Marcos.
El restaurante que habían elegido no era muy elegante, pero siempre estaba abarrotado de personas, pues tenía buena vibra y un ambiente genial.
Afuera había una larga fila de personas que buscaban entrar al lugar, pero tanto Roxanna como Laura no tuvieron que esperar mucho. Pronto Rayan apareció e hizo su magia. El chico tenía buenos contactos y casi siempre se las ingeniaba para entrar a lugares de difícil acceso.
Dentro del pequeño restaurante estaba Marcos con una cita.
Lourdes era la chica que hacía rato estaba viendo y a la que quería explicarle la situación por la que estaba pasando. No quería que entre ellos hubiese algún malentendido.
Lourdes era la típica chica bella, presumida, engreída, egoísta... pero inteligente. Era hija de uno de los millonarios más conocidos de toda la zona y mantenía una vida socialmente activa. Cuando comenzó su romance con Marcos, supo que era el hombre que quería en su vida. Aun así, él nunca le había dado señales de que quería llevar la relación al siguiente nivel.
—Bueno, ¿y por qué estamos aquí? —preguntó la chica, sonriente.
—Hay algo que necesito comentarte —respondió Marcos, alejando un poco la copa de vino tinto.
—Espero que no sean malas noticias, aunque, a juzgar por tu cara...
—No son malas noticias, pero tampoco buenas. Más bien solo quiero hacerte saber...
—Bueno, entonces no me mantengas esperando, darling. Suelta la sopa.
—La historia es larga y quiero contarte desde el principio para que entiendas... Espera... ¿Qué hace aquí? —súbitamente, Marcos dejó caer el tenedor en la mesa.
—¿Qué pasa, darling?
Marcos ni siquiera se dignó a responder. Se quedó fijo mirando a las dos parejas que recién entraban al restaurante. Roxanna lo divisó en cuanto entró y pudo notar que él la estaba mirando fijamente.
—¡Mierda! —espetó, abriendo los ojos como platos.
—¿Qué pasa? —se le acercó sigilosamente Laura a preguntarle.
—Es Marcos, allí, en aquella mesa —apretó los labios para que no se escuchara lo que decía ni él pudiera leerlos.
—¿Marcos? Sí lo veo, ¿y qué? —dijo su amiga, despreocupada.
—Nada... que es un poco incómodo —respondió, desviando la mirada.
—Bueno, tú olvídate de él. Concéntrate en Raúl.
—Un poco difícil, ¿no crees? —dijo, mirando de reojo a su cita.
—Roxanna, ¿qué querías? De todos los amigos de Rayan, él era el más... ya sabes...
Raúl era un chico atractivo, aunque no vestía de traje ni usaba relojes caros. A decir verdad, no cuidaba mucho su imagen. Su ropa estaba algo sucia, traía shorts y camiseta.
Laura sabía que no era el tipo de chico que le gustaba a Roxanna, puesto que era todo un desastre, pero no dejaba de pensar que era atractivo y que, al menos por esa noche, su amiga podía disfrutar.
—¿Marcos, Marcos? ¿Qué tanto miras a esas chicas? ¿Las conoces? —le preguntó Lourdes, algo alarmada por su silencio.
—Sí. Por desgracia, conozco a una de ellas, y esa chica tiene mucho que ver con lo que te iba a decir.
Marcos le explicó a Lourdes todo acerca de Roxanna y el trato que había hecho con ella para que su padre pensara que eran novios. También le hizo saber que habían acordado romper su falso noviazgo luego del día siguiente. La idea era inventar alguna excusa para que su padre no sospechara.
A Lourdes no le hizo mucha gracia el plan de Marcos; de hecho, tenía el presentimiento de que algo iba a salir mal. Tenía la extraña sensación de que su padre no se creería el cuento del falso noviazgo, así que estuvo un rato aconsejando a Marcos sobre cómo debía actuar. Ella era inteligente y habilidosa, y bien sabía lo que se avecinaba.
Por su parte, Roxanna había decidido darle una oportunidad a Raúl. Parecía muy simpático y, además, era muy divertido. Quizás podían salir una o dos veces más y ver a dónde los llevaba esa relación.
Durante toda la noche, Marcos no había quitado los ojos de Roxanna. Miraba su reloj como si estuviera apresurado y comía rápidamente. Cada vez que ella sonreía, él fruncía el ceño y se preguntaba qué estaba pasando en aquella mesa.
Al final de la noche, Marcos se despidió de Lourdes, llamó un taxi para ella y le hizo saber que la llamaría para comunicarle cómo había salido el plan.
Mientras observaba el taxi partir, Marcos miraba su reloj. Estuvo un rato analizando una idea que tenía en mente y, antes de entrar a su auto, escuchó la voz de Roxanna detrás. Giró sobre sus talones y no quiso hacer caso a lo que las dos parejas hablaban, pero no pudo evitar escuchar que Laura había sugerido encaminarse a un club nocturno.
—Chicos, no puedo. Mañana tengo un compromiso... —intentó hablar Roxanna, pero fue interrumpida.
—¡Aaaah, no seas así! —le suplicó Laura—. Mañana es sábado, ningún compromiso comienza tan temprano un sábado.
—Está bien... —cedió ella.
—Roxanna... —la voz aguda de Marcos hizo que los chicos se enfocaran en él.
—Marcos... —respondió Roxanna, algo nerviosa.
—Buenas noches —se dirigió al resto de los chicos—. Roxanna, si quieres, te llevo a tu casa. Mañana tenemos...
—Sé muy bien lo que tenemos mañana —le dijo en un tono cortante.
—Bueno, es bastante tarde, así que supongo que ya se acabaron las actividades —se atrevió a decir Marcos.
—¿Disculpa, quién es usted? —interrumpió Raúl.
—Eso no te incumbe —respondió Marcos con hostilidad y poca educación.
—Mira, yo no sé quién eres o de dónde la conoces —Raúl respondió con cortesía—, pero evidentemente Roxanna puede decidir por sí sola si quiere volver a su casa o si quiere seguir con nosotros.
Marcos hizo una mueca de desagrado y se dirigió a Roxanna una vez más. Esta vez no hizo una sugerencia: le ordenó.
—¡Vamos!
—No —le respondió con vehemencia.
—Está bien, si así lo quieres —Marcos se abalanzó sobre ella y la cargó en su hombro como si fuera un saco.
Raúl y Rayan reaccionaron rápidamente a la acción hostil de Marcos; sin embargo, antes de que hicieran algo, Laura los detuvo, sabiendo que si entre los chicos había algún percance, Roxanna sería la más perjudicada.
—¡Rayan, Raúl... basta! —apenas podía controlarlos mientras Marcos se alejaba hacia su carro con Roxanna en el hombro—. Este es un problema de ellos. Él no le hará daño, créanme, no le conviene.
—¿Pero quién es este tipejo? —exclamó Raúl, con enojo y frustración.
—Es su jefe —le respondió Laura, agachando la mirada.
—Pues parece algo más —comentó Rayan, aún presenciando la situación.
Roxanna forcejeó un poco antes de que Marcos la obligara a entrar en el coche.
—¡Cómo pesas! —le dijo, mortificado.
Puso sus manos en sus muslos y se dedicó a bajarla de encima suyo. Por un segundo, sus ojos se encontraron con los de ella. Estuvieron tan cerca que podían sentir el calor de la respiración del otro... pero fue un momento fugaz.
Durante todo el camino, Roxanna no dijo ni una sola palabra. Se sentía frustrada y bastante enojada. Al llegar a casa, se apresuró en abrir la puerta, aunque sabía que tenía el seguro puesto, por lo que, sin decir palabra alguna, lo miró con desdén y le insinuó que lo retirara.
—Estás consciente de que, si no hago esto, mañana no ibas a poder cumplir —intentó justificarse Marcos.
—¿Qué sabes tú? —espetó, molesta.
—Roxanna, mira la hora. Iban a tomar... a seguir tomando, volverías a casa con ese chico a hacer Dios sabe qué... —se estremeció al pensar en ellos dos.
—Ese no es tu problema. Dios santo, ¿qué clase de tipo eres? —le dijo ella, fuera de sí.
—El caso es que no puedes ir a casa de mis padres con jaqueca. Se darían cuenta de que algo anda mal.
—Déjame salir, Marcos —le pidió, serena, pero llena de odio.
—Además, puedes aspirar a más. El chico no...
—¿Oooh, en serio? ¿A ti qué te importa con quién salgo? —Roxanna finalmente explotó en ira. Ni siquiera tenía que ver con lo que había hecho, sino con todo lo que había pasado. Su chantaje. Su comportamiento. Su discriminación. Todo—. Además, olvidaste que yo soy una gorda, para nada atractiva, que no sabe de moda.
—Es solo una observación —le dijo en voz baja, casi temiendo que ella le dijera algo peor—. Además, yo nunca dije esas palabras exactas.
—Pues observa tu vida y deja la mía tranquila... Y ABRE LA PUERTA.
Marcos quitó el seguro de la puerta, obedeciendo.
—Mañana te recojo a las...
Roxanna no dejó que terminara la frase. Salió lo más rápido que pudo del auto, mientras Marcos se bebía sus palabras, apenado por lo sucedido. Era bastante impulsivo, y varias veces eso le había traído problemas. Lo que había hecho había estado completamente fuera de lugar. Al fin y al cabo, ellos no eran nada, y su falso noviazgo duraría quizás solo una semana. Pero su
s acciones habían estado guiadas por un sentimiento que no se atrevía a aceptar.